—¿Cómo va el trabajo, querido?— la mujer preguntó animada. —De maravilla, no hay nada de que preocuparse. —Eso es bueno, el negocio de mi marido prospera considerablemente. El hombre estiró sus brazos para que los dos pequeños que se encontraban ahí corrieran a abrazarlo. De pronto los disparos comenzaron a escucharse, Arthur se alteró y corrió a donde su esposa se encontraba. —Mi amada— la tomó del rostro —Tienes que irte. Toma a los niños y sal de aquí. —¿Qué pasará contigo?— la mujer estaba preocupada. —Un hombre jamás retrocede— se acercó a los labios de su amada esposa y los besó apasionadamente —Te amo. —Niños— su madre los miró —Es hora de irnos— tomó las manos de sus pequeños y entre lágrimas se marchó por la puerta de escape subterránea. Arthur tomó su arma y fue a

