LA PROMESA

2545 Palabras
NARRA FABIEN —Pero... ¡Qué mierda! —exclamé furioso y la separé de mí, porque tenía asco. Si no hubiera sido por Noemie, que se apresuró a tomarla en sus brazos, la rubita hubiera caído de culo al suelo y nada me hubiera dado más satisfacción. «¿Cómo se atrevía a hacerme esto?». Jamás había tenido que lidiar con los malditos borrachos del bar y resulta que ahora tenía que lidiar con esta... Fruncí todo mi rostro y me tapé la nariz, porque la peste a vómito impregnado de alcohol me inundó las fosas nasales. —¡Por una mierda, Noemie! ¿Cómo diablos se te ha ocurrido traer a esta borracha aquí? —No es una borracha como las de tu bar —espetó, luchando para no dejar caer a la rubita que ya no podía ni con ella misma—. Es solo que no está acostumbrada a beber y se le ha pasado un poquito la mano con el aguardiente. —¿Un poquito? —La señalé, para que viera el estado nefasto en que la pobre tonta se encontraba—. ¡Está intoxicada! Solo a ti se te ocurre darle una bebida tan fuerte a una niñita estúpida que seguramente solo bebe cócteles caros en los mejores clubes de la ciudad! —Estábamos celebrando, Fabien —masculló atropelladamente y casi cae de culo junto a la rubita. Luc tuvo que ayudarla a sostenerla, y yo me giré, para coger un pedazo de trapo con que limpiar el vómito de mi ropa. —Yo le he dicho que no era una buena idea ayudarla, pero Noemie no quiso escuchar —señaló Luc, llamando mi atención. Noemie le lanzó una mirada cargada de rabia. —¡No la quiero aquí! —ordené furioso—. Vean qué mierdas hacen con ella. —He prometido ayudarla, Fabien. No me hagas esto. —Ese no es mi maldito problema. La colocaron sobre unos bultos que habían apilados en una pared y Noemie se acercó a mí con paso apresurado. —Por favor, hermano —suplicó, con su mejor expresión de damisela victimizada, juntando las palmas de las manos frente a su rostro, como si estuviera rezando—. Ayúdame a esconder a Evan aquí en tu bar. —Si tanto quieres ayudarla, ¿por qué carajos no la llevas contigo? —espeté irritado y traté de alejarme de Noemie, porque sabía que ella me iba a terminar ganando si no me alejaba a prisa y me negaba con firmeza. —Sabes que Renaud y yo estamos pasando por una situación difícil y no puedo. —Entonces, ¿cómo demonios se te ocurre ofrecerle ayuda a esa chica, si no puedes hacerlo? —Porque tú sí puedes hacerlo... —¡Estás loca! Yo no puedo —rebatí con determinación. Traté de alejarme, pero Noemie es tan persistente cuando se le mete una idea en la cabeza y yo tan estúpido que me dejo convencer y no le puedo negar nada. Es mi hermanita y la amo con locura, y siempre he tratado de hacerla feliz, después de todo lo que pasamos, pero a veces se aprovecha de mi bondad y es por eso que, por momentos, la detesto. Como en este momento, en que está haciendo ese gesto, con el que sabe que me puede manipular con facilidad. —Si puedes, Fabien —susurró y yo apreté los dientes—. Solo será un par de días. «¡Por una mierda! ¿Por qué tuve que tener una hermana tan manipuladora?». Siempre me han dicho que soy frío, despiadado y hasta un poco cruel, pero con Noemie, nunca he podido serlo, por más malo, por más hijo de puta que intente ser con ella, siempre termina sacando ese lado dulce que únicamente a ella le pertenece y le pertenecerá. —Hazlo por tu querida hermana, a la que tanto amas... «Carajo». —Un par de días, Noemie —sentencié—. Al primer problema... ¡Se larga! Y me va a importar una mierda si te arrastras por toda la puta ciudad, suplicando para que la ayude. La manipuladora sonrió, se me echó a los hombros, me abrazó y me besó la mejilla con fuerza. —Eres el mejor hermano y por eso te adoro —exclamó, emocionada. —Maldita manipuladora —murmuré y ella me lanzó un beso, ignorando mi mal humor—. ¡Y también te haces cargo de su porquería! Tú la emborrachas, tú lidias con ella. Pensaba que me había librado de lo otro, pero Noemie se dio la vuelta y enfiló la mirada, observándome con esa mirada acusadora que siempre me lanzaba cuando me iba a reclamar algo. —¿Qué? —mascullé, haciéndome el desentendido, a pesar de que sabía muy bien lo que iba a decir. Logró escuchar lo que la rubita dijo. &Ella... —señaló a la pobre borracha que no se había dado cuenta que estaba abrazando un costal de marihuana—. Me contó que hace dos días besó a un desconocido en las calles de Mónaco. Fingí inocencia. —Dijo que era un mafioso sexi... ¡Tú fuiste a traer el último pedido! Y ella acaba de reconocerte y decir que no ha olvidado ese beso y cómo la tocabas... —¡Estaba hablando estupideces, Noemie! —rebatí—. ¡Solo mira el estado en que la dejaste! Seguramente me ha confundido con alguien más. Su mirada se frunció más y estuve seguro de que casi la convenzo, así que me di la vuelta y le ordené a mis hombres que comenzaran a descargar el cargamento. Entre más la ignoraba, más rápido se le iba a pasar. Solamente quedaba esperar que la rubita tonta no dijera nada o se olvidara de ese maldito beso. .......... NARRA EVANGELINE El martilleo me provocó arrugar todo el rostro y a la vez no poder abrir los ojos. Pensé que alguien estaba tocando la puerta de mi habitación, pero pronto me dí cuenta de que el martilleo era en mi cabeza. Me llevé la mano a la frente y la oprimí, tratando de calmar el terrible dolor que me estaba partiendo el cráneo en pedazos. Por suerte, todo parecía estar a oscuras, porque sino el reflejo de la luz me hubiese estado matando. Sin embargo, el ruido de la música me llegó hasta los oídos y entonces recordé todo lo que había pasado: el engaño de Sebastién, la boda, mi huída... De un sobresalto me senté en la cama y... «¡Qué tremendo error!». Todo me daba vueltas, el dolor en mi cabeza se intensificó y mi estómago... «Oh, por Dios, voy a vomitar hasta las entrañas». —¿Sientes que te vas a morir? —susurró la voz de un hombre que no pude reconocer, desde una de las esquinas de aquella tenebrosa habitación que no reconocía. Enfilé la mirada en esa dirección, tratando de reconocer a esa persona, pero estaba tan oscuro que solamente pude distinguir la silueta de un hombre enorme. —Se... ¿Sebastién? —musité asustada, pues pensaba que me habían encontrado y otra vez estaba en el palacio, encerrada en mi habitación. Aquel hombre emitió una risada escabrosa que me puso los vellos de punta. —¿Q-Quién está ahí? —pregunté con voz exigente, pero a la vez titubeante. No estaba desnuda, pero me tapé con lo que supuse que eran sábanas. Observé que la silueta se movió y se acercó a aquella cama en la que yo estaba sentada. El colchón se movió cuando se sentó en la orilla y mi corazón latió con fuerza en mi garganta. —¿Quién eres? —repetí, alzando la voz, para tratar de sonar intimidante, pero solo le causé más risa a aquel hombre. —¿Ya no recuerdas quién soy? ¿Ni lo que quieres que te haga? —siseó por lo bajo, tan cerca de mi rostro, que su ardiente aliento chocó contra mis mejillas. —¿Quién eres? —volví a preguntar. Mi voz sonó más fuerte, pero también más alarmada. No podía ocultar el miedo que sentía. Volvió a moverse. En realidad movió su mano, buscando algo que había a mi derecha. El sonido de un 'click' llegó a mis oídos y la habitación se iluminó. La claridad casi me ciega y tuve que oprimir los ojos con fuerza para que mis ojos pudieran acostumbrarse a ella. Cuando los abrí, me topé de frente con el rostro de ese hombre que reconocí de inmediato. —¿Qué estás haciendo en mi cama? —inquirí alterada, tratando de hacerme hacia atrás para alejarme de él. —¿Tu cama? ¿Estás segura de eso? Miré hacia los lados y me di cuenta de que no reconocía la habitación en la que estaba. Me sentí tan confundida y mi cabeza continuaba dando tantas vueltas, que me marié. —¿Por qué estoy en tu habitación? —corregí y mi voz salió en un hilo. Aquel hombre ladeó un poco el rostro y las comisuras de sus labios se alzaron tenuemente. —¿No recuerdas todo lo que hemos hecho? ¿La forma sucia en que mis manos te tocaron? Puso sus manos en mis pantorrillas y le lancé un fuerte manotazo para que dejara de tocarme. —¡Yo no he hecho nada contigo! —rugí, aunque no estaba segura de eso. La verdad era que no recordaba nada de lo que había pasado y cómo había llegado hasta ahí. Lo último que recordaba era estar en ese velero, junto a Noemie y Luc. De ahí, no había nada más. «O, ¿sí?». Las imágenes de sus manos tomándome por la cintura cuando casi caigo y su rostro, viéndome desde su altura, llegaron a mi mente de manera borrosa. —¿Qué me has hecho? —bramé, temiendo lo peor. No esperé ninguna respuesta de su parte. De un brinco me puse en pie y salí de aquella cama. El mundo giró bruscamente para mí y me tambaleé, casi cayendo encima de él. Sin embargo, avancé hasta la puerta que ya había visto y suponía que tenía que ser la salida. —¿A dónde vas, rubita? —indagó, poniéndose en pie para seguirme—. Esa no es la salida. La abrí y me dí cuenta de que decía la verdad. Era el baño. Había otra puerta al lado, pero supuse que era un vestidor, así que decidí dar la vuelta e ir a la puerta del lado contrario. Trató de sujetarme por el brazo, pero no sé ni cómo, fui más rápida y me le escabullí. «¡Bingo!». Era la salida y no lo pensé dos veces. Salí de ahí, aunque no tenía idea de hacia adónde me dirigía. El ruido de la alta música se hizo más intensa y la seguí por aquel pasillo en penumbras. Escuché la risa de diversión de aquel tipo, pero no me detuve. Bajé unas escaleras, pasé por un tipo de cortinas como de plástico flexible y otro pasillo más pequeño apareció frente a mí. Al fondo, las luces rojas y vibrantes, que se colaban a través de las rendijas de una puerta, y el ruido de personas y música llamó mi atención. Si este tipo era un mafioso que me tenía secuestrada, las personas de allá afuera me iban a ayudar. —Ven aquí, rubita —pidió aquel hombre, detrás de mí—. Pareces loca. No le hice caso y continúe mi marcha. Abrí la puerta y tuve que tapar mis oídos, porque la música era estruendosa y parecía algo sacado del mismísimo Averno. Choqué con varias personas vestidas de cuero n***o, hombres con las largas melenas y barbas, y enormes tatuajes en sus cuerpos, piercings en sus rostros y orejas, que me observaban con curiosidad, ya que debí ser la única diferente ahí. Miré a mi alrededor, tratando de encontrar una salida o salir de aquel mar de personas que casi me atropellaban. Estaba aturdida, pero pude ver varias pistas altas de baile, en las que mujeres semidesnudas, bailaban como demonios de la perversión. Parecía un bacanal ofrecido al dios Dioniso. Algunas mujeres estaban sentadas en los regazos de los hombres y les bailaban, restregando sus pechos, sus traseros y otras cosas que ni siquiera podía mencionar, en sus rostros. Otros estaban en algún tipo de habitaciones privadas que habían esparcidas a los lados y ni siquiera podría describir lo que hacían. Había perdido hasta a aquel tipo y me sentía desorientada, pues la cabeza continuaba dándome vueltas y parecía que iba a vomitar hasta el alma por mi boca. Me agaché y me puse en posición fetal, mientras hiperventilaba. Trataba de serenarme, pero las personas y el ruido, únicamente me empeoraban. —¿Estás bien, bonita? —preguntó un hombre que se agachó a mi lado y colocó su mano en la parte baja de mi espalda... Muy cerca de mi trasero—. ¿Quieres bailar para mí? Le lancé un manotazo, tratando de alejarlo y solo conseguí que enfureciera y tratara de obligarme a bailar para él. Me levantó del suelo y rodeó mi cuerpo con sus enormes brazos marcados por tatuajes. Me oprimió contra su cuerpo y acercó su asquerosa boca a mi mejilla. —¿Eres difícil, putita? —siseó, provocando que la repugnancia me llegara a la garganta—. Tengo muchos billetes para ti en mi bolsillo y otra cosa al lado, que sé que te fascinará. —¡Suéltame! —le exigí, retorciéndome para tratar de soltarme. Ingenuamente, pensé que lo que estaba haciendo había dado resultado, porque aquel hombre me soltó. Sin embargo, rápidamente me di cuenta de que había sido obligado a hacerlo por el agarre violento de él hombre misterioso, que me había encontrado. —¡Suéltala, Simon! —le ordenó con tono fiero y parecía que iba a despedazarlo en cualquier instante—. Ella no es una de las bailarinas —indicó. El tal Simon lo vio con furia y le dio un empujón, para que lo soltara. Luego, dirigió su vista a mí. —No me gustan las putas solapadas —gruñó, arreglando el cuello de su chaqueta de cuero. Se dió la vuelta y se alejó, perdiéndose entre el tumulto de personas que nos miraban con curiosidad. Observé en silencio a aquel tipo y luego me giré, para buscar la salida. Sin embargo, su brazo se enrolló en mi cintura y me levantó del suelo, llevándome como si yo fuera un costal de plumas. Le lancé golpes, esperando que me soltara, pero para él fueron como caricias de plumas. Me llevó de regreso arriba y me tiró al suelo con rabia. —¿Qué te pasa, idiota? —rugí, furiosa—. ¡Déjame ir! ¡No puedes tenerme aquí, secuestrada! Emitió una sonora carcajada llena de diversión y negó, antes de agacharse para verme de frente. —Ni por cien millones de euros, secuestraría a una loca como tú —escupió. —Entonces, ¿por qué me tienes aquí y no me dejas ir? —Porque soy un reverendo imbécil que le prometió a su manipuladora hermana que iba a cuidarte, maldita loca.
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