Al entrar en la habitación, Nina se dio cuenta de que nada había cambiado, su armario y cama todavía estaban allí, sus viejos patines colgados cerca de la puerta del baño e incluso sus libros de adolescencia, su padre había mantenido todo en su lugar. Pero había cambiado las cortinas, en la cama un edredón acogedor y floral, ella se sentó allí, y por un momento tuvo la esperanza de que algo sucediera que impidiera el matrimonio, tal vez pudiera quedarse en casa y refugiarse en ese cuarto que olía a comodidad y seguridad. Fue hasta la estantería y tomó un libro, era la historia de dos chicos que se aventuraban en la selva cerca de la granja donde vivían, como consecuencia terminan perdiéndose, pero viviendo desafíos increíbles y encontrando hasta a un ermitaño. Estaba casi terminando la lectura cuando su padre llamó a la puerta.
—Hija, la cena está lista, hice esa pasta que te gusta. Y también tienes tu jugo de manzana.
Él aún recordaba lo que a ella le gustaba comer. Adoraba ese jugo de manzana, batido sin azúcar y con mucho hielo.
Aunque sin ganas, se obligó a bajar las escaleras, tenía poco tiempo al lado de su padre y no sabía cuándo y si lo vería de nuevo. Por eso iba a aprovechar los últimos momentos en que estaba en casa.
Después de la cena conversaron un poco y Nina notó que su padre evitaba a toda costa tocar el tema del matrimonio para que ella no se entristeciera.
Dormir, una vez más fue difícil, y cuando lo logró tuvo pesadillas con un hombre de rostro desconocido. Despertó ya eran más de las 9 de la mañana, estaba bajando las escaleras, pero fue detenida por su padre.
—Tenemos visita, hija.
—¿Quién es?
—No lo sé con certeza, pero es alguien enviado por tu prometido.
—¿Qué quiere?
—Hablar contigo.
—¿Y si no quiero hablar con él? Me gustaría tener al menos estos días de paz, papá.
—Hija mía, no estamos en condiciones de expulsar a un m*****o de la organización de nuestra casa, lo siento.
Nina terminó de bajar las escaleras aprensiva, ¿por qué su marido enviaría a alguien a su casa?
¿Querría saber a través de los ojos de otra persona si ella era lo suficientemente hermosa para convertirse en su esposa?
Al final de las escaleras encontró a un hombre alto, muy fuerte y con una cicatriz en la mejilla, sintió escalofríos por todo el cuerpo, ese hombre inspiraba miedo y peligro.
Se detuvo mirándolo.
—Tú eres Nina, ¿cierto?
—Sí, lo soy, ¿y tú quién eres?
A pesar de todos los esfuerzos, su voz temblaba, se sentía intimidada por un hombre de ese tamaño.
—Mi nombre es Estefano. Esa es la única información que puedo proporcionar. Sabes quién me envió hasta aquí, ¿verdad?
—Sí, pero no sé si quiere que diga su nombre.
—Lo siento, no tengo autorización para proporcionar tal información. Traje un teléfono celular que él envió.
El hombre colocó el celular sobre la mesita y se fue, sin un minuto de vacilación y sin mirar atrás, en realidad sospechaba que él realmente no la había mirado. Nina se quedó allí impresionada con su tamaño y fisonomía, el hombre llamado Estefano no era feo a pesar de la cicatriz, pero no le gustaría estar casada con él, si su marido fuera la mitad de eso viviría asustada, hombres así no eran maridos apasionados o complacientes.
Se asustó tanto que necesitó sentarse en el último escalón de la escalera para recuperar el control sobre su cuerpo. Sus piernas se habían vuelto débiles, se sentía débil y vulnerable ante alguien de quien ni siquiera sabía el primer nombre.
El teléfono celular era de última generación, nunca había visto algo así.
Tan pronto como el dispositivo se encendió, llegaron dos mensajes. Con un número que parecía más una clave de números aleatorios. En ese momento se dio cuenta de que el futuro marido había preparado todo para que su identificación solo ocurriera en el último momento, indudablemente él era un hombre que dominaba bien la tecnología.
El primer mensaje informaba sobre la fecha del matrimonio, la hora y que un día antes alguien recogería todas las maletas de Nina para llevarlas a su casa. El segundo mensaje informaba que tenía exámenes prenupciales programados para el día siguiente, al principio pensó que había leído mal, pero luego entendió que el crápula deseaba asegurarse de que ella estaba limpia. Nina ni siquiera había besado a un hombre, ¿cómo se atrevía a pensar que ella sería lo suficientemente loca como para entregarse a alguien y sin ningún tipo de protección? En ese momento el miedo se transformó en rabia. La había tratado como una prostituta. Pero Nina se negaba a aceptar eso, no realizaría esos exámenes y cuando él llamara con su petulancia no se acobardaría ante su voz ronca y rostro desconocido.
Nina pasó el día con una mezcla de irritación e incredulidad, su padre notó su agitación, pero ella se negó a hablar sobre un asunto tan íntimo con él.
Ya al día siguiente Nina sabía que el teléfono sonaría, los hombres de la mafia no eran contrariados sin al menos una represalia. Cuando se preparaba para almorzar sola, ya que su padre había salido a un lugar hasta entonces desconocido, su estómago le dolía de nervios, pero se obligó a calmarse, no iba a desfallecer ahora. Nina incluso preguntó a dónde iba su padre, pero él dijo que eran asuntos que no podía compartir ni siquiera con ella, siendo su hija estaba acostumbrada a eso, desde niña él hacía esas salidas misteriosas.
Tan pronto como terminó la comida su teléfono sonó, Nina respiró hondo y preparó su corazón para atender, no podía dejar que la tratara como a una cualquiera, no ahora, cuando aún ni siquiera estaban casados, si no las cosas serían aún peores.
—Sí.
—¿Qué crees que estás haciendo? Tenías una tarea que cumplir, todos los exámenes debían hacerse.
La ronquera estaba más acentuada, incluso sin conocerlo, Nina podía suponer que él estaba enojado, pero ella también estaba enojada y se lo expresó.
— ¿Cómo te atreves a proponerme algo así, a sugerir que puedo tener algo transmisible?
—No dije eso niña, pero no te conozco y no sé en qué tipos de aventura has estado.
—¿Cómo te atreves? Ni siquiera he besado a un hombre en toda mi vida, incluso si lo hubiera hecho, no sería una cualquiera.
Reinó el silencio al otro lado de la línea, por un momento pensó que él había colgado, pero pronto escuchó un suspiro pesado.
—Quise ser práctico, mis exámenes serán accesibles para ti, y tienes dos opciones, o haces los exámenes nupciales o me envías tu certificado de virginidad, de lo contrario no te recibiré como esposa. Mi jefe sabe de esta condición, si te niegas la responsabilidad será tuya y de tu padre, tendrán que lidiar con las consecuencias, ahora necesito irme.
Y colgó, dejándola allí de pie con lágrimas en los ojos. Aquel hombre era bárbaro, un verdadero troglodita por exigir algo así. Nina se sentó en la silla y una vez más desde que supo del matrimonio dejó que el llanto fluyera.