Narra Hillary.
Al llegar a Xielle no tardo en ingresar al lujoso restaurante. Apetecido entre los acaudalados de la zona, la atracción de los extranjeros que se quedan en la ciudad y el lugar que ha sido testigo de muchas propuestas matrimoniales, hasta yo tuve mi propuesta aquí, solo que fue un comercial. Aunque… sí tuve una propuesta aquí, no de matrimonio. Cierro los ojos y aparto ese pensamiento de mi cabeza, ya no debo pensar en él.
Me presento en la recepción. Me dejan ingresar al dar mi nombre y no estoy segura si es porque soy Hillary Dornan o porque soy la esposa de un Hillman. Lo dejo estar y me muevo tranquila, intentado no llamar la atención. Llevo prácticamente dos años sin aparecer tanto tiempo en el ojo público, una cita como la que estoy por tener no es la mejor manera de hacerme ver de nuevo. Recorro el espacio con la mirada, busco a alguien a quien no conozco muy bien, avanzo unos pasos firmes reprimiendo el sonido de mis tacones en el suelo color carbón.
—Se-señorita Dornan. —Se me acerca un chico con hablar torpe. Le dedico mi atención y él se aclara la garganta mientras se acomoda los lentes cuadrados —. Soy Ray—agrega, lo miro esperando más detalles y él comprende mi gesto —. El asistente del señor Decker.
Sonrío de lado.
—¿Y dónde está el señor Decker? —inquiero. El chico parece perdido, así que, termino chasqueando los dedos frente a él para traerlo a la realidad —. Dijiste que estaría a aquí.
—Ah, ah, sí. Él está aquí. En la mesa del fondo, solo.
—Buen trabajo. Toma, este es un cheque con una cantidad generosa por tu ayuda. Y… no te preocupes por mi madre.
—Sí, sí. Como usted diga.
Dejo el cheque en sus manos, no dice nada, puesto que me ve de un modo que me hace huir despavorida. En el fondo del lugar, en una de las tantas mesas cubiertas por un fino mantel blanco, hallo a Elian Decker. Mi presencia le obliga a girar, sus ojos oscuros me ven a detalle; su cabello un tanto largo le da ese aspecto de bohemio.
—Buenas noches, señor Decker —saludo y le estiro mi mano—. Soy Hillary Dornan.
Él toma mi mano y deposita un beso cordial. Creo que me reconoce, no puedo negar que eso me halaga.
—Sé quién es —agrega.
Tomo asiento frente a él. Conseguir una cita con su asistente fue fácil al hacerme pasar por mi madre, y comprar al chico resultó ser pan comido. Ahora solo me queda convencer al hombre frente a mí, que me ayude con un nuevo trabajo.
—Es un halago saber que sabe de mí —digo.
—Como no saber que usted es la esposa de un Hillman.
Y su comentario borra el rastro alegre de mi sonrisa; detesto eso, no me gusta ser reconocida por portar el poderoso apellido Hillman, eso me lleva a desear deshacerme de él. Cosas como estas me remontan a los recuerdos de la vida junto a mi padre, éramos la familia Dornan y esa era mi felicidad, no necesitábamos más.
—Será un verdadero placer escuchar lo que ha venido a decirme o… proponerme. —Sonríe de lado elevando su bigote puntiagudo.
—Es una propuesta: trabajar en sus nuevos proyectos. Estoy por anunciar mi regreso y… me gustaría hacerlo en una de sus producciones.
—Mi estimada Hillary… —Elian desliza su mano por encima de la mesa hasta alcanzar la mía, antes de que la acaricie se detiene en seco y mis vellos se erizan al escuchar la voz atemorizante que nos interrumpe.
—Buenas noches, lamento llegar tarde —dice el recién llegado y toma lugar junto a mí.
Elian retira su mano y eleva una sonrisa que dirige al hombre a mi lado.
—Buenas noches, Hernán. No sabía que vendrías.
Ni yo, me pregunto qué rayos hace él aquí y cuando es que regresó.
♤♤
Narra Hernán.
Corto la llamada en la que tardé alrededor de una hora haciendo mis últimas organizaciones. Dejo el móvil a un lado y tomo la notebook, en el tiempo que espero que cargue la agenda, veo la ventanilla a mi derecha, el auto en movimiento hace lucir el paisaje de la ciudad, algo tétrico, como el tiempo que se va sin poder detenerlo, como una vida que dejas atrás y que pronto dejarás de ver en una perspectiva. Los resaltadores naranjas en mi agenda me hacen notar que todavía queda trabajo por hacer. Mi prioridad es deshacerme de compromisos lo más que pueda, las vicisitudes personales serán mi prioridad, es algo que me es imposible evitar: Lidiar con ellas.
En una nueva llamada le aviso al asistente que acabo de volver a la ciudad luego de dos días afuera, acordamos reuniones y le pido contactar a Renata, además que confirme una cena con ella. Renata es mi mano derecha.
Antes de ir a mi oficina, paso a la casa donde seguro está Hillary. Su abogado ha tratado de contactarse conmigo, ella insistirá en el divorcio, cosa que no le permitiré obtener. Al menos no ahora. Debo mantenerla a mi lado hasta atar algunos cabos.
Le digo al chofer que entre, ya que me tomaré un tiempo. Ingreso a casa en donde instalé a la mujer que convertí en mi esposa hace dos años. Noto que los trabajadores que envié están terminando el trabajo. No veo a Ava, antes de subir me encierro en el despacho y tomo el contrato que le voy a presentar a Hillary. Es imposible no percatarme del silencio que alberga la casa. Dispuesto a subir, salgo del despacho cuando me encuentro con Lina. Ella abre los ojos de par en par al verme, parece que vio un fantasma.
—Señor Hernán —espeta aun sin creerlo—. ¿Qué hace aquí?
—Es mi casa —repongo serio.
—Ah, eso. Sí, puede venir porque es su casa, yo solo quise decir que me sorprende verlo, como nunca está. Disculpe.
Debería molestarme su comentario, aun así, tiene razón en que nunca estoy, al menos no desde que mi esposa vive aquí. Eso es lo que va a cambiar.
—¿Hillary está en su habitación? —le pregunto.
—Ah, Hillary. —Sonríe sin quererlo en realidad—. Ella salió.
—¿A dónde?
—No reportó su parada. —Cierra los ojos y aprieta los puños con arrepentimiento al percatarse de su tono cómico—. No dijo, señor.
Voy a buscar a su abuela, pero Lina me informa que Ava también salió a hacer la compras. Me dispongo a subir las escaleras, cuando el teléfono de la casa suena; Lina lo atiende y su primera palabra es el nombre de mi suegra, lo que me hace detener el paso.
—Hillary no está —dice Lina a través de la línea.
—Dile que está en serios problemas conmigo. Ya sé que utilizó mi nombre para conseguir una cita con Decker —habla mi suegra en un tono que evidencia su indignación.
Ignoro la conversación. Durante esos dos años, estuve enterado que Hillary no solía salir de casa, su madre las veces que me llamaba me daba detalles de lo que yo no le pedía, porque le ha importado mantener una buena imagen de su hija, la esposa a quien no conozco y por razones ineludibles debo mantener a mi lado. Me casé con ella por las mismas razones por las que le niego el divorcio, y debo hacer algo para que termine cediendo y no arruine mis planes.
Veo la puerta de su habitación, no me contengo, voy hacia allá e ingreso. El espacio alberga el aroma a chocolate y Chanel que caracteriza a Hillary, ese olor que se quedó conmigo el día que la conocí, el día de nuestra boda y la noche en que me pidió el divorcio sin haber tenido menos de diez horas de casados, ese día que abandoné la casa.
Debo acercarme a ella de alguna forma y eso conlleva conocerla, cosa que no me va a permitir a la primera oportunidad si está decidida a solicitar la separación. En una de sus estanterías descansa un premio “Protagonista del año”. Su habitación es sobria, con tonos naranjas y organizada a la perfección, con una estética evidente. Sin poderlo ignorar, noto en su portátil del escritorio que hay una búsqueda reciente. Lo reconozco bien y sé que debo hacer.
**
Entro a Xielle cuando recibo una llamada, atiendo al ver de quien se trata. Él me informa de sus tareas y le pido que vaya al grano:
—Terminé con el asunto de las niñas, ellas ya están listas.
—Cuídalas por ahora, iré a verlas luego.
Finalizo la llamada y continúo mi camino en busca de la mujer que aún es mi esposa. Ignoro las miradas sobre mí. He insistido en mantenerme reservado, pero si eres parte de la familia de Anton Hillman, eres una figura pública. No detengo mi andar, y la hallo al fondo del restaurante. Le muestra una sonrisa al imbécil frente a ella, apresuro mi trote.
Ella refleja la mayor sorpresa al verme, sus ojos azules se clavan en mí y le sonrío como si fuera el esposo más cariñoso; por su parte, Elian sonríe de medio lado convencido y decido mostrarme amable para no llevar esto a donde ni yo deseo terminar con él. Lo conozco bien.
—Me vuelvo a disculpar por la tardanza, princesa—digo. Hillary parece que quiere asesinarme con su hermosa mirada azul, me temo que esto empeorará mis planes.
♤♤
Narra Hillary.
Lo voy a matar.
Dos días perdido, dos años afuera, y se aparece en medio de mi oportunidad de oro. ¿Cómo es que llegó aquí?, ¿qué pretender al presentarse así? Le sonrío a Elian, por el hecho que quiera separarme del hombre a mi lado, no es que vaya a hacer un escándalo o evidenciar amonestaciones en su contra frente a otros.
—No los había visto juntos ni en fotografías —comenta Elian.
—Somos un matrimonio reservado —responde Hernán.
«Que bien se le da mentir»
—Eso es bueno, aunque teniendo una esposa tan hermosa como la tuya, no tan bueno. Cualquiera pensaría que ni viven juntos.
—La gente piensa muchas cosas. Hillary y yo estamos muy bien, ¿no es así, princesa?
—Sí —digo con una sonrisa que me cuesta sostener—. Necesito ir al baño, ¿me acompañas, querido?
Cuando los dos hombres me ven con asombro, concibo lo poco decente que suena mi solicitud. Hernán rompe el silencio y asiente, nos levantamos de la mesa disculpándonos con Elian, y le pedimos que se adelante a ordenar.
Al llegar a los baños, suelto el brazo de Hernán que sostuve para halarlo conmigo. Lo encaro:
—¿Se puede saber qué rayos haces aquí?
—Vine por mi esposa.
—No soy tu esposa y si eso crees, no lo seré por mucho tiempo.
—Mientras lo seas, no te quiero cerca de Elian.
—¿Disculpa? —Bufo escéptica—. ¿Se supone que debo obedecerte?
—No pretendo prohibirte nada, solo que te alejes de Elian. No lo conoces.
—A ti tampoco y entre él y tú, elijo alejarme de ti. Vete a tu casa que estoy en un asunto de negocios.
—No con él.
Ladeo mi cabeza con asombro ante sus palabras. ¿Quién se cree? Decido fingir que él no es Hernán o que se ha golpeado la cabeza, cosa que justificaría muy bien su extraño actuar. Me aparto molesta, ingreso al baño y me veo en el espejo. En medio del mutismo del cuarto frío, suelto un grito ahogado; cuento hasta tres y me calmo. Repaso mi aspecto y luzco bien, pese a que el cólera me calienta el cuerpo.
Salgo otra vez, Hernán ya no está, así que me voy directo a la mesa y los hallo a ambos platicando, no sé qué, pero cambian de plática ante mi llegada. En la mesa hay una botella de vino tinto, los dos beben de sus copas y mi querido esposo me brinda una.
—Ha sido un verdadero gusto haber platicado con la esposa de mi estimado Hernán. —Elian se pone de pie, emulo su acción.
—Pero… ¿Ya te vas? —pregunto confundida, a la vez que cavilo que mi esposo tiene algo que ver.
—Sí, ha surgido algo que debo atender. Espero encontrarnos de nuevo.
—¿Qué hay sobre mi propuesta?
—Mi asistente se comunicará contigo. Buenas noches.
Toma mi mano y deposita un beso, sonríe hacia mi esposo y luego se va.
—Hillary…
—No me hables —chillo entre dientes—. Sé que tuviste algo que ver, ¿no te cansas de arruinarme la vida?
—Vamos a hablar.
—No tengo nada que hablar contigo, lo que tengas por decir, díselo a mi abogado.
Tomo mi cartera con brusquedad y me retiro a paso apresurado. Me siento enojada, frustrada y con ganas de acabarlo. Lo odio, lo odio por todo lo que me ha hecho, sé que él es el culpable de eso que aún no puedo superar. Voy directo a mi auto, a unos metros veo al chofer de Hernán, lo conozco porque sigue siendo el mismo que conocí la noche de nuestra boda; él me saluda con un movimiento de cabeza, no me molesto en devolverle el gesto, no tiene que ver con que esté enojada con su jefe, pero no me detengo a analizar eso.
Cuando llego a casa, Lina me recibe con noticias que ya me veía venir: mi madre y Hernán.
—¿No te fue bien? —inquiere. Me sorprende que no esté en pijamas si ella suele estar mirando series a esta ahora. Mi cara le da la negativa respuesta que busca—. Y al parecer tendremos nuevas inquilinas.
Señalan un montón de maletas y cuando fijo la vista en unas en especial resoplo.
—No puede ser que las vaya a traer aquí —espeto pensando muchas cosas, y todas me indignan.