CAPÍTULO 16

1409 Palabras
El estudio estaba silencioso, demasiado silencioso. Tracy había pasado los últimos días sumergida en su trabajo, como si coser pudiera suturar algo más que tela. Las máquinas seguían apagadas, pero la mesa estaba cubierta de bocetos, patrones y recortes, como si la inspiración hubiera estallado… o tal vez como si hubiese pasado un huracán. La noche anterior había sido distinta. Una conversación con Daniel —intensa, dura— había dejado su mente girando sin freno. Habían discutido sobre su incapacidad para abrirse del todo, sobre ese muro invisible que parecía protegerla pero que, a él, lo mantenía a kilómetros de distancia. Y, aunque Tracy odiaba admitirlo, él tenía razón. Esa mañana, el teléfono vibró. Era un mensaje de su madre: "Necesitamos hablar. Ven a casa." Las palabras parecían inofensivas, pero Tracy sabía leer entre líneas. Cuando su madre decía “necesitamos hablar”, era más bien un juicio, una evaluación de su vida y sus decisiones. Respiró hondo. Tomó su abrigo y salió, caminando por la calle como si cada paso fuera un intento de organizar las ideas. En la casa, el aire estaba cargado. La madre la esperaba en la sala, sentada en el sofá, con ese porte recto que siempre había impuesto respeto. La abuela estaba en la cocina, murmurando algo, y su hermano se movía de un lado a otro, como si quisiera evitar estar ahí. —He oído lo del desfile —empezó su madre, con un tono que no era precisamente de orgullo—. También he visto las fotos. Y he escuchado comentarios. Tracy la miró sin responder. —¿Y? —su voz salió más cortante de lo que pretendía. —Y… me preocupa la imagen que estás proyectando. Esa colección con… mujeres contando sus problemas personales, esa exposición de la intimidad… No sé si es bueno para la marca. El corazón de Tracy dio un vuelco. —¿Para la marca o para ti? La madre entrecerró los ojos. —No me hables así. Solo quiero lo mejor para ti. Tracy sintió cómo la frustración acumulada en los últimos meses subía como un incendio. —No, mamá. Siempre has querido lo que tú crees que es lo mejor para mí, aunque me haga pedazos. Toda mi vida me enseñaste a lucir impecable, a no mostrar debilidades, a callarme cuando algo me dolía. Y ahora que decidí no hacerlo más… ¿te avergüenzo? Su madre guardó silencio. Ese silencio duro, el que significaba que estaba conteniendo algo. —No lo entiendes —susurró al fin—. Yo crecí en un mundo donde mostrar debilidad era una condena. Lo que haces… me asusta. Las palabras hicieron tambalear a Tracy. Por un instante, vio a su madre no como la figura rígida de siempre, sino como una mujer con miedos heredados, igual que ella. —Pero yo no soy tú —dijo, más suave—. Y no voy a vivir escondida. El resto de la tarde fue un vaivén de tensiones y silencios incómodos. Tracy salió de la casa con el pecho apretado y la sensación de haber roto algo… pero también de haber recuperado un pedazo de sí misma. En el camino de regreso, su teléfono volvió a sonar. Era un mensaje de Daniel: "Tenemos que hablar. Esta vez, de verdad." Ella lo miró, dudando si contestar. No estaba segura de tener fuerzas para otra confrontación… pero también sabía que había cosas que no podían seguir guardadas. Mientras caminaba hacia el estudio, se dio cuenta de algo: el desfile, la discusión con su madre, los retos que venían… todo era parte de una misma tela. Y aunque las costuras estuvieran tensas, estaba dispuesta a seguir cosiendo. La mañana siguiente se sintió como un eco roto. Tracy despertó con los rayos del sol filtrándose a través de las cortinas, pero no había calidez en esa luz. La habitación parecía más grande, más vacía, como si la ausencia de Ian hubiera arrastrado consigo todo el aire. Aún podía sentir su olor en las sábanas: una mezcla de café, colonia amaderada y algo que no se podía embotellar, pero que se quedaba grabado en la memoria. No bajó a desayunar. No quería enfrentarse a las preguntas silenciosas de su madre ni al intento de “¿estás bien?” de su hermano, que en realidad siempre significaba “no sé qué hacer contigo”. Se quedó sentada en la cama, con la espalda encorvada y los pies fríos, repasando cada palabra de la discusión de la noche anterior como si fuera un desfile de errores que no podía detener. Habían pasado solo doce horas, y ya el orgullo empezaba a pelear con la culpa. —No fui injusta… —susurró al aire, intentando convencerse—. Él también tuvo su parte. Pero la verdad era que Ian había tocado fibras que nadie tocaba, y eso la asustaba. A media tarde, decidió salir. No para distraerse, sino para evitar pudrirse en su propio silencio. El taller estaba vacío, con la luz apagada, como si las máquinas y telas esperaran su decisión de seguir o detenerse. En el maniquí, quedaba una prenda a medio coser de la nueva colección: una chaqueta blanca, con cortes irregulares y detalles bordados que parecían cicatrices. La miró largo rato. —Quizá eres yo… —murmuró, tocando el hilo suelto—. Inacabada, pero con marcas. Se puso a trabajar. No con el entusiasmo habitual, sino con una necesidad casi visceral de mover las manos. Las puntadas eran precisas, pero cargadas de una tensión que se notaba en el hilo tirante. Mientras cosía, su mente volvía una y otra vez a la carta de su padre, al desfile, y a cómo Ian la había mirado, como si viera a través de todo lo que ella trataba de ocultar. Recordó algo: un día, cuando tenía ocho años, su padre le había dicho que las personas que más nos mueven son las que logran ver lo que no decimos. Quizá Ian era eso. Pero entonces, ¿por qué dolía tanto? Esa noche, decidió enviarle un mensaje. No quería disculparse todavía, pero sí dejar una puerta entreabierta. “Hoy terminé la chaqueta. No sé si te gustaría verla, pero pensé en ti mientras la cosía. No lo digo para hacerte sentir especial… aunque supongo que lo eres.” Lo escribió y lo borró tres veces antes de enviarlo. Cuando lo hizo, se arrepintió de inmediato y dejó el teléfono boca abajo. A los veinte minutos, vibró. “Quiero verla. Y quiero verte. Pero no para hablar de la chaqueta.” El corazón le golpeó el pecho como si quisiera escapar. Sabía que lo que él proponía era más que una simple visita. Sería enfrentar lo que habían dicho, lo que no habían dicho, y lo que aún no se atrevían a admitir. Ian llegó a las nueve. No hubo saludo efusivo, ni un abrazo inmediato. Solo se quedaron frente a frente, midiendo el terreno como dos artistas antes de un duelo creativo. —¿Puedo? —preguntó él, señalando la chaqueta en el maniquí. Ella asintió. Ian la tocó con cuidado, como si fuera frágil. Luego la miró directamente a los ojos. —Eres tú… pero sin la armadura. Por eso me gusta. Ese comentario rompió algo en ella. Porque, de alguna forma, siempre había creído que incluso sus diseños eran una defensa. Y que Ian pudiera ver lo contrario era desconcertante. —No sé qué hacer contigo —confesó Tracy, con un hilo de voz—. Me desconciertas, me retas… y me das miedo. —No necesitas saber qué hacer conmigo. Solo tienes que decidir si quieres que esté aquí o no. El silencio que siguió estaba cargado, denso. Tracy sintió que cualquier palabra errada podía romperlo todo. Finalmente, se acercó y apoyó la frente contra su pecho. No era un “sí”, ni un “no”. Era un “no te vayas todavía”. Esa noche no resolvieron nada. No se pidieron perdón ni se prometieron cambios. Pero se quedaron juntos, hablando de cosas pequeñas: música, un restaurante nuevo en la ciudad, un perro que Ian había visto en la calle. Y en medio de lo banal, algo se aflojaba en el pecho de Tracy. Por primera vez en mucho tiempo, no sintió la necesidad de controlar el momento. Y quizá ahí estaba el verdadero reto: aprender a quedarse en lo incierto sin huir.
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