El miércoles por la noche el bar está más concurrido. Faltan apenas diez minutos para la última ronda. Y él no ha entrado. Sigo mirando de reojo el asiento donde se sentó, pensando de forma subconsciente que esta vez estará ahí. Esperándolo. La servilleta de anoche está guardada a salvo en el bolsillo delantero de mi pantalón, con las trece palabras memorizadas y repitiéndose en mi mente. Sabía que quería hablar. Dijo que quería disculparse. Pero la pequeña nota en la servilleta dice que quiere algo más que eso. Mucho más. ¿Por qué no le di simplemente mi estúpido número? —No va a venir, ¿verdad? Doy un salto cuando Mila habla al colocarse a mi lado. —No lo sé. Y no viene. Sigo en negación mientras cerramos las puertas y apagamos las luces. Tal vez llegue corriendo hasta la entrada

