Eran las 6 de la mañana. El día apenas despertaba, pero Dulce Locura ya parecía una colmena desquiciada. Hellen, medio dormida, peleaba con el dispensador de conos que se había trabado otra vez. Thiago, con ojeras dignas de un final de semestre, intentaba organizar sabores que nadie había pedido jamás. Y Gabriela, aún con el cabello húmedo de la ducha, se amarraba el mandil a toda velocidad. —Voy a dejar el pedido —anunció, agarrando la caja térmica—. Regreso en diez. Hellen respondió sin verla, rendida ante su batalla contra el dispensador. —Sí, sí, madrugadora del mal… anda rápido que el sol quema. Thiago levantó la vista y bostezó larguísimo. —Si ves un fantasma, tráelo. Necesitamos personal. Gabriela rodó los ojos y salió. Aunque sinceramente… sí necesitaban personal. --- L

