Síndrome del impostor

1885 Palabras
Helena Lacroix El vuelo de Alemania a Italia no duró mucho, apenas dos horas. Como sabía que no existía ninguna diferencia de horario, estaba segura que no me causaría el estrés tal cosa. A eso de las 10 am llegamos al hotel donde una recepcionista nos recibió. Le hablamos sobre la invitación que tenía y esta sólo se limitó a darnos las indicaciones correspondientes. Mario desde que llegó no dejaba de hablar, comentaba de curiosidades sobre Italia, en especial de Roma, que era donde se celebraría la famosa gala. Yo sin ir, ya me estaba arrepintiendo de todo. Solicité un permiso a mi jefe y este lo dio sin problema. Después de 2 años de trabajo sin vacaciones, por supuesto que tienes toda mi aprobación — dijo. No es que fuera una maniática en mi trabajo, sino que trabajaba muy duro en lo que me gustaba, necesitaba escalar puestos y no pensaba darle una mamada a nadie por un ascenso. La gala iba a realizarse la noche siguiente, el mismo día de nuestro aniversario así que tendríamos el resto del tiempo para conocer la ciudad, probar la famosa pizza italiana y pasear en una motoneta como en las películas. No conocía a muchos italianos, pero una vez tuve un paciente de Sicilia, me hablaba de su vida, de sus sueños y la mala suerte que tuvo en enamorarse de la persona equivocada. No muchas cosas se vinieron a la mente, pero siendo sincera, dudé por un segundo si mi relación con Mario iba por buen camino. Me imaginé llegar a anciana y estar en un hospital contándole a una versión más joven que yo mis fracasos. Eso no te va a pasar a ti, Helena. A ti no. Tú cumplirás tus sueños porque siempre luchas por ellos. Usualmente me sentía aterrada por eso, es cierto que mientras más trabajes por algo, tendrás posibilidades de obtener resultados, pero es casi imposible no dudar de tus capacidades. Me agrada tener a mi idiota para abrazarme y decirme lo equivocado que estaban esos pensamientos. Pero, haciendo cabeza, desde ya hace un tiempo que Mario no dice nada. Eso es otra preocupación. Si algo que no me hace dudar es que me ama. Lo sé. De eso estoy segura, ambos hacemos un buen equipo, y al final, es lo que importa, pero una mujer nunca deja de pensar que nuestro hombre puede aburrirse de nosotras. Y yo no era la excepción. Luego del chequeo en el hotel, subimos a nuestra habitación para cambiarnos. La recepcionista nos recomendó ciertos restaurant para almorzar y, mientras Mario reconsideraba las opciones, un gran impacto estuvo antes mis ojos. —Bienvenidos a nuestra mejor suite — expuso el botones — tienes una bebida de champagne junto a la cama con hielo. La vista es la mejor de la ciudad, si necesitan de algo, pueden simplemente llamar a recepción para lo que sea y estaremos aquí lo antes posibles. Nuestro hotel ofrece unos excepcionales servicios para nuestros mejores huéspedes. Mario entró y caminó hasta la ventana, con pasos delicados y sin creer lo que estaba pasando, abrí mi boca sorprendida. —¿Seguro que este lugar es para nosotros? — pregunté extrañada. Me parecía absurdo que una ONG gastara tanto dinero en un lugar tan lujoso cuando esos fondos podían utilizarse para algo más importante — Mi nombre es Helena Lacr… —Helena Lacroix — me interrumpió el empleado — y su esposo Mario Muller. Dudé por un momento en decirle que no era mi esposo aun, pero medité que sería absurdo discutir eso con un extraño, al fin y al cabo es sólo un empleado que intentada ser cordial y cumplir con su trabajo. —Mi compañera en la recepción les habló de algunas sugerencias para almorzar — comentó con educación — puedo agregar otra sugerencia más. Para cenar, pueden ir a “La fontana”, es un bistró muy exclusivo de la ciudad. Sólo tienen que decir que van de parte de Alonso y tendrán una mesa reservada. —¿Y quién es Alonso? — quise saber —. No conozco a ninguna persona en la ONG que se llame de esa manera. —Temo que no estoy autorizado a responder esa pregunta. Sólo cumplo con mi trabajo — El empleado dejó las maletas a un lado y se llevó el carrito —. Que su hospedaje en nuestras instalaciones sea de su agrado — habló de manera mecánica. Todo aquello me empezaba a resultar raro, ¿quién era ese Alonso? ¿Y por qué nos había dado una habitación tan cara? En contra de los comentarios de Mario diciendo que aprovecháramos la oportunidad, me cambié la ropa. Con un short corto, unos zapatos de plataforma deportivos y una blusa ligera que llegaba un poco más arriba del ombligo, bajé en busca de pruebas. Los pasillos parecían laberintos, todos eran básicamente parecidos, el suelo era de alfombra con unos estampados y de la iluminación se encargaban unas lámparas colgadas en forma de candelabro. Guiándome por los números de habitaciones, decidí buscar el ascensor. Estuve caminando por al menos 2 minutos cuando lo vi. Presioné un botón pensando que me llevaría a la recepción, pero no fue así. Cuando las puertas se abrieron, ante mis ojos se mostró el bar del hotel. El salón comprendía de una barra en semicírculo con bancos para sentarse, un barman al servicio, unas mesas en forma de cubículos y una tarima donde supuse que se presentaban ciertos artistas locales para darle un ambiente relajado y elegante. La barra estaba vacía y sólo habían pocas personas ocupando las mesas, pensé que sería por la hora, apenas era medio día. Con criterio, me dirigí hacia el barman, quería buscar la recepción, si alguien podría ayudarme, sería él. —Disculpe — el chico se me acercó, estaba bronceado y su aspecto era bastante agradable — ¿Sabes cómo llegar a la recepción? es que… — me detuve un momento a pensar lo que diría, surgió en mí la necesidad de contarle de mi problema, ese gran defecto mío de abordar a desconocidos con mis dificultades y pensamientos. Lo odiaba — es que todo esto es confuso. —Nadie que tenga problemas acepta que se perdió cuando llega a un bar — respondió él con una cara de complicidad — se me hace que necesitas algo fuerte. —No, no — moví mis manos de un lado a otro — Es que… — observé a mi alrededor, coloque mis brazos en la barra y me incliné hacia el chico como si le iba a contar un secreto — Pertenezco a una ONG, ¿vale? De esas que construyen casas para niños, al principio me encantaba la idea, pero luego como que… —Perdiste el interés — continuó él. —¡Exacto! —Lo señalé como si hubiese ganado un premio — Traté de alejarme de eso, sacaba la excusa de trabajo, no quería parecer una mala persona. Pero entonces mi mejor amiga, Karina, ella está muy metida en todo esto. Me mandó un correo con una invitación, pero ¿por qué yo? ¿Por qué no ella, verdad? Mi novio con el que cumpliré 12 años de noviazgo, ¡12 años! ¿Puedes creer? Me dice “Hey, Helena, pero qué tal si vamos y así aprovechamos nuestro aniversario, un viaje a Italia” ¡Yei! Y claro, yo por dentro: “lo único que quiero es que me pidas matrimonio, maldita sea”, pero no, vamos a pasar nuestro aniversario en Italia para asistir a una gala donde tengo que convencer a gente estirada que invierta en nosotros para gastarlos en costosos hospedajes como este, ¡Una maldita suite! —Levanté mis manos exasperada —: por lo que decidí bajar a la recepción para cambiar nuestra habitación por una más sencilla. No quiero formar parte de esto, pero el universo me trajo ante un barman que se está riendo de lo que le estoy contando y quién usa una frase que pareciera salir de un libro de auto ayuda que dice: Nadie que tenga problemas acepta que se perdió cuando llega a un bar. El chico se mostraba muy divertido por todo lo que le estaba contando. —Me parece que estas sufriendo el síndrome del impostor — sacó una gaseosa de cola, medio limón, ron y un vaso. —¿Síndrome de…? —Lo observé a los ojos y continué — Chico, soy médico, actualmente estoy sacando mi maestría en neurocirugía. Si hay alguien que sabe de síndromes soy yo. Más que ofenderle, el barman no dejaba de reírse. —El síndrome del impostor… — comenzó mientras terminaba de preparar el trago —: es un trastorno psicológico que padecen las personas cuando sienten que no están a la altura de lo que lograron — hizo un silencio y este se percató que había captado mi atención — eres incapaz de asimilar tus triunfos y te auto saboteas pensando que no eres tan buena como todos creen — cortó una rebanada de limón y me sirvió la bebida encima de una servilleta —Por lo que me cuentas y sé, eres un mujer linda, eres médico, perteneces a una ONG y tienes una relación con alguien que después de 12 años sigue a tu lado, más de la mitad de las relaciones que conozco no duran ni 3 años. Estuve absorta con la bebida en mis manos. Sentía el frio que se esparcía por mis dedos y la oscuridad me retenía como prisionera. —Síndrome del impostor, ¿eh? — Respondí —¿Cómo se llama esta bebida? —Cuba libre. Le di un par de sorbos — sabe a… —¿Libertad? —Se adelantó —Hazme este favor, Helena — se acercó a mí — sé feliz, sé libre, como tu bebida — su rostro se dibujó una enorme sonrisa, tanto que puede ver sus perlas brillar ante mí. Cuando fui a levantarme, sentí la dureza de un torso, la bebida cayó sobre él, pero este no se inmutó — disculpa es que… —pero no pude continuar, subí mi rostro hasta el suyo, nunca había visto unos ojos tan negros, estos te infundían temor y dureza. Me hicieron sentir pequeña y sumisa, intenté de hacerme a un lado torpemente, entonces me tropecé con sus pies y casi caigo, pero el tipo, que debía medir más de 1,80cm, me sujetó de la cintura, pude experimentar sus manos grande apretando mi cuerpo y por un instante, un suspiro traicionero salió de mi boca como susurro. —¿Siempre eres así de torpe? — preguntó el hombre con una voz tan profunda, entre susurros. Me pareció un comentario ofensivo, sin embargo, no pude decir nada. Inspeccionó mi rostro y luego me ofreció un guiño. Caminó hasta el ascensor y se perdió entre las puertas que se cerraban sin dejar de sostenerme la miraba. —¿Cuánto te debo? — le pregunté al barman, no sabía cuánto tiempo había pasado en el bar, aquella escena me desconcertó un poco. Me sentía aturdida. Menee la cabeza y volví a preguntar más tranquila — ¿Cuánto por la bebida? —Nada — respondió tomando el vaso que aún le quedaba algo — cortesía del caballero que se acaba de ir.
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