Kellan tiene todo el día libre pero, ay, yo voy a clases de mala gana. No puedo concentrarme. Me pica la piel en el asiento y no dejo de mirar el reloj. Por supuesto, eso hace que el tiempo se arrastre como melaza, goteando cada segundo con gran dificultad. Venir a la escuela hoy fue inútil. No recuerdo nada de lo que dicen mis profesores y salto de mi asiento tan pronto suena la hora. Normalmente tendría libros, cuadernos y bolígrafos para ordenar y guardar después de una clase, pero en la última ni siquiera abro la bolsa ni me quito el abrigo. Corro a casa lo más rápido que puedo y casi me atropellan dos veces en el camino. Entro a la casa, sin aliento y con las mejillas ardiendo, una sonrisa de oreja a oreja, y me recibe Kellan en la cocina. —Oye, casi no tenemos comida en la casa. ¿Q

