—Hola, encanto. Que pronto llegas hoy, no?— Me saludó la dueña y al mismo tiempo mi vecina de abajo. Levanté la vista hacia ella, sintiendo como mi corazón empezó a acelerarse. La mujer de unos treinta ocho años y de cabello pelirrojo me penetraba con su mirada, mientras esperaba una respuesta.
—Esto... Sí, sólo nos dieron las notas hoy y... Y eso.— Pensar con claridad en estos instantes me costaba todo un trabajo, pero al final logré decir algo que tuviese sentido, para quitarle a la señora Creisse las sospechas que crecían en ella.
—Entiendo.— Dejó aparecer una sonrisa, para eliminar que yo sospechase de ella y de sus pensamientos.
—Por cierto...— La paré con esas palabras, ya que se disponía a salir del edificio. —¿Podría pagar el alquiler por adelantado? ¿O comprar el piso? Diga un precio, el que sea y se lo daré.— Los ojos de la mujer se abrieron de par en par, mientras su mente intentaba creer en las palabras que acababa de decir. Sabía que el juego me llevaría algún tiempo, y que salir del piso sin terminarlo podría ser peligroso, incluso mortal. Por eso decidí... Más bien quería pagar algo del piso por adelantado, para que no hubiesen problemas más tarde.
—¿Te encuentras bien?— Recibí como respuesta de la señora Creisse, en sus ojos aún habían rastros de sorpresa y su mente, parecía haberse quedado totalmente en blanco. Asentí de manera inmediata con la cabeza y sin agregar más palabras a mi frase, comencé a espera una respuesta suya. —¿Quieres comprar el piso?— Siguió preguntando, poniéndose seria y dando unos pasos firmes hacia mi. Sin dudarlo volví a asentir con la cabeza, mientras mis ojos se clavaron en los suyos, iniciando con ello una conversación con nuestras miradas.
—¿Me permite hacerle una oferta?— Quise saber, mientras que del bolsillo de mi chaqueta saqué mi cartera en la que tenía unos últimos papeles del libro de cheques. Al ver que en su rostro apareció una tensa sonrisa, escribí una cifra en el papelito, una cifra de seis dígitos. Al acabar de escribir le mostré de lejos el papelito, pero ella con una velocidad fugaz me lo arrancó de las manos, buscando nerviosa y al mismo tiempo de manera curiosa la oferta. Sus ojos se abrieron de tal manera que parecían querer salir de su sitio, en su rostro apareció una sonrisa pícara en su rostro. —¿Eso es un sí?— Exigí saber al ver que se había olvidado de mi presencia.
Bruscamente negó con la cabeza, dejándome así en un pequeño shock, ya que yo misma sabía que la oferta que le había hecho era más que suficiente.
—Sí, claro, no podría negarme a esta suma.— dijo al final, haciendo que el nudo que tenía en la garganta desapareciese. —Prepararé el contrato y acordaremos una reunión, y...— Siguió entusiasmada.
—Esto, llame a mi abogado y de le esta nota, por desgracia no podré estar presente para firmar el contrato.— Me pasé la mano por el pelo y le di un papelito en el que estaba escrito el número de mi abogado. Ella asintió con la cabeza, unas cuantas veces abrió la boca para decir algo, pero al final de ella solo dejó salir un suspiro.
—Debo irme, tengo una reunión. No te preocupes, ya lo hablaré yo con los abogados.— Ne guiño el ojo, después de ello se dió lentamente y con pasos firmes dejó el edificio. Solté un suspiro y me dirigí a la segunda planta en la que se encontraba el piso en el que vivía, desde que mis padres mueriron.
El dinero que tenía, me lo dejaron en la herencia. Muchas veces soňaba con lo que habrá pasado el día en el que murieron, fue hace tanto tiempo ya. Los perdí en un accidente de tráfico, pero lo más raro de todo ello, fue que parecían saber el día y la hora exacta de su muerte. Quise investigar su muerte, pero siempre que lo hacia no recibía ninguna respuesta, solo creaba más dudas en mi, incluso me metí en lios, porque con la ayuda de Simon me cole en los archivos secretos de la policía. Por desgracia fue en vano, ya que no descubrí nada.
Al entrar en mi piso, dejé las llaves en el sitio de siempre. Me quité la chaqueta y me encaminé hacia mi habitación. Con rabia tiré la bolsa de la tienda PlayGames sobre la cama, nada más hacerlo sonó mi móvil, iluminando la pantalla con un número privado. Sin pensar en quien podría ser, respondí a la llamada.
—Diga.— Dije nada más tocar el auricular verde con el que acepté la llamada.
—JT al habla, encanto.— Su voz hizo que mi cuerpo fuese recorrido por un escalofrío. Al mismo tiempo comencé a sentir cierta inseguridad. Sabía mi número y seguramente también podía conocer más cosas de mi... Y eso no era bueno.
—JT...— Repetí con la voz firme. Una parte de mi no quería saber el motivo de esta llamada, pero la otra parte estaba controlada por la curiosidad.
—Solo llamó para decir, que no seas tan bruta con la bolsa, ya que su contenido es frágil.— Los latidos de mi corazón se aceleraron, haciéndome sentir una sensación incómoda.
¿Acaso me espía?
—¡Me esta observando!— Levanté la voz, sin poder controlar mis emociones. Desde el otro lado oí una risita, se estaba divirtiendo, le gustaba demasiado verme indefensa y desesperada.
—No, claro que no. Sólo me gusta saber de mis jugadores. Nos vemos en el juego, ah, y por cierto, al parecer tendrás visita.— Esas fueron las últimas palabras que me dijo JT antes de colgar.
Sentí la rabia extenderse en mi interior, pero al pasar unos segundos esa rabia desapareció. Decidí darme una ducha, para ver si bajo el agua se me ocurría alguna idea de como encontrar a los demás jugadores.
Al llegar al baño me quedé mirando lo que reflejaba el espejo que tenía delante de mi. Mis ojos se clavaron en esa chica que estaba en él, observaba cada detalle de mi misma, como si quisiese recordarme, sentía que esta podría ser la últimaa vez que me veía en un espejo.
El pelo azul marino me caía por los hombros, me fijé en que partes de él habían comenzado a ondularse, de nada sirvió usar el nuevo producto de L'Oreal después de plancharmelo. Mi tez, ni muy blanca, ni muy bronceada, se volvió más pálida de lo normal. Bajo mis ojos empezaron a notarse las ojeras de los días anteriores. Muchas veces no conseguía dormirme, o sí lo hacia, era solo para unas cuantas horas. A veces dormía tres horas, otras cuando había suerte lograba dormir hasta cinco. Mis ojos de un azul diluido, mostraban el enorme vacío que sentía en estos instantes mi alma. El brillo de labios que me puse esta mañana ya ni se notaba. De mi boca dejé escapar un suspiró y lentamente bajé la mirada hasta llegar al grifo del que caían pequeňas gotitas de agua.
Antes de que pudiese hacer algún movimiento, sonó el timbre del piso. Me quedé de piedra, la verdad es que no esperaba a nadie. En principio quería ignorar ese sonido tan irritante, pero al ver que la persona que se encontraba detrás de ella se negaba a irse tuve que ir a abrirla.
—Lo siento, pero no tengo tiempo para...— Me quedé callada al ver quien estaba delante de mi. Sus ojos marrones se clavaron en mi y con cierta curiosidad me observaban. Sus labios permanecieron cerrados, pero después de unos segundos, dejaron aparecer una pequeña sonrisa.
—¿No tienes tiempo para tu amigo?— Levantó con elegancia una de sus cejas el muchacho pelirrojo. —Vine a traerte las notas. ¿Conseguiste el juego?— Añadió al ver que seguía sorprendida de su presencia.
—Esto, gracias. No pensé que vendrías a... A...— Trague saliva y me di la vuelta nerviosa, indicándole con un gesto que podía pasar. Me había olvidado completamente de que le tendría que decir a Simon algo, pero sabía que no podía ser la verdad. Tenía miedo de que JT fuese capaz de meterle en esto también y con que estuviese yo en ello, había más que suficiente. No quería ponerle en peligro, necesitaba pensar en una forma de alejar a Simon de mi.
De mis pensamientos me sacaron las caricias de alguien. De manera automática un escalofrío recorrió mi cuerpo al no esperarse que alguien me tocase. Era Simon, quien no me acarició, simplemente me cogió de una de las muňecas, obligándome a darme la vuelta hacia él. En sus ojos, que hace unos instantes reflejaban tranquilidad, se llenaron de preocupación. Aparté de forma instantánea la mirada.
—¿Mia, te pasa algo?— Preguntó después de observar por unos instantes mis reacciones. Negué con la cabeza y sentí como me tomó del mentón para que levantase la vista hacia él. Sentí como mis ojos empezaron a cristalizarse, como serían capaces de dejar escapar lágrimas ahora mismo.
—Estoy bien.— Dije de manera seca, mientras intentaba evitar su mirada. —Tengo el juego y en edición especial.— Añadí dejando aparecer una sonrisa en mi rostro para que dejase de sospechar de mi.
—Ajá. Sabes que eso no funciona conmigo. Puedes sonreirles a los demás de manera falsa, pero tus ojos me han dicho que estás mal... ¿Por qué tienes la necesidad de esconderlo ahora?— Retrocedió un pequeño paso de mi y cruzó los brazos. No estaba enfadado, sino que molesto por no decirle lo que me ocurría. —Quieres contármelo.— Añadió al ver que había dejado solo pasar el tiempo en vano.
—Yo... Simon, no sé como decírtelo.— Empecé a mordisquearme el labio inferior. No sabía muy bien que decirle... No quería hacerle daño, pero sí le decía la verdad, me tomaría por loca.
—¿Tú?— Me miró con una mirada seria, mientras en silencio suplicaba que le contase lo que pasaba pro mi mente.
—Yo... Yo, me voy de aquí. Esto, quiero decir que me voy estas vacaciones a...— Me quedé pensando en algún lugar que podría estar lejos y cerca al mismo tiempo. —A, Roma.— Acabé mi frase al final.
—¿A Roma? ¿Qué quieres hacer tu en Roma?— Se quedó extrañado y sorprendido al mismo tiempo. Asentí con la cabeza sin pensarme antes de que ello podría tener alguna consecuencia. —Bien, dime cuando vas y vamos juntos.— Dijo de manera decidida, mientras del bolsillo derecho de su pantalón sacó su móvil para reservar un vuelo.
—Esto Simon... Me gustaría ir sola, aparte... ¿Tú no ibas con tu familia a Grecia?— Reaccioné después de salir del shock en el que me dejó al querer ir conmigo a... A ningún sitio. Nervioso se pasó la mano por el pelo y volvió a mirarme directamente a los ojos.
—Sí, pero podría hablarlo con ellos y cancelarlo... O hacer que solo vayan ellos e ir contigo.— Sonrió mostrando su adorabilidad en esa sonrisa, por desgracia a mi esa sonrisa me partía el corazón en esos momentos. —Pero si quieres ir sola lo entiendo.— Añadió al ver que lo que había dicho no me había animado ni un poco.
—Esto, no se cuanto durará el viaje...— Susurré apartando nuevamente la mirada de él. Sus ojos parecieron cristalizarse con esas palabras, parpadeó unas veces seguidas y empezó a penetrarme con su mirada.
—¿No sabes cuanto durará? ¿Que tontería es esa?— Exigió saber Simon mirándome de mala forma. Di un suspiro y lentamente levanté la vista hacia el.
—No sé cuando volveré, quiero ver muchas cosas, por eso el billete de venida lo compraré unos días antes de regresar.— Expliqué, sorprendida yo misma de las palaras que acababa de decir. A Simon le era imposible quitarme los ojos de encima, sabía muy bien que esto le resultaría muy raro y muy poco típico de mi, pero el era la clase de amigo que respetaba las decisiones de los demás, aunque se preocupase de lo que podría pasar.
Después de unos segundos que pasamos en silencio, hizo unos pasos hacia mi y me envolvió entre sus brazos. Sin querer dejé salir de mis ojos lágrimas, no me podía creer que le estuviese dando un adiós. Con las manos temblorosas le devolví el abrazo y me apoyé en su pecho con una parte de mi cabeza.
No quiero perderte... No quiero hacerte daño... No quiero que entres en este juego también.
Simon retrocedió unos pasos y se quedó mirándome preocupado. La culpa se extendía por mi interior, pero en parte, sentía que esto era lo correcto.
—Nada más llegues a Roma, avísame, y cuando vuelvas también, y si tienes algún problema, me avisas si o si.— Dio unos pequeños pasos hacia la puerta. —Creo que debería irme, necesitas preparar las maletas y demás.— Añadió cuando ya estaba junto a la puerta.
Le seguí hasta el lugar en el que estaba y por última vez nuestras miradas se chocaron.
—Recuerda que te quiero Mia.— Susurró y antes de que yo pudiese decir algo, salió del piso. Quise seguirle, pero nada más dar un paso, sentí de nuevo un dolor en la parte del pecho que me hizo retroceder. Nada más cerrarse la puerta, me dejé caer de rodillas sobre el suelo, no aguantaba el dolor que sentía de perder a mi mejor amigo. De perder el amigo con el que había crecido, con quien había pasado mucho tiempo.
—Yo también te quiero... Simon... Prometo que cuando acabe el juego volveré...— Susurré dejando que esa frase se extendiese por la habitación. Había dejado que mi mejor amigo se fuese, la única familia que me quedaba.