XIStefano Zamagni se despertó a la mañana siguiente de la larga charla con Marco Finocchi y decidió desayunar enseguida, dejando a Alice en el profundo sueño en el que había caído a causa del cansancio que había acumulado en los días precedentes. Zamagni abrió uno de los estantes de la cocina y sacó algunas galletas de aquellas que había comprando en el supermercado el día anterior, se comió cuatro o cinco, volvió a cerrar el paquete, puso todo en la despensa y luego fue al quiosco a comprar un ejemplar de Il resto del Carlino. Notó que el quiosquero tenía la voz de una persona joven, de unos treinta o treinta y cinco años, y la semblanza de un sesentón. –Sí, gracias –respondió Stefano Zamagni mirando fijamente al hombre mientras le pedía un periódico. –Nunca lo había visto hasta ahora

