En ese mismo instante en Gardh… Kublai escuchó el gran estruendo. Habría que ser sordo para no hacerlo. Un grupo de chiquillos corrían hacia las afueras. Ellos pasaron gritando: —¡Ya no está más la muralla! —¡Podemos ir a dónde queramos! Kublai miraba hacia el cielo, realmente algo pasaba. No tenía idea de qué. Mientras contemplaba el color del cielo que se difuminaba de azul para difuminarse en una neblina violácea, sentía que el alcohol sosegaba su pena, aunque en realidad el alcohol permitía que esa misma pena brotara. Los ojos se le llenaban de lágrimas y adoptaban un brillo peligroso. Le dolía el alma y su desdicha se le hacía insoportable. No entendía su naturaleza. Sin embargo, también sentía el peso de su soledad. Era como si Heller Roth hubiese sido su amante y su amante le

