XXIIA las nueve de la noche de aquel mismo día, Marco Finocchi llegó a casa después de su horario de trabajo y todavía tenía impresa en su mente la imagen del puñetazo que le había asestado Santopietro, una imagen dura de desaparecer y de sacarla fuera sólo cerrando los ojos y no pensando más en ella durante un rato. Permanecía allí, en el centro de su cabeza y de sus pensamientos, porque no sólo se daba cuenta de no haber conseguido arrestar todavía a Daniele Santopietro sino que, justo a causa de aquel puñetazo, había acabado en el hospital. Desde ese momento había decidido que cogería a aquel maldito hijoputa a cualquier costa y que se divertiría muchísimo tomándose la revancha. Cuando llegó a casa, se dio cuenta de que no tenía hambre y fue directamente a tumbarse en la cama con la e

