MAGNUS. —Te ayudo, cariño— me acerqué a ella y la rodeé por la cintura con mis manos. —Recién llegaste del trabajo, descansa un poco— contestó ella— Quiero hacer la pasta que tanto te gusta. — No podría soportar verte de pie, mientras yo descanzo— dije dándole un beso en el cuello. Ella se veía cansada, así que no le hice caso y comencé a ayudarle. Siempre había querido algo así, cocinar con la mujer que amo. —¿Qué tal te fue hoy, linda?— le pregunté con curiosidad. Ella comenzó a reírse sin control. —Casi me caigo de cara, el elevador se descompuso y los tacones estuvieron a punto de romperse— dijo ella con una expresión divertida frente a las tragedias. —Esos tacones deberías tirarlos, ya se te rompieron una vez— respondí mientras enjuagaba las verduras—. ¿No recuerdas que ese dí

