GARDH.

820 Palabras
Gardh. Años más tarde… El chico de ojos color avellana centra su atención en el recorte de periódico. Se le estruja el corazón cada vez que lo mira, pero el repentino bullicio en la calle hace que lo guarde rápidamente en los bolsillos. Kublai, el cabecilla de la pandilla entra al cuarto y da un vistazo general, ve que los bultos de ropa que usa de almohada, permanecen en su lugar, y encima la mesa, el jarro para la gotera del techo está vacío, si hace memoria recuerda que esa mañana lo ha visto desbordando… Al otro lado del cuarto, ve que la cortina sucia que cubre la pequeña ventana que da hacia la calle está entre abierta. Eso quiere decir que Shan está ahí. Kublai cruza de brazos y se le pone en frente de él. Afuera todos sus amigos se agrupan en la ventana para verle. —¿Piensas quedarte escondido como una gallina? Shan siente que sus oscuros ojos le queman y ese tono burlón hace que le tiemblan las piernas. —Yo... no puedo... —baja la mirada, sintiendo vergüenza. Espera un mar de insultos de la boca de Kublai. —Oye, Shan... ¿no decías que querías ir ver con tus propios ojos a ese Eniyan del periódico, con el que te masturbas todas las noches? Luego no me vengas a lambisquear cuando vuelva— Kublai tuerce los labios, decepcionado—. Nunca pensé que eras una ga-lli-na, hasta hoy —le mira con el rabillo del ojo y se larga del cuarto. Una vez más, el ruido de afuera vuelve a la normalidad. Shan suspira pesadamente. Se lamenta. —Si yo fuera tan solo un poco más arriesgado y menos cobarde… —comienza a atormentarse. Desde hace meses Kublai viene planificando salir de Gardh. Y ha llegado el día, pero es todo un reto. Es una misión imposible. Todo el mundo lo sabe. Shan lo sabe. A un principio, cuando la idea rondaba en la cabeza de Kublai, Shan se encontraba entusiasmado con la idea, aunque no le revelaba nada de su plan, nada podría pasarle si iba con él, la suerte estaría de su lado como siempre, pero conforme la fecha se acercaba, el miedo y sus temores más ocultos le fueron doblegando hasta el punto de desistir. Ahora, solo y a salvo de su mirada, el silencio vuelve a reinar en el cuartucho, y él vuelve a contemplar el trozo del periódico, como si fuera una pieza de oro, su tesoro personal. El periódico, es de material es de alta calidad, está claro que proviene de afuera, quizás de Délamir, pero no es eso lo que le llama la atención, era la imagen del Eniyan que tiene de fondo. Para Shan es una obra de arte que deleita a sus ojos y despierta sus instintos más bajos, el deseo viene a él cada vez que mira la figura del Eniyan. Suele pasarse horas contemplándolo, y eso era lo que en ese mismo instante hace. —Si tan solo tuviera más agallas…—Shan suspira con pesadez. Al igual que Kublai, anhela marcharse de Gardh, pero decir y hacer son cosas muy distintas. La realidad es que pocos son los que tienen el coraje de hacerlo, de intentarlo, y él no es como Kublai, no posee esa determinación, y carece de autoconfianza entre una lista larga de defectos. —Quizás estén de vuelta antes de lo esperado— se dice a sí mismo. Shan cree que cruzar la muralla es algo así como la ilusión secreta de todos, que allá afuera el mundo es distinto a la decadente Gardh. Guarda el recorte de periódico en el bolsillo y se dispone a salir. Sumergido en sus pensamientos mira el charco de agua estancada en la puerta y la esquiva. Esa noche piensa emborracharse hasta perder la consciencia. Afuera el clima es siempre el mismo, humedad extrema, pesadez, rostros sufridos. Nada fuera de lo normal. Todo gris, como el negocio al que se dirige. Al llegar allá, sustrae hábilmente una botella de bourbon barato de atrás del negocio, y regresa al cuartucho que comparte con Kublai. —Todos sabemos que salir es imposible —se repite para no sentirse más cobarde. Sea cual sea el resultado, cuando Kublai cruce la puerta, él será el objeto de sus burlas. Ya puede estar haciéndose a la idea. —Seguro me odia— Shan vuelve a suspirar. Una vez tirado en su cucha, saca de vuelta el recorte de periódico. Su mirada repasa la imagen del Eniyan; con delicadeza, con las yemas de sus dedos acaricia el níveo y cálido rostro. Es como si pudiera sentir lo que pasaba por esa cabeza, sus ojos celestinos poseen un fuego controlado solo por fuerza de voluntad, recorre con sumo cuidado la figura esbelta con la embestidura de su grado. Abajo tiene grabado su nombre: Heller Roth.
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