Todo lo que sentí fueron sus manos. Su roce suave; su piel caliente. No era necesario nada más para provocar que un volcán de emociones encontradas hiciera erupción dentro de mí, y a la vez, me hacía falta todo de él. Cuando Sammuel se marchó de mi habitación, yo era un manojo de sentimientos encontrados. Estaba sudada en pleno invierno. Mis músculos estaban tensos y tenía la respiración cortada. Aquel era el efecto que el pelinegro ejercía sobre mí. La palabra “amigos” en boca de Sam carecía de todo significado. Jamás podríamos ser amigos entre tanto explotaran entre nosotros todos aquellos deseos silenciosos, ávidos de conseguir una realización. Decidí tomar un baño para recuperar la compostura y refrescarme antes de ir a la cama. Estaba tan agitada que era necesaria una distracción

