Julieta
— ¡Entiende, estúpida!— gritó mi novio Joshua, mientras me arrojaba por las escaleras de mi casa.
Lo único que había hecho mal, era quemar la comida. No fue por quererlo así, pero estaba demaciado estresada. Mi madre y mis suegros solo me vieron caer, sin decir nada. Siguieron conversando, a pesar de escuchar mis sollozos.
Me levanté, casi arrastrándome. Me acerqué a mi madre, sosteniendo con fuerza mi brazo izquierdo.
— Mamá, me duele— le dije llorando.
Ella me miró por un instante y decidió ignorarme.
— Ve al hospital — dijo mi suegra son inmutarse, levantó su taza de te y bebió.
— ¡Ni se te ocurra decir que mi hijo te causo esto!— gritó mi suegro con voz alta.
Tomé las llaves de mi auto y me marche. Mi brazo dolía a morir, y mi pierna sangraba al igual que mi cabeza.
Antes de llegar al hospital, puse mi frente en el volante. ¿En que momento me convertí en esto? me pregunte. Yo había querido a Joshua, el había hecho de todo para conquistarme y cuando lo logro... Me convirtió en un saco de boxeo.
Profesabamos una religion, donde la mujer vivía en sujeción a su esposo, pero Joshua aún no era mi esposo y me obligaba a obedecerle. También había muchas reglas,que debía seguir y yo obedecía... no conocía otra vida.
Después de calmarme entre en el hospital, ahí estaba una enfermera y una ginecóloga. Al verme senti su mirada, no se curiosidad si no se terror.
—¡¿Quien te hizo eso?!—
— Solo me caí— respondí, mordiendome la lengua del dolor.
No me creyeron, pero tampoco preguntaron más.
Lloré. No con sollozos ni gritos. Lloré en silencio, con los ojos bien abiertos, mirando el techo blanco del hospital, sintiendo cómo las lágrimas caían por mis sienes sin poder detenerlas. No sabía si lloraba de dolor, de rabia o de alivio porque, por fin, alguien me había dicho que no era mi culpa.
Me pusieron suero. El brazo iba enyesado, y la pierna vendada. Estaba tan adolorida que ni siquiera podía dormir. A cada rato despertaba sobresaltada, esperando ver a Joshua entrar por la puerta con esa sonrisa amable que usaba frente a los demás, la misma con la que engañaba a todos... con la que me engaño a mí.
Pero no vino.
Tampoco mi madre.
Las horas pasaban lentas, como si el tiempo mismo estuviera obligado a presenciar mi miseria.
Por la mañana, la enfermera volvió. Traía una bandeja con algo de comida, pero lo que más me sorprendió fue lo que dejó junto al jugo: una pequeña tarjeta blanca. Decía:
“Centro de Atención a Mujeres en Situación de Violencia – Podemos ayudarte.”
La miré, y mi corazón se aceleró.
—¿Esto es para mí? —pregunté, con un hilo de voz.
Ella no respondió. Solo me miró, con esos ojos que no pedían nada, pero lo entendían todo.
Tomé la tarjeta entre los dedos. Era solo un pedazo de papel... pero en ese momento, pesaba más que todo lo que había cargado en años. Me sentí culpable por pensar en usarla. Aún sentía la voz de Joshua en mi mente:
"Tú eres mía."
"Sin mí, no eres nadie."
"Dios te dio para obedecerme."
Apreté la tarjeta contra mi pecho. Me habían inculcado que el primer hombre que fuera mi novio, debia ser mi esposo. Nadie me amaría, no sería amada jamás y si alguien decía quererme, era solo para servir de objeto s****l.
Mi vida era “perfecta”, mi familia, mi novio. Todas me envidiaban pero yo me moría por dentro, quería suicidarme y acabar con todo.
Voy a acabar con ésto, seré libre por la eternidad.
En un abrir y cerrar de ojos, Joshua estaba frente a mí. Su expresión no era amigable, su mirada estaba oscurecida mientras me veía postrada en cama.
— Ya cumplí con venir a verte — Dijo con frivolidad— Vendré en 5 horas por ti y te llevaré a tu casa.
Lo tome del brazo, no quería estar sola. Pero el se quito de inmediato y se fue de la habitación. De haberlo querido tanto, ahora mis sentimientos eran diferentes... lo odiaba.
.