Por fin teníamos vacaciones Sandra y yo. Habíamos alquilado un chalet. Eran en una localidad cerca conformada por un grupo de 4-5 viviendas que se había edificado en el antiguo torrente de un río. La gran ventaja era que él camino desembocaba en una pequeña cala. No era privada, pero como había que pasar por los chalets, pocas veces iba nadie que no estuviera viviendo. Nos levantamos sobre las 9:15 de la mañana con la idea de irnos a la playa tan pronto desayunáramos. Cogimos dos toallas y nos encaminamos hacia la cala. A esa hora estaba totalmente vacía y era un privilegio poder tomar el sol sin molestias. Extendimos las toallas en la arena. Me quité la camiseta y Sandra se quitó el vestido. Llevaba puesto el bikini que le compré. Era un sujetador de triángulo que le tapaba sólo el pezón

