Kellan llega en minutos. Frena rápidamente con su GTO n***o. Salta del auto y corre hacia mí. —¿Estás bien? Me levanta de un tirón, con ambas manos en mis hombros mientras escudriña mis ojos. Parece asustado. —Sí, estoy bien. —¿Te hizo daño? —No— —Te juro que si te puso una maldita mano encima— —Kellan, no. No es nada de eso. Relaja un poco su agarre sobre mí y su rostro se suaviza. —Bien. Vamos, vámonos a casa. Abre la puerta y subo al auto. Mi teléfono suena. Archer. Lo ignoro. Luego recibo su mensaje: Lo siento. Por favor, llámame. Kellan sube al lado del conductor, gira la llave en el encendido y pone el teléfono en su oreja. —Sí, la tengo. Está bien. La estoy llevando a casa. Claro, hombre. Cuelga y salimos a la calle principal, con el brazo de Kellan

