-¡Levántate!- escuché exclamar a Abimael, quien me obligó a levantarme y comenzar a correr hacia la puerta de entrada, por la que salimos. -¡Atrápenlos!- gritó el grandote. Ambos frenamos a unos pocos metros de la puerta de entrada y miramos hacia atrás, donde todos los hombres que habían ingresado a la casa se habían quedado inmóviles delante de la puerta y en el porche. -¿Qué…?- intenté preguntar, pero un fuerte dolor en mi cabeza me obligó a llevarme una de mis manos hacia ella y luego mirarla por algo cálido y líquido que sentí sobre esta, llevándome la sorpresa de que estaba sangrando. Comencé a sentirme mareado y hubiese terminado de bruces contra el suelo si Abimael no me hubiese sostenido por la cintura, evitando que cayera. La vista se me estaba nublando poco a poco, pero au

