CAPITULO XIII: EL REGRESO CLANDESTINO AL EDÉN

1039 Palabras
Patrick y Chloé se dirigieron a la puerta, saliendo del despacho de la jefa de maternidad sin decir una palabra más. El aire fresco del pasillo de la clínica, ahora iluminado por la débil luz de emergencia, les dio un pequeño respiro. Chloé lo esperó en la entrada principal, y el pequeño fue hasta el estacionamiento de rodados. Regresó rápido con su bicicleta, el ruido de las ruedas de goma sobre el piso de cemento era demasiado fuerte en el silencio de la noche. —Chlo, son las dos de la mañana —dijo Patrick, con la voz baja y cargada de agotamiento. El efecto de la adrenalina estaba desapareciendo, y la realidad de su situación se asentaba—. ¿Por qué mejor no te quedas en la hacienda? A Chloé no le pareció una buena idea. —No, Patrick. ¿Qué pasa si me ve tu madre? Ella es mi madrina, pero si me ve, va a llamar a papá y a Sergi. ¡Me van a llevar de vuelta! —Mi madre es tu madrina y no te va a traicionar, Chlo. Pero tienes razón en el riesgo. No vamos a avisarle a nadie que estás aquí. Entraremos sin que nadie sepa. La hacienda es el único lugar seguro donde nadie nos buscará primero, no podemos pedalear hasta allá, es muy lejos y peligroso a esta hora. Patrick la convenció, tomarían un Uber y así llegarían a la hacienda en menos de una hora. Patrick se movió con rapidez, consultando la aplicación en su teléfono. —Te esconderé en mi habitación, es grande. O en el establo, si quieres estar más segura —dijo Patrick, con un tono pragmático que ocultaba su miedo—. Y mañana, cuando haya luz y tus padres estén fuera, buscaremos a Malaika con calma, con información. Chloé le agradeció, tomando su mano. Caminaron hasta la salida y el Uber, un sedán n***o, ya los esperaba. Patrick le indicó al chófer que los llevara hasta la hacienda El Edén. —Muchacho, ¿tienes dinero? Eso está muy retirado de aquí y es un viaje caro a esta hora —preguntó el chófer con escepticismo, mirando la hora en el retrovisor y luego a los dos pequeños pasajeros. Patrick respondió que sí, mostrando un fajo de billetes. Subieron y en media hora casi llegaron al Edén. El viaje fue silencioso, Chloé durmiendo a ratos contra la ventana, Patrick vigilante. Patrick pagó, bajó la bicicleta de atrás del auto con cuidado y se dirigieron con Chloé por el largo camino de grava que conducía a la casa. La luna apenas iluminaba las copas de los robles. —Tenemos que ir muy callados —le susurró Patrick, sintiendo la adrenalina regresar. Le dijo que entrarían por la cocina. Era la ruta más directa y discreta. —Y quítate el calzado así no despertemos a nadie —le dijo, descalzándose él mismo. Los dos caminaron sobre la grava con el mayor silencio posible, sus calcetines amortiguando el crujido de las piedras. Llegaron a la puerta lateral de la cocina. Patrick la abrió con una lentitud exasperante, acostumbrado a colarse en casa a horas tardías. Entraron al oscuro y gigantesco cuarto, pero no contaban con Odil, el pastor belga malinois. Odil, un perro extremadamente territorial pero con un afecto inusual por Patrick, había quedado inesperadamente en la cocina. Al sentir el olor familiar y ver a Patrick, el perro comenzó a ladrar de alegría, moviendo la cola con una fuerza que resonaba en la noche silenciosa. Los ladridos hicieron que Arthur se levantara, alertado por Katrina. —¡Arthur, el perro! Algo anda mal —dijo Katrina, incorporándose en la cama con el corazón acelerado. —Tranquila, mon amour. Debe ser solo una rata o un zorro. Pero voy a mirar. Patrick, actuando por instinto, logró calmar al perro con un shhh áspero y rápido, y sin dudarlo, empujó a Chloé y a sí mismo en la despensa, cerrando la puerta corrediza que olía a especias y madera vieja. —¡Chitón! —susurró Patrick, mientras los pasos de Arthur sonaban en el piso de arriba, acercándose a la escalera. Arthur, con una bata de seda y el ceño fruncido, revisó la cocina. Solo encontró la puerta que daba al parque abierta, una brisa fría entrando, y al perro, que ahora solo gemía emocionado junto a la despensa. Arthur, sin sospechar nada, dejó a Odil afuera y subió a contarle a Katrina. —Solo la puerta de la cocina abierta. La cerré. Y Odil está afuera. Vuelve a dormir. Patrick y Chloé sudaban en la despensa, el aire viciado y el miedo apretándoles el pecho. Los diez minutos siguientes fueron una eternidad de tensión, esperando a que la casa volviera al silencio. Cuando todo se calmó, subieron sin hacer ruido al cuarto de Patrick. —¡Ya pasó! —suspiró Patrick, empujando la puerta de la despensa. Se dirigieron al cuarto de Patrick, una suite en el segundo piso. Una vez dentro, con el cerrojo echado, Patrick encendió una pequeña lámpara de noche. —Tuvimos suerte, Chlo. Casi nos descubren —dijo Patrick, con una exhalación temblorosa. —Sí... gracias por la despensa. Olía a canela y nuez moscada —dijo Chloé, tratando de sonreír. —Ahora, a dormir. Tú duermes en mi cama, es grande y cómoda. Yo dormiré en el piso sobre una colchoneta. Tienes que descansar. Chloé le ayudó a Patrick a sacar la colchoneta del armario y a prepararla para dormir. Ella se cambió en el baño, colocándose un pijama de Patrick. Patrick hizo lo mismo, pero en la habitación. Finalmente, se acostaron, los dos exhaustos, con la certeza de que el mayor secreto de Jandey y Sergi dormía con ellos. Pero Patrick interrumpió su sueño - Chloé- Mmm ¿ qué pasa? - Pondré mí celular a las siete de la mañana - La niña estaba dormida y respondía con su voz somnolienta - ¿ Por? - Así te escondo en el granero, los sábados papá y mamá se levantan tarde - De acuerdo Pat- Chloé bostezó y se durmió. Patrick puso la alarma del celular a las siete en punto. Dejó el celular a un lado, se tapó y se durmió.
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