Por eso, muchacha, te auguro felicidad en los brazos de ese perfecto caballero, y desdicha junto a aquel pelele —finalizó con majestuosidad la mujer y ella, que se había quedado estupefacta, se congeló al oír la última palabra y se enderezó en la silla, mirando a la adivina con los ojos entrecerrados. ¡Santo Dios! No podía ser cierto. El príncipe no podía haber llegado a tales extremos, no estaba tan desquiciado, ¿verdad? —Señora adivina, debe usted ayudarme —empezó ella, dispuesta a probar que solo estaba pensando una locura y esa mujer era una auténtica adivina árabe, y no quien ella creía—. Verá… tiene usted razón, existen… hay dos hombres en mi vida —anunció, y la figura pareció tensarse—. Pero… yo… albergo profundos sentimientos solo por uno de ellos, y no sé cómo hacérselos conocer,

