ELIZABETH ¡Es Charles! ¡Oh mi Dios! ¡Está vivo! Tomo su rostro con mis manos y uno mis labios a los suyos. Necesito sentirlo, saber que es real, que no es un sueño. Se siente tan cálido, tan vivo… tan mío. —Charles, estás aquí. Gracias a Dios. He sufrido tanto al no saber nada de ti —Lo abrazo de nuevo, con mi corazón rebozando de felicidad. Mi morenito volvió a mí. —Disculpa, ¿te conozco? —me pregunta confundido. No, esto no puede estar pasando. —Charles… mi amor ¿No me recuerdas? ¿Qué te pasó? ¿Dónde has estado? —Le pregunto con una agonía clavada en mi pecho. —No te recuerdo, pero me gustaría conocerte. Podríamos divertirnos un rato, nena. ¿Divertirnos? ¿Nena? No me gusta la forma tan… lasciva con la que me mira. Este hombre no es mi Charles. No lo reconozco. —¿Por qué

