Helena Lacroix Sentada al frente de mi captor estaba yo, siendo devorada con esos ojos que drenaban mi tranquilidad y mi cordura. Todo él me producía dos cosas: caos y nerviosismo. No dejaba de verme y yo no podía sostenerle la mirada. Era como si me hubiese convertido en vergüenza y nada más. El cielo estaba a punto de esconderse y la habitación permanecía a oscuras, a excepción de las velas encendidas que estaban en el candelabro. —¿Cómo te sientes? — preguntó él sin dejar de drenarme con la mirada. —Quiero irme a casa — sólo logré decir, me sentía asustada. No sabía de lo que era capaz. O tal vez sí — No quiero estar aquí, ¿dónde estoy? ¿Acaso soy un experimento? Mi novio debe… — entonces volví a pensar en Mario. Un nudo en mi garganta casi no me dejaba hablar, no quería hacer la pr

