Gonzalo —¿Dónde diablos te encuentras? — interroga mi padre muy enojado atreves del teléfono. —Estoy en casa —respondo nervioso. —Espero que haciéndote cargo de la mujerzuela de Manuela. —No —grito —le llames así. —Vuelve a levantarme la voz y vas a arrepentirte —dice de una manera intimidante. —L-lo siento, es que yo… —sigo nervioso. —Quiero que vengas de inmediato a la antigua fábrica, ya Zigor tiene a la bastarda. —Es que Manuela… ella esta… —¡Que vengas de una maldita vez! — grita —y no vuelvas a mencionarla. —Sí, padre. Me apresuro a abandonar la casa. Sintiéndome miserable y vacío. Creí que, haciéndole daño, podría sentirme mejor, pero no fue de esta manera. Sin apartar de mi mente los gritos aterradores y palabras de súplica del que fue mi esposa, llego a la fábrica. Hay

