Una hora y media habían pasado desde aquella llamada que le congelo la sangre, Emilio recién llegaba a aquella mansión que tanto odiaba, el simple hecho de saber que volvería aquí ya le daba nauseas, odiaba ese lugar, esa prisión. Emilio bajo del auto mientras sus pies en la arena hicieron un ruido estruendoso y seco para sus oídos, todo parecía lleno de tranquilidad, aunque sabía que no sería así. Miro la fachada de lo que pintaba como viejo hogar, pero solo era un lugar de encierro y malos recuerdos, trago grueso tras la impotencia y frustración esperando que Christopher hubiera entendido lo suficiente, pero, lamentablemente, no tendría tiempo para quedarse a averiguarlo. Tras el inaudible silencio, Emilio avanzo lento, con pasos pesados, al llegar al primer escalón sintió una fuerza

