¡Arde, Roma! ¡Arde!

1697 Palabras

Samael Dimateo De pronto me encontraba entre malezas tan altas como bambú, el sol no se apreciaba y la noche abrazaba mi cuerpo desnudo. Entre rasguños y puyadas en las plantas de mis pies descalzos, mis manos apartaban el verde denso. No había salida, ni tenía orientación alguna. Nada, absolutamente nada. ¿Qué hacía allí?, ¿dónde estaba?, entonces los susurros llegaban a mí con la briza helada que hacían brotar mis vellos. Mi piel se hizo gallina y mi corazón latía, pero no tan fuerte, de hecho, latía muy lento. —¡Tienes que elegir! — La voz suave orientaba mi sentido —¡Elige! — Me exigía, pero no tenía la menor idea de qué, cómo, quién o dónde debía hacerlo. Una sombra que duró segundos. No, menos que un segundo, se apareció ante mí despertándome de golpe. Me encontraba en la cabaña

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