CAPÍTULO VEINTIDÓS Lucio esperaba frente al trono como un condenado mientras su padre vociferaba. “¿Un asedio?” exigió el rey. “¿Cómo permitiste que se convirtiera en un asedio?” En aquel momento, de pie ante la corte con la mayoría de los nobles de Delos mirando, Lucio nunca se había sentido tan enojado con todos ellos. Todavía llevaba su armadura dorada, todavía tenía la espada que había llevado al campo de batalla y una parte de él quería correr entre ellos y liquidarlos a todos por atreverse a estar allí mientras su padre intentaba humillarlo delante de todos. Pero no lo hizo. En cambio, se quedó allí de pie, con la armadura salpicada de barro, muy lejos de tener la mejor apariencia en la sala del trono mientras su padre, el rey, gritaba. Los nobles que había a su alrededor estaba

