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3993 Palabras
Recordé a Nerio y a las hermanas de mi adorada; a Robertico quien se hubo quedado en el camino debido a las consecuencias malignas de una anemia drepanocítica. Lo recordé todo y lo guardé en un recodo de ese tiempo que jugaba conmigo, para poder saborear sin ninguna gota de tristeza, aquel gran momento de mi vida.  El compromiso con mi Amada fue sellado aquella tarde cuando, en una larga conversación, les hube manifestado a mis futuros suegros, la intención que tenía de hacer de Amada la mujer más feliz del mundo. Mientras tanto ella, asomada por una pequeña ranura de la pared, observaba la escena desde la distancias, estando inclusive más nerviosa que yo. La noche de nuestro compromiso todo convirtió en una verdadera celebración. Nerio desde su elegante camioneta ofrecía unas alegres canciones y las cervezas no se habían hecho esperar. El enorme carro verde bonito de mi querido viejo, no paraba de entrar y salir, dado que era en él donde las bebidas resultaban trasladadas. El cocuy pecayero era también consumido por quienes querían algo distinto. En ese momento, el bendito chistecito del primo Robertico me hizo recordar la mamadera de gallo de la que fui objeto esa noche.          Dos horas antes de la boda, llegamos a la casa de mi futura esposa donde, en un anexo, nos dispusimos a arreglarnos para la ceremonia. En poco tiempo ya todos estábamos dispuestos para acudir al compromiso. Mi madre y Paíto estaban espectaculares y ni que decir de mis hermanos. Mientras me arreglaba el nudo de la corbata para procurar que quedara perfecto, sentí un grato estremecimiento que me anunciaba que aquel gran amor duraría eternamente. Era un amor sagrado surgido del encanto de miradas tiernas, de palabras bondadosas y de los planes de un futuro mágicos que mi Amada y yo nos habíamos ofrecido mutuamente. Mi corazón se quedaba pequeño para albergar ese gran amor.                Cuánto la amé, cuánto aún la amo, cuánto habré de amarla por siempre. En este momento pienso que realmente la vida me hubo regalado ese gran sentimiento que habría de ser infinito. La magia de ese amor sin igual resultaba mutua, ya que mi Amada me demostraba a cada instante que sentía lo mismo por mí. La conocí en mi ciudad natal durante un momento algo doloroso. Desde ese instante, el amor decidió pernoctar en nosotros para siempre. Éramos apenas dos adolescentes que más que vivir, parecíamos jugar; pero nuestras edades no fueron impedimento alguno para que nos enamorásemos de inmediato. Nuestro primer beso hubo dejado una honda huella, tan así, que aún en este momento impreciso de mi vida lo siento en mis labios, como si el tiempo no hubiese transcurrido. Eso fue, es y será nuestro amor, un sentimiento inmortal. El sentimiento del que mucho se ha hablado y escrito y, lamentablemente, el que muchos desconocen.          Esa noche bendita, Paíto estaba más elegante que nunca. Lucía  un bello traje color café que hacía juego con su camisa. Llevaba su corbata perfectamente anudada. Su calzado era fabuloso. En sus puños ostentaba unas yuntas maravillosas que le daban un aire de extrema elegancia. Mi madre, por su parte, llevaba un precioso vestido azul celeste, que era su color preferido. Mis hermanos parecían dos ángeles, desde sus asientos me miraban orgullosos. Jacinta estaba casi que adherida al Marcos.          En los brazos de aquella gran mujer permanecía un niño, su bebe de apenas unos pocos meses de nacido, ajeno a todo cuanto sucedía. De la mano de mi bella madre, llegué al altar donde, en presencia de nuestra gente y ante el Dios eterno, nos íbamos a jurar amor eterno en cuestión de minutos. Desde aquel momento inolvidable, cuando aguardaba que mi Amada se apersonara a mi lado para decirnos el tan esperado sí, descubrí que eso era lo que quería para el resto de mi vida. Una vida esplendorosa, al lado de una gran mujer; la dama de mis encantos.          En ese momento, mientras mi madre sudaba copiosamente presa de un nerviosismo especial, un enorme automóvil color verde bonito se aparcó justo frente a la puerta del templo. El auto era conducido por un caballero de corta estatura y de canos cabellos que también estaba elegantemente vestido. De inmenso vehículo descendió una belleza, una fantasía, una deidad; el amor. Mi Amada hacía acto de presencia para convertirse en mi esposa, para convertirme en el hombre más feliz del mundo; para dar inicio a un caminar juntos en una vida en común, que habría de ser el orgullo del amor. Luego de haber estacionado debidamente el gran automóvil, el caballero en cuestión acompañó a aquella princesa hasta el altar y desde ese momento, iniciamos el recorrido por un camino que nos iba a conducir hasta la eterna felicidad. Nunca olvidaré aquel hermosísimo día, cuando me casé con la mujer más buena y más bella del mundo.                Era una oscuridad intensa la que reinaba en todo aquel sitio. Era un lugar húmedo y con una textura extraña. Daba la impresión de que las paredes de aquel sitio estaban cubiertas de algún material resbaladizo. Lo que más me hacía desesperar, era lo pequeño de aquel paraje. Sentía mi cuerpo atrapado en un minúsculo espacio, por más que o intentaba, no lograba salir de aquel sitio que me tenía desesperado, de ese sitio donde estaba atrapado. No había logrado marcar el tiempo que transcurría sin pausa alguna, solo sabía que llevaba demasiado tiempo en ese lugar reducido. Necesitaba salir cuanto antes de allí. No quería pasar más tiempo en ese hábitat ya inhóspito y de tan reducido tamaño. En ese preciso instante, sentí una contractura en mi pierna derecha, alargándola varias veces fue que pude sentir alivio.          Estaba atrapado, sentía voces lejanas que apenas se podían escuchar. Recordé en ese momento que había escuchado varias veces, muy cerca de mi cautiverio, la voz elegante y dulce de una dama. Era una voz airosa, llena de encanto. La escuchaba muchas veces al día, todos los días. Por demás, solo escuchaba voces lejanas, una que otra vez solía percibir la voz un caballero quien conversaba con la dama de la bella tonalidad. Quería moverme y mis intentos eran casi en vano, solo lograba hacerlo muy poco en aquel sitio tan pequeño. Me peguntaba qué daño era el que yo había ocasionado. En realidad no lograba recordar si había hecho algo malo. Me preguntaba a cada instante, cuál había sido el delito cometido para que se ensañaran de esa manera tan cruel conmigo.            Ninguna de mis preguntas parecía tener una respuesta convincente, claro, quien me iba a responder estando atrapado en aquel sitio tan diminuto, tan oscuro y tétrico. Todo para mí resultaba un misterio, no me explicaba el por qué de mi amnesia, no recordaba absolutamente nada. Si por lo menos hubiese podido recordar la causa aquel castigo extremo, probablemente no habría sufrido tanto atrapado en ese sitio, donde solamente podía permanecer en una posición grotesca y sumamente incómoda. De lo único que estaba seguro era que llevaba demasiado tiempo incrustado en medio de aquel lugar que ya me causaba exasperación, de donde quería salir cuanto antes, no importándome si tal vez pudiera perecer en el intento. Prefería eso antes que continuar sumido allí.            Otro gran misterio resultaba el hecho de que no había sentido necesidad de comer ni mucho menos, de todo lo contrario. Mi garganta no reclamaba agua. Respiraba muy despacio, el aire allí dentro era muy denso y las voces que escuchaba nunca se dirigían a mí. Realmente no entendía nada de todo aquello que ocurría conmigo. De lo único que si estoy seguro era de aquella voz deliciosa. Escuchaba la voz de aquella dama que se dirigía con sobrado afecto a mí y en ocasiones a alguien que tendría que estar muy cerca de ella. Por lo tanto, podía escuchar también la voz de un hombre que hablaba con ella. Y si podía escucharlos era porque el sitio donde me encontraba tendría que estar muy cerca de donde ellos pernoctaban, ya que de lo contrario no los hubiese escuchado tan claro. En ocasiones llegaban a mi mente de manera fugaz, los primeros días de mi llegada a ese sitio. En un principio resultó ser un sitio amplio y agradable, pero  repentinamente, no supe cuando, ese sitio resultó reemplazado por este tan pequeño, tan incómodo y tan oscuro.          Era tanto el desespero que yo sentí en mi encierro, que en el momento más dramático había sido capaz cualquier cosa por salir de allí. Lo malo era que no sabía siquiera si poseía alguna cosa, no sabía quién era, de donde venía y menos aún, hacia donde me llevarían los pasos en algún futuro que, evidentemente tendría que llegar en algún momento. Quería mirar hacia cualquier sitio, pero no existía siquiera un haz de luz que iluminara un sendero, que diera cuenta de que había algún destino. Ese día sentí la necesidad de salir de allí con más intensidad que nunca. No quería permanecer más tiempo en ese cautiverio que me estaba enajenando, que amenazaba con destruirme de una manera salvaje y cruel. Sentía que aquel sitio me ahogaba, me aprisionaba de tal tamaño, que ya no soportaba la tortura de la cuál era objeto.          Repentinamente pude escuchar que unas personas hablaban muy cerca del sitio donde me encontraba. Por primera vez escuchaba voces que parecían hablarme. ¿Sería acaso que nadie sabía que me encontraba allí? ¿Sería posible que hubieren estado buscando y por fin me habían encontrado? Lamentablemente aquellas voces se alejaron, haciendo que la esperanza de mi liberación  también lo hiciera. Por un tiempo no escuché más voces que a de la dama de siempre. La tristeza me invadió por completo, al igual que también lo hizo mi desesperación.          Entre tanta confusión y desespero me hacía constantemente las mismas preguntas que llevaba mucho tiempo haciéndome. ¿Sería de noche o de día? ¿Qué fecha estaría viviendo? Era terrible no conocer el tiempo en que estaba viviendo, si se le podía llamar vida a aquel encierro bestial. Era extraño vivir suspendido en la nada, en un sitio que me aprisiona sin compasión. Solo tenía la fe creciente de que algún día iba a salir de aquel sitio que ya detestaba con toda mi alma. Sentí en ese instante colmado de desespero, que si no lograba salir prontamente de ese sitio, le pediría la muerte al Redentor como un regalo piadoso.          Pronto iba a llegar alivio a mi situación, algo me lo decía. Y así fue. En un momento nunca determinado, escuché pasos ágiles. Sentí que por fin podía moverme. De repente percibí como que si aquel sitio detestable donde permanecía recluido, se movía y con él, era yo trasladado hacia algún sitio. Me preguntaba entonces, qué era lo que estaba pasando. ¿Hacia dónde me llevaban? Nuevamente pude escuchar una voz que se sentía cada vez más cerca. También escuché la voz de la dama de siempre. La emoción crecía en mí, al igual que mis deseos de salir de aquel sitio horrendo, donde parecía estar esfumándose mi deseo de ser libre.          Sentí que era movido junto con aquel sitio de reclusión. Alguien desde el exterior quería comunicarse conmigo, de eso estaba completamente seguro. Sentí que algo o alguien, me tocaba desde el exterior, como si las paredes de mi cautiverio resultaran ser flexibles. Estaba seguro de que me habían estado buscando y por fin habían dado conmigo. De seguro, por haberse tratado de un sitio de difícil acceso, tuvieron que haber ingeniado algún plan para liberarme sin hacerme ningún daño.          Aunque solo había querido salir de allí, pedí con un ruego incesante que el o los culpables de aquel acontecimiento fuesen castigados de comprobarse que yo era inocente de cualquier cargo. Era que ese algo que se suponía que yo había hecho, no merecía semejante castigo. Pedí también de manera incesante, que se cumpliera la voluntad del ser supremo. Era eso lo que tanto deseé cuando me hube sentido más calmado. Que el señor se apiadara de mi sufrimiento y dejara que me rescataran sano y salvo de ese sitio que me estaba enloqueciendo, era mi más ferviente deseo. Sentí un cansancio extremo, al poco tiempo, aquel deseo cambió y comencé a sentir deseos de correr, de moverme a mis anchas. Pero por desgracia, solo pude estirar mis piernas unas pocas veces. Eso era lo único que me reconfortaba.          Repentinamente me sacó de mi reposo, un movimiento brusco. Sentí pasos a mí alrededor. Escuché voces de algunas personas que nunca había sentido. La voz de la dama la noté angustiada, la sentí exaltada. Pude percibir entonces en lugar de la bella y cálida voz, un llanto incesante. Escuché en lugar de aquella voz agradable, un quejido lastimero que cada vez se escuchaba con más intensidad. Sentí honda pena por ella. Sin saber quién era, sentí por ella algo extraordinario, ya que se trataba de esa persona cuya voz siempre sentí cercana. Me prometí, que al salir de allí lo primero que iba a hacer era buscarla para expresarle mi admiración y tal vez mi amor.          Escuché más voces y sentí más pasos apresurados a mi lado. Alguien tocaba desde el exterior mi aposento. Supe que pronto iba a ser liberado, ese algo dentro de mí lo gritaba constantemente. Me sentí muy feliz aunque triste al mismo tiempo. Era una extraña sensación lo que estaba sintiendo en ese momento aturdidor por excelencia. Solo podía estirar un poco mis extremidades, era eso lo que tanto me exacerbaba. De pronto sentí como si un temblor sacudía aquel sitio. Era un movimiento brusco que me movía, al igual que lo hacía con aquel sitio que me mantenía atrapado dentro de sí. Aquel hamaqueo sucedía cada cierto tiempo, cada vez con más intensidad. Como pude, logré levantar mi cara, busqué entonces en la oscuridad, algún indicio que pudiera orientarme por el camino que habría de conducirme fuera de aquel sitio. Sentí que mi corazón daba un inmenso vuelco y casi salía de mí, desbocado. Miré en lo alto, una pequeña grieta o algo parecido. Por aquel diminuto resquicio, llegaba un pequeño rayo de luz, supuse que desde el exterior. No recordé haber mirado esa luz anteriormente, pero supuse que era el inicio de mi liberación.          Quise salir de inmediato de allí. Aquella luz me hubo dado la fuerza necesaria que había necesitado desde hacía un tiempo indeterminado. Escuché las voces más cercanas y dejé de sentir aquellos detestables sacudones. Lo que sí escuchaba con claridad era aquella voz a la que ya amaba. La escuché llorar y gritar desesperadamente. Quise entonces ser libre, no por mí sino por aquella mujer que sufría desesperadamente. Quería socorrer a la dama dueña de esos lamentos desesperados. Me impulsé con mis piernas desde el fondo de aquel lugar que me había tenido atrapado desde hacía tanto tiempo. Acerqué de esa manera mi cabeza, a la apertura que hube notado en lo alto.          Quise, con su propia cabeza, abrir esa apertura y escapar por ella. Escuché pasos apresurados nuevamente. Escuché voces, escuché los quejidos de la dama, sentí que podría salir por ese pequeño agujero. Alguien pudo notar mi empeño y comenzó a ayudarme desde el exterior. Por fin sentí que comenzaba a emerger de aquel sitio que me había mantenido atrapado. Mi cabeza estaba fuera por completo. Era ya libre. Pronto el resto de mi cuerpo logró salir también. Las luces no me dieron oportunidad de mirar a nadie, solo sentí que estaba afuera de aquel sitio que me había mantenido atrapado.          Pronto me acostumbré a la luz del exterior. Estaba en una sala de partos. Por fin había nacido y estaba en brazos de mi madre. Aquella voz que desde un primer instante comenzó a arrullarme, era la misma que había escuchado desde siempre. Era ella la mujer que me hubo hablado durante toda mi estadía en aquel sitio que resultó ser su bendito vientre. Era ella mi madre, quien entonces, estando entre sus brazos, me dirigía sus tiernas palabras. Era yo el bebé que recién había llegado a la vida desde el ambiente intrauterino que me había mantenido hermosamente atrapado.          Hasta allí había ido a parar mi retorno. Habían transcurrido noventa y dos años, desde el momento cuando un infarto no había sido suficiente para albergarme en una eternidad. Llegó a mi mente, el momento de un pasado extenso que contrastaba con lo que me estaba sucediendo entonces. Ese momento llegaba a mí, de la mano de un recuerdo que se hubo colado no sabía por dónde, para hacerme entender lo que estaba sucediéndome desde hacía algún tiempo. Era yo entonces un anciano que hacía pocos momentos, tal vez minutos, no sabía si algunas horas o quizá unos días; había sentido un horrible dolor en el pecho. Había sido un infarto lo que me hubo sacado de circulación. Era yo un anciano que había superado la muerte, un viejo que, venciendo todo tipo de leyes, había retornado del más allá para revivir mi vida; para ser feliz nuevamente, para sufrir nuevamente. En aquel instante era yo un niño recién nacido. No sabía entonces lo que iba a suceder conmigo luego.          Había querido la Divinidad, que mis pasos regresaran, pero no todos al mismo tiempo, uno tras otro de manera estrictamente cronológica. Quiso que un episodio se presentara aislado de otro, sin anuncios y sin retazos de recuerdos que me permitieran asirme a aquella realidad que jugaba conmigo. Solo ella se presentaba cuando era entonces inevitable la ofuscación de mi desespero. Una linda dama me tomó entre sus brazos y me entregó a un caballero muy alto y delgado que estaba ataviado con un ropaje especial, de esos que usualmente visten los médicos en aquellas áreas restringidas para el público.            Era mi padre, él me tomó con delicadeza besándome en la frente. Los primeros minutos de mi vida se presentaban al lado de mis padres amorosos. Desde ese entonces ya tenía ganas de devorarme al mundo. No imaginaba entonces, que iba tener ciento ochenta y cuatro años para hacerlo. Quise decirle a mi padre que lo adoraba, pero cuando pude abrir mi boca para expresárselo, solo atiné a exteriorizar un chillido que pronto se transformó en un mar de llantos. Me trasladó la bella dama hasta un sitio solitario donde se suponía que tendría que pasar las primeras horas de mi vida.          La necesidad de comer era inminente. Ya llevaba yo varias horas desde que había llegado al mundo y nada de nada que me daban de comer. No había a mí alrededor, más que almohadas delicadas y finos tejidos de un hilo demasiado suave y de colores exquisitos. Mi humanidad diminuta reclamaba alimento. Era menester que me diera alguien de comer o que me señalara el camino para hacerlo por mis propios medios, de haber sido necesario. En virtud de que nadie se percataba de mi necesidad apremiante, decidí gritar para que me escucharan. Me atreví a pedir mi comida, elevando mi voz a lo máximo para que me pudieran escuchar, ya que no divisaba a nadie cerca de mí. Lo hice, elevé mi voz lo más que pude, pero nadie se prestaba a acudir a mí prontamente. Lo que ignoraba yo en ese instante, era que ninguna voz emergía de mí, era solo el llanto de un recién nacido lo que retumbaba con extremada insistencia.          Para cualquier mortal era inconcebible que en el cuerpo de un tierno recién nacido, pernoctara el alma de un hombre maduro que era incapaz de asirse plenamente a sus propios recuerdos. Mi realidad, mi retorno había ido a parar hasta el preciso instante de mi llegada a la vida, aquella mañana de septiembre. Era sumamente incómodo lidiar con un cuerpo tan frágil que no podía hacer nada sin la ayuda de alguien, salvo lo que se hace instintivamente. Estaba mi realidad ubicada en un cuerpo sutil, oloroso aún a vientre materno.          Cuando quería comunicarme con alguien, solo exteriorizaba un implacable llanto. Observé mis pequeñas manos y recordé las de mi bisnieto cuando estaba recién llegado a este mundo. Eran  también idénticas a las de Miguelito y a las de Eduardo. Observé entonces que, contemplándome desde una ventana que estaba protegida por un grueso vidrio, un caballero era feliz al saborear la llegada de un hijo suyo. Era Paíto quién me miraba desde la distancia y me regalaba mil bendiciones al igual que lo había hecho yo hacía poco tiempo, cuando hube tenido la dicha de transformarme en el feliz padre de mi precioso y amado hijo.          El hambre me estaba atormentando ya. Entonces mi llanto se agudizó y no cesó hasta que llegaron en mi auxilio. La dama bella me tomó delicadamente en sus manos y me ofreció a mi padre. Él me besó en la frente y me habló con unas palabras empalagadas de amor. Quise responderle, quise corresponder a su bella manifestación de amor, pero mis palabras aún no se formaban. Me acercó a su pecho, donde pude escuchar a su corazón que me gritaba que me amaba. Caminó conmigo muy despacito y, tras traspasar el umbral de una puerta, me ofreció a su vez a la dama que me había albergado en su cálido vientre durante mucho tiempo. Era esa dama la madre que amaré por todos los siglos. Me ofreció ella sus senos colmados del blanco mangar, lo que recibí con beneplácito. También percibí los latidos de su acelerado corazón, su respiración armoniosa, su mirada de ángel y el amor majestuoso que habría de ofrecer por siempre a mi vida.          Después de quedar satisfecho, sentí que el cansancio que había provocado mi llegada al mundo me arrastraba sin poder yo protestar y evitarlo. En el regazo de mi madre dormí plácidamente sabiéndome protegido. Antes de entregarme a ese sueño, pude mirar aquellos ojos preciosos que me miraban a su vez con una infinita ternura. Esa mirada se cruzaba con la de mi padre, ya que ambos contemplaban repletos de esperanzas, al hijo producto de ese inmenso amor que habrían de sentir por siempre. No supe cuánto tiempo dormí, pero de seguro fue muchísimo.          El despertar de aquel sueño me condujo a un paraje misterioso. Cuando me hube despertado, lo había hecho en este presente al que he venido a parar. Me encuentro en una habitación extraordinariamente chica, donde lo único existente es este aparato ultramoderno que parece que está adherido a mis dedos. El tiempo hizo algo que me tomó por sorpresa, ya que estando consciente de mi retorno, me había preguntado cuál iba a ser el siguiente paso en él al saber que recién llegaba a la vida. Ahora me encuentro en un momento inespecífico de mi vida. Un momento colmado de todos los recuerdos para poder plasmarlos, para poder gritarle al mundo que había retornado a mis pasos dados.            No existe en mí necesidad alguna. No siento frío, pero tampoco siento calor. No puedo mirar mi rostro para poder cerciorarme, a que etapa de mi vida he venido a parar. No existe un espejo o algún material que refleje mi imagen. Solo puedo mirar mis manos. Solo miro estas manos con las que escribo sobre este teclado n***o con señales blancas. Puedo mirar todo mi cuerpo excepto mi rostro. No siento en mi pierna la horrenda cicatriz que me había hecho recordar todos los días, aquel accidente del que fui víctima. Lo misterioso se hace sentir a cada instante.          Tampoco en mi abdomen puedo divisar la cicatriz universal. Extrañamente, no existe en mí mi cicatriz umbilical, cosa que me mantiene confundido en extremo. Estoy completamente solo. Lo único existente, es este mar de recuerdos que se agolpan en mis sentidos para ser narrados en esto que dejo para quien lo quiera leer algún día. Ahora intentaré quedarme dormido para ver a donde me ha de llevar el tiempo. Si a seguir andando sobre mi pasado o mi futuro o a descansar de una vez por todas en los brazos de Dios.  
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