Salí al patio de afuera, para tomar aire y meditar un poco. Mimi me había dejado confundido. O, mejor dicho, alarmado. Muy alarmado. Desde hacía rato tenía el presentimiento de que algo no andaba bien con las actitudes de mis hijastras. En menos de veinticuatro horas nuestra relación había evolucionado demasiado. Incluso Fernanda, que era con la que peor me llevaba, terminó por aceptar compartir conmigo momentos como el pijama party. Y ya había tenido un acercamiento físico con dos de ellas. Todo era demasiado bueno para ser cierto. Y ahora lo que había sucedido con Mimi terminaba de convencerme de que, en efecto, las cosas no eran tan buenas como yo creía que eran. Había estado tan eufórico, sediento de lujuria como si fuera un adolescente en su viaje de egresados, que no me había puesto

