Capítulo 6

1053 Palabras
—70 millones. Miré al francés y vi que me dedicaba esa sonrisa gentil que me hizo sentir el calor subir a mis mejillas. Por un momento pensé que finalmente sería vendida a él. Y, aunque la idea me asustaba, debía admitir que no me desagradaba del todo. Parecía un buen hombre, y su sonrisa tenía algo que me transmitía tranquilidad. Pero entonces, alguien más gritó: —100 millones. Mis ojos se abrieron de par en par por la sorpresa, al igual que los de todos los presentes. Las miradas se dirigieron hacia la última fila del auditorio, donde un hombre permanecía de pie. Era el mismo hombre que me miró antes, y por el cual sentí algo extraño en mi interior a pesar de que no podía ver su rostro por la máscara que cubría su cara. —Vaya... —Madame de la Crow estaba tan sorprendida como todos nosotros, aunque su rostro mostraba una sonrisa triunfal—. Parece que tenemos un ganador. Miré a Susan y a Sol, pero ellas estaban igual de asombradas. No era para menos; la cantidad era simplemente absurda. —Entonces, ya que nadie ofrece más... ¡Vendida al hombre misterioso de la última fila! Tras esas palabras, aquel hombre se acomodó el traje con calma y salió del auditorio, dejándonos en completo asombro. Especialmente a mí, que seguía paralizada por lo que acababa de suceder. Cuando la subasta terminó, todas regresamos a los vestuarios para cambiarnos. Finalmente me quité aquella ropa incómoda y me di una ducha. Mientras el agua recorría mi cuerpo, mi mente no dejaba de girar alrededor de ese hombre misterioso. ¿Por qué ofreció tanto dinero? ¿Por qué me eligió a mí? ¿Qué fue lo que vio en mí? Las preguntas se agolpaban en mi cabeza, y ninguna tenía respuesta. Pero lo que más me inquietaba era el miedo. ¿Quería realmente conocer esas respuestas? Salí de la ducha y me sequé rápidamente antes de vestirme. Me puse unos pantalones negros ajustados, un top amarillo y unos tenis cómodos. Cuando estuve lista, salí del baño y me encontré con Susan y Sol. Susan llevaba unos jeans ajustados y algo rasgados, una blusa blanca de botones y zapatos negros. En cambio, Sol vestía unos jeans negros ajustados con una blusa y zapatos del mismo color. Ambas se veían igual de pensativas. Estaba a punto de decir algo cuando Madame de la Crow entró al vestuario con una gran sonrisa en el rostro. —Estoy feliz. Sabía que hoy sería una buena caza. —Aplaudió con entusiasmo mientras nos entregaba un sobre a cada una de las que habíamos sido vendidas—. Léanlo. Ahí encontrarán información sobre sus compradores. Luego salgan, hay una camioneta esperándolas. No se demoren. Y sin más, salió de la habitación. Tomé el sobre que tenía entre las manos, suspiré y lo abrí. Dentro había un papel que decía: Comprador: Anónimo. Edad: Anónima. Ubicación: Londres. Punto de encuentro: Aeropuerto. Me sentí frustrada. El papel no me daba ninguna información útil sobre mi comprador. ¿Cuál era el punto de tanto misterio? Levanté la vista y vi a Susan y Sol acercándose con sus sobres en mano. —¿Qué dice el tuyo, Yia? —preguntó Susan con curiosidad. Le mostré mi papel, y ella me miró, alzando una ceja y esbozando una sonrisa. —Vaya... Parece que tu comprador caliente y misterioso quiere mantenerse en el anonimato —dijo con un deje de burla, dejando escapar una leve risa. Me crucé de brazos. —¿Cómo sabes que es caliente? —Intuición —respondió encogiéndose de hombros. Negué con la cabeza. —¿Qué dice el tuyo, Sol? —la interrogué, y ella levantó la vista lentamente. —Bruno Vasco, 26 años, España. Punto de encuentro: aeropuerto —contestó sin mostrar emoción alguna. Desde que ese hombre la había comprado, Sol había estado actuando de forma extraña. En el tiempo que llevaba con ella, había aprendido que cuando se comportaba así era porque estaba ocultando o evitando algo. —El mío dice: Marco Campbell, 59 años, Escocia. Punto de encuentro: aeropuerto —suspiré con pesadez. Realmente me sentía mal por Susan. Me acerqué a ella y la abracé. No tardó en corresponderme, enterrando su rostro en el hueco de mi cuello y hombro. Me apretó con tanta fuerza que llegó a doler, pero no quise decirle nada. No podía. Se veía tan vulnerable en ese momento. —Muy bien, ¿ya están todas listas? —la voz de Madame de la Crow resonó en la sala, obligándonos a separarnos. Susan se apresuró a secar sus lágrimas. —Estoy tan feliz por la cantidad de dinero que me hicieron ganar hoy. Por eso, las mujeres que iban a ser enviadas al burdel tendrán una subasta más para redimir su destino —anunció con una alegría que nadie compartía. —Maldita bruja —murmuró Sol, pero Madame de la Crow estaba tan ensimismada en su euforia que no le dio importancia al insulto. —Así que, denle las gracias a Yia —dijo, dedicándome una de esas sonrisas retorcidas que tanto me incomodaban. —Bien, si ya están listas, váyanse. No hagan esperar a sus compradores; algunos están muriendo por verlas —rio con un humor cruel—. ¿Entendieron? Porque algunos son viejos. Tomé la mano de Susan, y las tres salimos del edificio. Parpadeé un par de veces para acostumbrarme a la luz del sol. Había pasado casi dos semanas sin verla. Noté que a Susan y a Sol les afectaba más que a mí; ellas llevaban meses sin sentir el calor del día. Frente a nosotras había tres camionetas negras. Decidimos subir juntas a la segunda. Durante el trayecto, ninguna dijo una palabra. Susan se recargó en mi hombro, sosteniendo mi mano. Con su mano libre, trazaba figuras en el dorso de la mía, casi como un reflejo para calmarse. Sol, por su parte, sostenía mi otra mano mientras miraba por la ventana. Quería preguntarle qué le pasaba, pero me contuve. Sabía que no era una persona abierta, y no quería presionarla. Recargué mi cabeza en el respaldo y cerré los ojos. La imagen de aquel hombre misterioso volvió a mi mente, y mi cuerpo reaccionó nuevamente con esa actitud extraña. ¿Cómo será?
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