La mañana era gris y pesada cuando varios vehículos policiales llegaron a la majestuosa residencia García. El sonido de los motores y las puertas cerrándose resonó en el aire, interrumpiendo el inquietante silencio que había dominado la mansión desde la llegada de los ataúdes. Luis Carlos y Victoria observaban desde el interior, conscientes de que el momento de enfrentar las consecuencias había llegado. El comisario Martínez, un hombre de mirada aguda y expresión severa, encabezó el grupo de oficiales. Al cruzar el umbral de la entrada, fue recibido por Luis Carlos, quien intentaba mantener una fachada de control. —Señor García —comenzó Martínez, su voz cortante—. Estamos aquí para investigar los eventos recientes relacionados con Gabriel y Emilia. Tenemos información de que un camión ll

