Las seis, y Javier aún no ha llegado. ¿Dónde estás desgraciado? Oigo un motor ruidoso acercarse, pero no es él, no es nadie. Quizás se retrasó, quizás se durmió o tan sólo quizás volvió a sus juegos de casino. Como es costumbre, suele pasarse todos los días allí. Pero no es de mi buena suerte que en Londres no haya un sólo día que no llueva, estoy sentada en la parada de autobuses hace media hora, esperando a mi deseoso marido y empapándome de agua gracias a una ligera lluvia primaveral. Una bocina me sobresalta, mi vista se levanta y veo a Jones acercándose con su coche muy cerca de mí. Ruego a Dios que Javier no este mirándome, sería el fin de mis días, o peor: el fin de toda la humanidad. —¡Hey, Butler! ¿Quieres que te lleve? —Pregunta. Si Jones me ofrece llevarme, es porqué quizá

