Todos rieron. —¿Cómo es que puedes estirar tanto la lengua? —No lo sé. También puedo estirar mucho mis articulaciones —dijo flexionando su muñeca hasta que la punta del pulgar se unió con el antebrazo. Todos se miraron con asombro y Minerva se encogió de hombros como una niña traviesa. —¿P-podemos ver el p-piercing de tu ombligo? —dijo el gordito, quien parecía el más curioso de comprobar las leyendas urbanas que se contaban sobre Minerva. Los demás secundaron su idea. Ella se puso de pie. Sus piernas, torpes por el alcohol, trastrabillaron un poco. soltó los botones inferiores de su blusa y anudó los faldones por la parte alta del abdomen, dejando así descubierta su cintura angosta, adornada en su ombligo por un piercing que tenía un cristal de Murano del mismo verdor de sus ojos. —

