Capítulo 5.

1859 Palabras
Habían pasado meses desde la última vez que departieron así con el dueño de las tierras, según la mayoría del personal era demasiado pedir que el nieto fuera igual en gustos y carácter a don Francisco, pero no era exageración que fuera demasiado agradable poder presenciarlo: las risas, las pláticas, las memorias que cada quién le iba contando al joven señor, y las nuevas que él les iba compartiendo sobre su vida en la ciudad. - Señor, sin ánimos de ser indiscreta, y a petición de las muchachas que no paran de preguntar, ¿hay alguna joven dama a la que usted dedique sus afectos? La pregunta que fue dirigida a Íñigo, no hizo sino ruborizar a más de diez chicas, pues era más que obvio que llamaba la atención, y así como estaban casi todas escondiendo el rostro en sus rebozos era notorio que estaban atentas a la respuesta. Más el joven señor frunció ligeramente la frente, intentando responder sin perjudicar a nadie y sin obviar que de hecho sí existía dicha dama, pero no era quién ellas creerían, salvo por el detalle de que sería comprensible para todos y que mantendría el tema zanjado.  - Sí, la hay. Pero con los cambios que ha dado mi vida y aspiraciones, dudo mucho que ella acceda a venir a la hacienda, ella es muy de ciudad, no creo que sea apropiado hacerle cambiar sus pasatiempos y fijaciones, las damas de la ciudad capital son en extremo delicadas, tanto de condición física como mental, así que hacerla venir no haría sino enfermar… La señora Matilde no esperaba semejante respuesta pero lo comprendía, la vida en el campo era muy exigente, sobre todo para las amas de casa, ya que debían trabajar muchísimo ayudando y aprendiendo, entonces en el caso de la susodicha dama aspirar a un matrimonio con un hacendado sería de lo más trágico. De pronto se escucha entrar a Joaquín y sus amigos, todos felices, pues hacía un rato que salieron prometiendo regresar, don Íñigo lo mira entrar completamente desencajado y colgando de los hombros de dos de sus amigos ebrios a más no poder, algunos colocaron en la mesa varias botellas de tequila, traído de la tequilera que ahora perteneciera al tío de don Íñigo.  Rápidamente se vuelve todo un caos de gente llevando hombres ebrios y otros dando órdenes, don Íñigo solamente los mira hacerlo, sorprendido nuevamente de la capacidad de respuesta que esta gente poseía, no importaba la situación en que se encontraran, ellos sabían qué hacer, nadie esperaba una orden. Fue entonces que una serena señora Matilde le pide retirarse a su habitación a descansar, pues todo estaba bajo un rígido control. Él se levanta de la mesa, sin evitar despedirse de todos, les desea las buenas noches y sube lentamente a su alcoba, en las estancias superiores, curiosamente no se escuchaban los ruidos del ajetreo en la planta baja. Apenas habían pasado unos días de haber llegado y seguía sin saber cómo manejar a estas personas sin que pareciera que se metía demasiado en sus tareas, pues era obvio que él poco sabía del campo, apenas podía identificar algunas de las plantas que crecían afuera, lo que significaba que en el sistema de educación que él tuvo, incluso, tenía algunas fallas.  Don Íñigo se sumerge en un profundo sueño, que le muestra escenas mezcladas de la ensoñación y la plática con Jacinta y de la velada corta con el personal después de comer el caldo de pescado. Pronto se vio acribillado con las preguntas de las mujeres, todas le recriminaban no ser la depositaria de sus afectos, hasta una Jacinta malhumorada le reclamaba esa respuesta, él se debatía desesperadamente tratando de explicarle que eso debía decirles para evitar peleas innecesarias entre las mujeres, se sentía desesperado hasta que alguien tocando a su puerta lo saca de esa profundidad.  Entra Joaquín con una notable resaca a informarle que el mensajero acababa de llegar y que debía prepararse para recibir al administrador y al abogado.  Era el momento para lucir complacido por la gran finca y los negocios locales, que eligió el traje de casimir azul marino, combinado con camisa blanca y botas negras hasta las rodillas, por una razón que aún no entendía, su madre ordenaba siempre la moda de Londres, si bien la señora Margarita era un poco extravagante, prefería destacarse de una manera poco favorecedora, pues gastaba demasiado el dinero. Cada año, le enviaba varios baúles cargados de ropa y accesorios traídos de Europa, por lo que tenía de más para usar.  Le pide a Joaquín llevarlos al estudio de su abuelo en cuanto éstos llegasen, listo para pasar varias horas con los dos caballeros y revisar lo que le había dejado don Francisco. El joven señor se encontraba ansioso por tener la tan esperada charla, en donde se le haría entrega oficial de la finca y las tierras para gestionar y dar por finalizada su instalación, se encamina hacia el despacho y nota que de allí salen varias mujeres, quienes previamente habrían hecho la limpieza del lugar, entre ellas Jacinta que, con los ojos enrojecidos, se apura y deja a las demás detrás de ella. Íñigo la mira con extrañeza, entra en la pieza y toma el asiento principal del despacho, una enorme silla de madera oscurecida, tan elegante como su abuelo en la corta memoria suya. Se percata de que no había entrado ahí y decide explorar un poco, viendo varias pinturas adornar la habitación, escenas del lago y las montañas, firmadas por el mismo don Francisco, mostraban pinceladas llenas de cuidado y esmero, así como un colorido bastante peculiar donde el autor presumía el amor dedicado a su hogar.  Un enorme librero engalanado con libros en varios idiomas, tanto de literatura como de filosofía, de ciencias y de religión, entre ellos había figurillas de esculturas famosas, jarrones de diferentes partes del continente a******o, algunos con flores secas y ramos de hierbas que aún conservaban aromas, velas gastadas y cajitas de madera adornadas. Llaman en la enorme puerta de madera y Joaquín escolta al administrador y al abogado, hombres bajos de estatura y complexión robusta, ambos familiarizados con Joaquín, entraron riéndose de la apariencia del encargado y de su resaca.  Íñigo no puede evitar reír con ellos, pues de verdad era lamentable el estado de Joaquín, los invita a ponerse cómodos en el sillón cerca de una gran ventana.  - Íñigo veo con placer que te has acomodado en la finca, - comenta el abogado Humberto - y que te llevas bien con la gente. Sin duda todos aquí son personas agradables. - Sí, en varias ocasiones me he sentido impresionado por su capacidad de respuesta, ni siquiera tengo que pedirles algo, cuando lo necesito ya lo tienen listo. En realidad me preocupa cómo lidiar con eso, creo que nadie aquí necesita un señor que pida cosas o los mande. - Cierto Íñigo, - interviene don José, el administrador - estas personas saben qué hacer, pero eso es debido a que nacieron y crecieron aquí, los varones ayudan a sus padres desde niños y las mujeres igual, ayudan a sus madres. La única excepción que tienes es Jacinta, ella aprendió de don Francisco, porque ella llegó aquí siendo bebé, sin padres, fue encontrada cerca del lago. Tu abuelo le puso su nombre, pero no la llevó a registrar, para el gobierno ella no existe. - Sobre eso, ¿tienen alguna información? ¿Cómo es posible esto? - Nosotros tampoco sabemos, - dijo don Humberto. - Tu abuelo la menciona muy pocas veces en sus cartas, donde pide extrema discreción, él le regaló un pequeño huerto, dentro de la hacienda, es lo que rodea su pequeña casa, era su modo de protegerla, pues la hacienda la guarda. Quizás es mejor que hablaras con ella, muchos detalles sobre el asunto se los llevó tu abuelo a la tumba. Él sabía que en ese caso no tendría más detalles sobre el asunto, así que decide darlo por terminado, y se levanta a servir tres vasos con el tequila favorito de don Francisco. - Está bien, pasemos entonces a lo que nos cita el día de hoy. Jacinta permanece sentada en el gran patio, esperando pacientemente a que la reunión termine, ella cree conocer algunas de las preguntas que el joven señor hará a los invitados. Incapaz de hacer otra cosa, sino esperar, se queda mirando la gran ventana del despacho, y por un breve momento aparece don Íñigo sonriendo a las bromas que le hacen sobre el revuelo que causó el joven al llegar en las mujeres solteras, don José le jugaba bromas a don Íñigo sobre el tema, nada sorprendidos de que así fuera, lo que logró que Jacinta sintiera una pequeña punzada de celos.  Se escuchan salir del despacho, don Íñigo detrás de ellos despidiéndose de ambos y viéndolos partir por el terroso partido, ella nota que el joven señor llevaba un paquete de cartas en las manos y que luego sube a su alcoba. La señora Matilde la llama para que se prepare para limpiar la habitación, mientras ella se lleva los vasos usados durante la visita, Jacinta reúne una franela y un cubo con agua y se dispone a entrar al despacho. Don Íñigo mira atentamente el paquete de cartas, se decide y lo abre, la mayoría contiene indicaciones para futuros problemas y una en particular tiene su nombre escrito a secas, reconoce la caligrafía de su abuelo, la toma y la lee. Hijo mío, sé que no me recuerdas y que tienes muchas preguntas, yo sí te recuerdo y puedo decirte que no existen las casualidades. Sabiendo cómo eres y anticipando tus acciones, debo suponer que para el momento de recibir esta carta, la existencia de Jacinta te ha conmovido, debo suponer que ella ya te habrá contado sobre la leyenda de su pueblo, la leyenda es cierta, he comprobado con mis propios ojos todo lo que ella te habrá contado. En estas tierras aún persiste una magia muy antigua, ejercida por deidades que ni siquiera imaginamos, y la vida aquí debe llevar cierto curso para mantener un equilibrio. Notarás que nuestra hacienda no cuenta con iglesia ni capilla, ten en cuenta que somos intrusos aquí y respeta de acuerdo a esto: tú eres dueño pero sólo de nombre, es una manera de proteger lo que ocurrirá y tendrás que presenciarlo, quizás debas participar. Nuestra familia se opuso a todas las atrocidades que se cometieron para llevar a cabo una conquista. Al saber que aún se hacían injusticias, nuestros antepasados viajaron a esta tierra de colores y sabores.  Por si aún no lo has aprendido, somos caballeros cuando damos nuestra palabra más comprometida a un bien mayor, pronto tu palabra será expresada y será con una noble causa. Tendrás días muy duros y no contarás con nadie, más que contigo mismo. Tu deber será proteger a toda costa a Jacinta, ella es depositaria de esa antigua magia, con ella caerás en un hechizo del más hermoso tipo, aférrate a él y aférrate a ella.  Te dejo mi bendición y dejo mi corazón junto al tuyo.  Tu abuelo.
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