La campanilla de la puerta sonó al entrar en la tienda vacía. Solo sabía que estaba abierta por el gran y brillante cartel de —abierto— en el escaparate.
Fui a una de las joyerías y empecé a mirar todos los anillos caros de la vitrina. Bajé hasta los pendientes y decidí que estaban más dentro de mi presupuesto. En realidad, no tenía presupuesto, pero pensé que valía la pena sacar dinero de mis ahorros para pagar el préstamo. Además, si funcionaba, tendría todo el dinero que necesitábamos y más.
—¿Buscas algo en particular?—, preguntó una voz femenina frente a mí.
Miré a la chica al otro lado del mostrador. Era bajita y robusta. Su cabello largo y oscuro le caía en cascada sobre los hombros y la espalda, mientras que un flequillo espeso le caía sobre el ojo derecho. Su rostro, bonito y redondo, lucía una piel clara y unos labios carnosos y jugosos.
Vestida con estilo con un top escotado, pude ver la suave elevación de su escote desde mi altura. Una de las ventajas de ser una chica grande era tener un pecho impresionante, porque sin duda tenía un buen par de tetas.
Se apartó el flequillo de la cara. El movimiento me lanzó una oleada de aroma femenino. Olía de maravilla, a vainilla y cerezas. Era realmente agradable, no demasiado intenso como los horribles perfumes con los que a Renée le gustaba impregnarse.
La observé mejor mientras se apartaba el pelo de la cara y sonreía. Tenía unos ojos marrones enormes... profundos y sensuales, con una mirada sensual que ocultaba los secretos de una mujer sensual. La verdad es que era bastante guapa... con ese aire de chica gordita y linda, si te gusta.
Mientras le miraba las tetas, me llamó la atención su etiqueta. Era Leyla... mi salvadora financiera.
—La verdad es que estoy un poco perdida con las joyas—, dije, mordiéndome el labio inferior. Me alegró ver que sus ojos se posaban en mi boca. —No estoy muy segura de qué le gusta—. Le lancé mi sonrisa de —Te deseo— y dejé que mis ojos vagaran visiblemente por su rostro.
Disfruté del intenso rubor que invadió sus mejillas, pues significaba que estaba haciendo bien mi trabajo. Apenas estaba empezando y ella ya se estaba sonrojando. Esto iba a ser pan comido.
—¿Qué clase de chica es? ¿Qué crees que le gustaría?— Se mordió la boca nerviosamente.
—La verdad es que no lo sé. ¿Qué te gusta? —Apoyé los codos en la encimera para estar a su altura.
—Me gustan muchas cosas —rió disimuladamente mientras empezaba a inquietarse. Era encantador—. Pero puede que no le guste lo que a mí me gusta.
—Ah, venga. Sígueme la corriente. Si pudieras tener cualquier cosa aquí, ¿qué sería? —pregunté.
Tenía la esperanza de que me mostrara algo que no fuera demasiado caro. Esta chica era rica y no quería que pensara que era pobre por no poder permitirme lo que ella había elegido.
¿En serio? ¿Quieres que elija joyas para alguien que no conozco? Me miró con una expresión extraña y confundida.
—No, quiero que elijas joyas que te gusten. Estoy segura de que si te gustan, a ella también. Sígueme la corriente, por favor. —Ladeé la cabeza y la miré con ojos de cachorrito.
Su rostro se sonrojó de nuevo y sentí una oleada de satisfacción primaria. Ya había afectado a mujeres antes, pero por alguna extraña razón, ver su reacción me dio un subidón.
—Bueno, bueno… yo soy más de collares—, dijo mientras se acercaba a otra vitrina que contenía collares.
—No me gustan mucho las joyas caras—, continuó. —Así que eso lo descarta todo en este aspecto—.
¿Una chica rica a la que no le gustaban las joyas caras? Fascinante.
La escuché mientras continuaba eligiendo el collar perfecto para ella.
—Prefiero la plata al oro, así que eso elimina la mitad de los collares de este lado de la vitrina—.
Sus dedos se movían suavemente sobre los diferentes collares y, por un instante, me pregunté cómo se sentirían esas manos contra mi piel. Tenía unos dedos preciosos... y unas uñas bonitas. Apreciaba que sus uñas medianas, de color rosa bebé, fueran suyas. Odiaba esas horribles uñas acrílicas que usaban la mayoría de las chicas. Cortas estaba bien, pero algunas se pasaban con el largo. Mis hijos y yo nos reíamos preguntándonos cómo las chicas se limpiaban el culo con uñas tan largas.
Ella giró su cabello una vez más y otra vez el ligero aroma a vainilla y cerezas me invadió.
—¿Qué tipo de perfume llevas?—, solté sin pensar.
—Eh... No llevo perfume. ¿Por qué? ¿Huele algo? —Su ceja perfecta se frunció en señal de interrogación.
—La verdad es que algo huele muy bien y como no lo olí hasta que llegaste, supuse que eras tú. Hueles dulce... me gusta —dije, con otra sonrisa coqueta.
Su rostro se iluminó más oscuro que antes y me dejé llevar por mi ego de playboy por un rato. No tenía ninguna oportunidad... pobrecita. Su respiración se aceleró y su gran pecho se apretaba contra su top con cada respiración. Hacía tiempo que no sostenía un buen puñado que no fueran bolsitas de silicona, y Leyla era definitivamente más que un puñado. Se me hizo agua la boca al pensar en probar vainilla y cerezas. Ay, habría sido un bocado dulce si me hubieran dejado probarla.
Quizás esto no sería tan malo después de todo. Ella era intocable para mí, pero necesitaba una buena provocación.
Sus ojos marrones se apartaron de mí mientras bajaba la cabeza. Su respiración profunda rompió el silencio hasta que finalmente levantó la cabeza de golpe y me ofreció un collar.
—¿Qué te parece esto? ¿Crees que le gustaría?—, preguntó.
Ella no estaba haciendo ningún contacto visual en absoluto.
Después de estar con tantas mujeres agresivas como Renee, su timidez me excitaba un poco. Me gustaba lo sexy que me hacía sentir sin darme cuenta. La incomodaba, pero en el buen sentido, y ni siquiera podía mirarme a la cara sin sonrojarse. Fue un estímulo para mi orgullo masculino, ya que sus reacciones eran genuinas, y no como las típicas reacciones exageradas de una chica guarrilla que intenta acostarse con alguien. Me gustó su reacción. Me gustó cómo me hacía sentir. Un suave gruñido de agradecimiento escapó de mi garganta y me valió un breve destello de ojos color chocolate. Luché contra la inclinación de mi boca.
El collar que mostró era bonito. Era una cadena de plata de ley con un pequeño medallón de plata en forma de corazón. Costaba solo ciento cincuenta dólares, así que podía permitírmelo, y a ella le gustó, así que lo compré.
—Creo que sí—, dije. —¿Qué le pongo?—
Lo que quieras, en realidad. Podrías poner una foto de los dos o grabar algo dentro. Tú decides.
—Está bien, lo tomaré.—
La seguí hasta la caja registradora y la observé mientras metía cuidadosamente el collar en una cajita roja. Lo hizo todo con tanta delicadeza, sin prisa. Sus dedos regordetes rozaron suavemente el collar y luego la caja. La observé mientras cobraba, tocando la caja de nuevo con lo que parecía un roce suavísimo. Me sorprendí preguntándome qué tan suaves serían sus manos. Su tacto era relajante y me provocó un escalofrío repentino.
La miré cuando me dio el total y volví a notar lo profundos que eran sus ojos.
—Tienes unos ojos realmente bonitos —solté.
Eso no formaba parte de mi estrategia. Fue un momento estúpido de honestidad inoportuna. Me aseguraría de que no volviera a ocurrir.
Las puntas de sus mejillas se calentaron.
—¿Estás coqueteando conmigo?— Su expresión reflejaba una genuina confusión.
No hacía falta ser adivino para saber que estaba pensando en lo improbable que era que un hombre como yo coqueteara con una chica como ella. O eso, o no tenía ni idea de lo que era coquetear y quería saberlo para tener una referencia.
—Tal vez —sonreí y me encogí de hombros.
Sus ojos se llenaron de pánico y la parte de mí que nunca usaba con desconocidos se iluminó de pena por ella. Realmente no tenía ni idea de cómo responder a mí y a mis pequeños avances.
—Eh... gracias, supongo. Por... por el comentario del ojo —tartamudeó.
—No me lo agradezcas… es la verdad—. Le tendí el dinero.
Terminó la transacción y luego metió mi recibo en la bolsita negra que contenía el collar. Me quedé allí un minuto sonriéndole, disfrutando de lo nerviosa que la puse, antes de darle las gracias y salir de la tienda.
La primera parte de mi misión se completó.
Acabé sentado en el café del que me habló su madre y bebiendo un capuchino de más. Prestaba mucha atención a la gente que entraba. Oía cada pedido: un doble de esto y un dosificador extra de aquello. No volvería a dormir si bebiera algo así. Mierda, seguro que no voy a dormir esta noche después de tanto capuchino.
—Vamos ya, Leyla —susurré en la tapa de mi taza de café.
Estaba a cinco minutos de darme por vencido por hoy y volver a intentarlo al día siguiente cuando la vi por la ventana. Entró y pasó como un rayo a mi lado. Me alegré de que no me viera enseguida. Fingí concentrarme en la revista de autos que tenía en la mano mientras escuchaba atentamente su pedido.
—Hola, Joey, lo de siempre —dijo.
—¡Hola, chica! ¿Cómo te va? ¿No hay reunión de mamás hoy? —rió.
—Eso no tiene gracia, gamberro —dijo riendo—. No, hoy no hay reunión. Estoy en mi hora de almuerzo. Acompáñame con un sándwich de pavo.
Se sentó en una mesita en la esquina, frente a mí en la cafetería. La observé mientras sacaba un librito y empezaba a escribir. Era el momento perfecto para ir con ella. Me levanté y tomé mi capuchino. Lentamente, caminé hacia su mesa. Estaba tan absorta en lo que escribía que ni siquiera me oyó acercarme.
—Si no es la belleza de ojos marrones de la joyería—, dije.
Ella me miró y sus labios carnosos se abrieron en una pequeña sonrisa.
—Si no es el tipo que no sabe nada de su novia—, dijo, mientras dejaba el bolígrafo.
¿Novia? ¿Quién dice que ese medallón era para mi novia? Quizás sea para mi mamá o mi hermana o...
—Bueno, ¿en serio vas a jugar al juego de no tener novia conmigo? —Arqueó una ceja con aire arrogante.
—Lo siento… no estoy seguro de estar familiarizado con ningún juego como ese—.
—Dudo seriamente que estés soltero—, dijo.
—¿Y eso por qué?—
Me deslicé en la silla junto a ella y apoyé la barbilla en el puño. Esto se estaba poniendo interesante. Iba a intentar psicoanalizarme. Buena suerte, querida.
—Los chicos como tú nunca están solteros—.
—¿Chicos como yo?— Me reí. —¿Y qué clase de chico soy exactamente?—
—¿Quieres que sea honesta o quieres que lo endulce?—
—Siempre me ha gustado la honestidad.— Me mordí el labio inferior y sonreí para mis adentros cuando sus ojos siguieron mi gesto. Estaba pensando en cómo sería besarme... bien. Quería que pensara cosas así.