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4195 Palabras
Marinette  Dos días habían pasado.  Dos días encerrada en aquella mugrosa jaula de piedra, completamente aislada del mundo que conozco y de las personas que ocupaban un pequeño espacio en el fondo de mi corazón. Las despedidas no son agradables, nunca lo han sido, en ocasiones, el recuerdo puede durar mucho tiempo, pero ese no sería mi caso precisamente, no puede producirse un encuentro entre un muerto y un prisionero.  A pesar de ello pienso las personas que nos han marcado no desaparecen para siempre. Aunque se acepte el adiós, el recuerdo puede seguir vivo eternamente.  Estos dos últimos días habían sido quizás los peores de toda mi existencia exceptuando claro está aquella horrible y brutal noche en la que me despojaron completamente de mi ser cuando a penas tenía quince años.  Comencé a pensar que el de allí arriba pueda tener algo en contra mía, una persona no puede tener tantas desgracias de golpe.  Resoplé por lo bajo y permanecí sentada en ese rincón hecha un ovillo. Aquellos ojos, esos ojos verdes esmeralda, tan brillantes, intensos y sumamente afilados se clavaban en mi cabeza cada vez que mi corazón daba una encogida. Sinceramente creía que era podía tratarse de miedo, pero no sabía muy bien como descifrar ese tipo de temores, por otra parte sentía una completa humillación cada vez que lo recuerdo. Soy su mascota, y no exagero cuando lo digo. Flashback:   —Siéntase como en su casa señorita—la ironía de sus palabras era claramente perceptible.  Me dio otro empujón haciéndome entrar completamente al interior de aquella espantosa habitación, miró a mi alrededor con nostalgia recordando la hospitalidad de mi cuarto, pues en comparanza con aquellas paredes mi casa era un completo palacio.   —Puede dormir si así lo desea, este ha sido un día duro para usted ¿no es así?—la forma tan educada con la que me hablaba me hacía sentir un escalofrío, lo había escuchado hablar antes con otra gente y sus palabras no eran para nada elegantes, al contrario, su vocabulario era más peligroso que cien fusiles cargados.  Lo miré ligeramente de reojo y  caminé con indecisión, con mis brazos cubriéndome mi pecho y escote de mi lencería, me quedé de pié frente a la cama.   —¡Che!—me detuvo su voz, o más bien su farfullo—¿Dónde te crees que vas?  Pestañee varias veces confusa ¿Cómo que dónde voy? Él mismo me había ordenado dormir.   —Y-Yo... Yo pe-pensaba, esto... pensaba que me habías dicho que podía dormir—tartamudeé.   —Sé lo que he dicho ¿Me crees estúpido o qué?—gruñó—te he dicho que duermas, pero no en la cama—señaló con la mirada la zona justo debajo de la cama. El suelo—la cama es mía y solo podrás usarla cuando te diga lo que tienes que hacer.  Quedé totalmente perpleja, aquel hombre no podía estar hablando en serio, ¿de verdad podía existir alguien tan cruel como para permitir que una dama duerma en aquel inhóspito suelo? Expuesta al frío, a las infecciones y a los animales.   —A lo mejor no le ha quedado lo suficientemente claro—dijo su voz.  Tan sumida había estado en mis pensamientos que no me había percatado de que lo tenía frente a mí.   —Repítelo—me tomó de un hombre y me obligó a bajar hasta quedar de rodillas ante él.  No pensaba rebajarme de aquella forma ante él, yo era una dama de la corte y la humillación era un pecado imperdonable para  los de mi clase, lo fulminé con la mirada y sin mediar palabra evadí su orden e intenté volver a ponerme en pié.  Lo escuché decir un par de maldiciones repletas de palabras indecentes y con suma maestría desenvainó una de sus catanas apuntándome directamente al cuello.   —¿Dónde tienes que dormir?—exigió sin despegar sus ojos y su arma de mí.  Tragué saliva y ante este movimiento mi cuello se apegó más al filo de la espada, pero me mantuve firme a mis ideales. Sentí como sus ojos verdes se iban llenando de cólera, hizo un gesto de cabeza y miró hacia otra dirección, como si de alguna forma se estuviese conteniendo de algo, acercó aún más la catana a mi cuello y un ligero pero doloroso pinchazo me hizo retroceder, sentí como una gota se sangre recorría un camino en la dirección opuesta y ante la impotencia que me produjo cerré los ojos con fuerza.   —En el suelo—dije al fin.  El joven de cabellos rubios y n***o antifaz retiró de inmediato la espada de mí, se acercó aún más y agarró mi barbilla con brusquedad para que lo mirase directamente.   —¿A los pies de quien?—continuó y una sonrisa prepotente se formó en sus perfecto labios.  Miré en otra dirección mientras pedía perdón al orgullo de mi padre.   —A tus pies—aquellas palabras sonaron más como una rendición. Fin flashback.  Llevaba dos días durmiendo como un perro en el suelo, viéndolo entrar y salir mirándome cada vez con más desprecio y orgullo, la comida no me la traía él, sino una mujer rolliza, de cabello encanecido recogido en un moño siempre deshecho y una total impertinente, no tenía muy claro a quien odiaba más, si a ella o al estúpido de Chat Noir. Esa mujer siempre me miraba con burla y resentimiento, como si me cobrara algo que en un pasado yo le hubiera hecho, me llevaba la comida con un comentario grosero y prácticamente me la tiraba a la cara. Y yo, pues se las devolvía sin probar ni un bocado.  La puerta de la habitación se abrió de golpe, y yo ni siquiera me molesté en mirar.   —Ya le traigo su comidita, grandísima alteza—la aguda voz de aquella señora se me metió en los oídos con un fuerte pinchazo—vamos a ver que tal lleva el apetito hoy—me depositó el plato para mi sorpresa con suma delicadeza, levanté la mirada confundida y la vi hacerme una reverencia con burla—tiene que comer, no querrá parecer un saco de huesos ¿o me equivoco?  Mis ojos la miraron con ira, no le dije nada, pues mi cuerpo y mis manos reaccionaron solas, tomé el plato de comida y se lo lancé a la cara, después cogí la manzana que había al lado y también la lancé hacia un lado.   —¡¡Márchese!!—grité con todas mis fuerzas—porque primero me muero de hambre antes de comer las porquerías que me traes.  La mujer se sacudió la comida como fue capaz y me fulminó con la mirada.   —Pues ojala y sea pronto, porque no me la aguanto ni un minuto más—me amenazó ella.  Volví a agarrar la manzana con fuerza y apunté nuevamente hacia la vieja esa asquerosa.   —¡¡Qué se largue le digo!!—grité.  Me percaté como la respiración de aquella mujer estaba acelerada, pues su pecho subía y bajaba ferozmente. No me dedicó nada, ni siquiera una mirada, se giró sobre sus talones y salió de la habitación cerrando la puerta tras de sí, lancé mi manzana pero la puerta sse cerró antes de que pudiera alzanzar la cabeza de esa bruja.  Mis ojos se empañaron de lágrimas una vez me había envuelto en la soledad, gateé miserablemente por el suelo y tomé entre mis manos restos de comida que se habían caído después de golpear a la bruja y me los comí ignorando el asco que sentía.  La supervivencia, valía más que el orgullo. Eso fue lo que aprendí. Chat Noir Sentía la lengua de Lila saborear cada rincón de mi boca, mis labios cada vez más salvajes correspondían a cada movimiento de ella haciendo que cada minuto fuera más excitante para ambos.    —Voy a echar toda la pota si siguen así—el aullido de Claude provocó y mi excitante momento se rompiese en miles de pedazos, me separé de Lila al instante y fulminé a ese ignorante con la mirada.    —¿Qué es eso que huele tan bien?—esbocé una sonrisa ladeada—puede que estén cociendo celos en esa mollera.    —Claro que no, solo digo que devoréis la comida o entre vosotros—gruñó.   Mi cabeza volvió a maquinar una nueva contestación que dejase a ese idiota por los suelos, pero antes de soltar la bomba Lila me tomó de la mejilla y me obligó a mirarla.    —¿Por qué no terminamos en mi habitación?—me preguntó—dejemos el postre para nosotros—lamió mis labios con deseo y una sonrisa prepotente se me formó en los labios.   Esta puta me desea más que el agua, eso me gusta, sin duda me siento superior a ella, se arrastra ante mí y eso se me hace presa fácil. Correspondí a tal gesto mordiéndole los labios.    —Cuando estés lista.   La puerta de la cabaña se cerró de golpe y Dionisia salió echando leches de allí, completamente enfurecida e indignada con el pelo manchado de estofado.    —¡No entiendo a dónde quiere llegar con esa desvergonzada!—gritó la vieja gruñona—con gusto la estrangularía con una sábana.   Me giré para mirarla separándome y dejando a Lila con las ganas.    —¿Qué pasa ahora?—pregunté con voz neutra.    —¿Y usted que creé?—inquirió y puso los brazos en jarra—es el cuarto día y no le da la gana de comer nada y mírala como me salió hoy—se señaló su cuerpo mostrándolo completamente manchado de caldo—es que con gusto le cerraba la boca de una  bofetón bien dao.    —El que le voy a cerrar la boca soy yo, si continúas tú cacareando—me puse en pié y miré a Lila de reojo, me agaché y le arranqué su plato de comida de las manos—vamos a ver si a mí también me tira la comida.    —¡Oye!—gritó Lila confundida—esa es mi comida.    —Ya no—repuse y mi voz quedó ahogada cuando cerré la puerta de la cabaña.  ○○○ Marinette  No pude evitar arrugar la nariz, llevaba varios días sin tocar agua y mi cuerpo ya precisaba un buen baño, pero claro sin el permiso de ese bandido jamás podría hacer nada por mi cuenta. Me aproximé a la puerta y comprobé que las voces se escuchaban muy lejanas.   Corrí hacia el otro lado de la habitación y me subí a un pequeño cajón de madera para llegar a la ventana, anoche me di cuenta de que los barrotes estaban oxidados y con facilidad podría hacerse pedazos, con tal solo emplear un poco de fuerza.   Agarré el del medio con mi mano derecha y no pude evitar reprimir el asco cuando esta se manchó por el metal rojizo y escustrido.   El chirriante sonido de la puerta provocó que todo mi cuerpo reaccionara de golpe, caí hacia atrás con el palo de metal entre mis manos y me topé de lleno con el suelo, mi manos temblaban desmesuradamente y tan rápido como fui capaz escondí el barrote debajo del cajón.   Levanté mi visión y sentí tensarme al instante cuando lo vi entrar, miré rápidamente en otra dirección mientras que escuchaba sus pasos acercarse poco a poco a mí. Se agachó a mi altura quedando de cuclillas frente a mí.   Escuché el sonido de la porcelana caer sobre el suelo, miré con disimulo y vi que traía un plato con la misma comida que la bruja. Torcí el gesto al instante y le di la espalda a él y al plato de comida.    —¿Es qué quieres morir de hambre?—me gruñó.   Yo simplemente lo ignoré.    —No consiento que me ignores—volvió a decir.    Yo aún más a posta pasé de sus narices.   Escuché el filo de su espada desembainarse de su cinturón y rodé los ojos en señal de cansancio.    —Ahora también vas a amenazarme para que coma—reproché—todo lo solucionas con esa estúpida espada, y sabes lo que me dice, que sin ella no vales nada y tienes que tenerla junto a ti porque sino todo se te viene encima.   Un tremendo golpe se me echó encima después de pronunciar aquellas palabras, tan rápido fue que ni siquiera me percaté de que había alzado su mano.    —Come—volvió a repetir señalando el plato con la mirada.    —Cuantas veces tengo que repetir que no pienso probar bocado de cualquier cosa que venga de tus apestosas manos—desafié, no pensaba callarme ni una sola palabra más, no servía de nada sentir miedo, de cualquier modo jamás saldría viva de aquel lugar.   Se levantó de golpe y con su puño cerrado golpeó la pared de piedra, por mi parte mi ignorancia fue la peor arma para sacarlo de quicio.    —Tu lo quieres es que te mate ¿Verdad?—su voz estaba entrecortada seguramente consecuencia de la rabia que se acumulaba dentro de él.   Aquellas palabras me hicieron ponerme en pié de golpe, me puse frente a él cara a cara y lo miré a los ojos directamente.    —Adelante, mátame ¡Acaba conmigo de una maldita vez! Me ahorrarías mucho sufrimiento si lo haces, porque morir por una espacia es mucho más rápido que una desnutrición.   De sus labios no salieron palabras, tan solo me miró con aquellos afilados ojos verdes penetrándome mi rostro, metió su espada nuevamente en su funda y recuperó la compostura.    —No merece la pena que manche mi espada en alguien tan miserable como una noble—dijo al fin.    —¿sí?—la ironía se escapó en mis palabras—Pues si que te mereció la pena matar a mi familia  y al resto de personas de la primera clase.    En esta ocasión el que me ignoró fue él, se giró sobre sus talones y se dispuso a abandonar la habitación.    —¿También tienes miedo de responder?—sabía perfectamente que lo estaba provocando, pero lo que tenía muy claro era no dejarme pisotear—¡¿Por qué insistes en mantenerme aquí encerrada?! ¡¿Qué esperas para matarme?! ¡Maldita sea!   Abrió la puerta y se detuvo a los pies de esta.    —Porque comprobarás que la muerte será lo único que pueda salvarte de mis garras.   El eco retumbó en la habitación cuando la puerta se cerró dando un fuerte golpe.  Adrien    ¿Qué se creerá esa mujer para hablarme así? ¿Con qué derecho me recrimina? ¡¡¿¿Quien es ella para ignorarme??!!   Sentía como la sangre hervía por todo mi cuerpo, me sentía ridiculizado, hundido por aquellas palabras, yo era el que mandaba allí, era el único capaz de contradecir una orden, el único que reprochaba, él único que podía someter.   No había derecho, ella no tenía derecho para reprocharme ni para desobedecer ninguna de mis órdenes. Si no quiere comer, pues bien, que no lo haga. Eso sí, no pienso follar a un esqueleto, y si pierde más peso se le quitará todo el encanto al asunto.   Así que me la tiraré antes de que me arrepienta. Eso sí que sería un lujo, la mujer más hermosa de todo París me pertenecerá, la muñequita de papa por fin sabrá lo que es la realidad. Y al viejo Tom no le habrá servido de nada todos esos años de sobreprotección.  —¡Dionisia!—llamé.  ¿Dónde estará ahora esa inútil?  —¡¡Dionisia!!—grité ahora más fuerte.  —Ya voy, ya voy. Vaya humor que tenemos hoy—refunfuñó ella.   Me giré y la fulminé con la mirada.    —Quiero decir... ¿Qué necesita?    —Prepara un baño y asegúrate de dejar bien limpia a la prisionera—ordené.   Dionisia hizo una mueca y torció el gesto en señal de desaprobación.    —Con todos mis respetos señor, pero yo ha esa piojosa no le toco ni un pelo—hizo un gestito de insuficiencia—lo que me faltaba ahora que tuviera que bañar a esa muchacha.    —No te lo he pedido—dije—te lo he ordenado, y si no haces lo que te digo duermes esta noche fuera del campamento ¿me has entendido?  Mis ojos eran siempre el arma que utilizaba para intimidar a los demás, bastaba una única mirada para que todos se arrodillasen a mis pies.  Marinette  ¿Por qué siempre ocultaba su rostro por aquel antifaz?  Aunque sonase ridículo en aquellos momentos mi única preocupación era imaginarme a Chat Noir con su rostro al descubierto, sin duda no había que echarle mucha imaginación para adivinar que era un hombre tremendamente atractivo, aunque el encanto se le va por la boca cada vez que la abre. Podía ser estúpida estúpida, pero también era mujer y mi cuerpo temblaba cada vez que él se acercaba a mí, y sí quizás era la persona a la que más odiaba en aquellos momentos pero la curiosidad también me mataba lenta y tortuosamente.   En realidad, pensaba en aquella estupidez para evadir mis preocupaciones, si pensaba en papá, mamá o en Chloe lo único que conseguía era dañarme a mí misma. Al menos tenía el alivio de saber que papá seguía vivo y también tenía la esperanza de que la banda Miraculous hubiera matado a Jouvet. Dios por eso si que hubiera pagado por verlo, especialmente por verlo correr con sus ridículos leotardos huyendo de los disparos, ¿Pero que digo? Ese tipo tiene más suerte que las moscas, es más duro que las cucarachas y de seguro que encontró un lugar donde resguardarse.   Miré de reojo a la bruja que llenaba una gran cuba de madera, había entrado en la habitación sin siquiera mirarme y no paraba de traer cubos con más y más agua.    —Vete quitando la ropa—me ordenó.   Hice una mueca.    —Usted está loca si piensa que voy a quedarme desnuda delante de usted.     —Yo no soy quien da las órdenes aquí, así que hazme caso rapidito si no quieres que venga Chat Noir ha hacer esto por mí, y te aseguro que él no va a ser para nada cuidadoso contigo—recriminó—además si eres una dama de la corte como dices ser preferirás estar limpia antes que ir por ahí apestando.    —Sí, pero bañarme sé hacerlo yo sola—dije.   La mujer sonrió con burla, típico ya.    —Pero el Señor Chat Noir me ha ordenado que yo haga este trabajo y si no me ve cumpliendo con mi deber me buscaré un problema que no estoy dispuesta a soportar por una muchachita insignificante como tú—tocó las palmas para meterme prisa—y rapidito criatura que no puedo estar aquí hasta mañana.   Solté un par de maldiciones no muy dignas para una dama de mi categoría y llevé mis manos a los cordones del corpiño. Sin duda aquella mujer me tenía echada la cruz, se notaba de lejos que no podía ni verme, pero claro en aquel lugar yo era un completo desperdicio para todos.    Caminé hacia la cuba de madera cubriéndome como podía mi cuerpo.    —Por favor, como si yo no hubiese visto más como esos en mi vida ¿Qué crees que gurdas ahí, eh? ¿O es qué también te crees superior en eso? Anda métete ahí de una vez—me empujó hacia el interior de aquella asquerosa bañera y mi cuerpo entró al instante en contacto con el agua.   Mi corazón se detuvo al instante y los poros de mi piel reaccionaron. Aquel agua estaba completamente helada, era imposible permanecer ahí segundos más a menos que quisiera morir congelada, hice afán de levantarme pero la bruja esa de pelo estropajo me empujó nuevamente al interior.    —¿Dónde te crees que vas?—preguntó—De aquí no sales hasta que hayas terminado de bañarte.    —E-Esta helada—tirité abrazando mi cuerpo con mis propios brazos.    —El agua tiene la temperatura perfecta—me echó otro cubo repleto de agua y no estoy muy segura de ello pero se me figuró sentirla aún más fría—pero claro... había olvidado que vienes de un sitio muy refinado, ahí os bañarán con agua calentita ¿No?    Volvió a cargar el cubo nuevamente en este caso con el agua que había dentro de la bañera y volvió a rociarla sobre mi cabeza, el frío que sentía que era tal que me costaba respirar, y las cantidades de agua que caían sobre mí lo hacían aún más difícil.    —¿Es qué quiere matarme?—pregunté cuando vi mis manos temblar.    —Por favor—bramó—no sea exagerada, que tan malo puede tener un bañito de agua helada.    —Por favor, para—en esa ocasión no había lugar para orgullo, peligraba una hipotermia en aquellos momentos y por más que lo negase, estaba segura de que era una venganza personal.    —¿Qué dice? Debería ser un lujo que alguien se tome la molestia de bañarla.   De repente, la puerta de la habitación volvió a abrirse. La bruja se giró sobre sí misma y se sobresaltó.    —Señor, no creí que fuera a entrar tan pronto—dijo.    —Los gritos y las voces se oyen desde afuera—se quejó Chat Noir.   Inmediatamente me hice un ovillo para cubrirme todo lo posible.    —Claro, es esa desagradecida que no para de quejarse porque no se adapta al baño, parece que tiene piel de porcelana o algo por el estilo, porque no aguanta ni una sola gota—se excusó la anciana.   Chat Noir hizo una mueca, sin decir una palabra se acercó poco a poco hacia la bañera, desplacé mi mirada hacia otro lado incómoda por aquella bochornosa situación. El chico de ojos verdes introdujo una mano en la bañera y la mojó.    —Este agua—comenzó a decir él mirando a la bruja—la has sacado del arroyo ¿verdad?    —Naturalmente Señor, las aguas termales estaban muy lejos y ya sabe que mis pies están cada vez más agarrotados—se disculpó ella.    —Sabes perfectamente que el agua del arroyo es demasiado fría, y mucho más para ella que no está acostumbrada ¡¿Acaso eres idiota?!—Chat Noir encaró a la anciana.    —Oye señor, mucho cuidadito con insultar—se defendió la mujer—yo he hecho mi trabajo con la mejor de mis intenciones.    —Largo de aquí—dijo él y señaló la puerta con su dedo índice—¡Lárgate!   La anciana soltó un gritito de indignación y se colocó sus faldas antes de salir de la habitación. Chat siguió con la mirada a la mujer hasta que esta desapareció completamente, después me miró a mí.    —Sal de la bañera—me ordenó con voz neutra.    —Estás loco si piensas que voy a mostrarme en estas fachas delante tuya—reproché encogiéndome aún más.    —Si siguen metida en ese agua vas a morir de frío—farfulló cogiendo la manta de la cama.    —Lo haré cuando salgas de aquí—dije sintiendo mis mejillas arder, a pesar de que en realidad las tenía heladas.    —A ver, a ver. Repite eso que no lo he oído bien ¿me estás echando de mi propia habitación?—inquirió con sorna—No me hagas perder el tiempo más o llamo a Dionisia y que termine ella el trabajo, eso si no vuelvas a molestar lloriqueando  ni gritando porque tienes frío porque entonces si me vas ha hacer enfadar.   EL frío comenzaba a dormir mi cuerpo, ya apenas sentía mis manos ni mis pies, ese tipo no parecía marcharse y cada segundo que pasaba era cada vez más tortuoso y doloroso para mí.   Poco a poco me fue poniendo en pie con dificultad, pues utilizaba mis manos para cubrir las partes más íntimas de mi cuerpo. Sentí que él se acercaba hacia mí, instintivamente yo cerré mis ojos ante tal cercanía, un doloroso recuerdo vino a mi cabeza en forma de escalofrío.   Sentí algo cálido sobre mi cuello, suave y agradable, volví a recobrar la vista para ver que demonios había pasado y para mi sorpresa tenía una manta cubriendo mi cuerpo mojado, lo siguiente que vi fue nuevamente el rostro de aquel chico de ojos afilados cual felino, quien me miraba con una expresión extraña.    —Gr-Gracias—tartamudeé avergonzada mientras tomaba la manta entre mis manos.   Una sonrisa se formó en los labios de él y al instante levantó sus brazos y me tomó entre sus brazos cargándome sobre su hombre, solté un pequeño grito de sorpresa ante tal reacción, lo siguiente que ocurrió me pilló desprevenida, me arrojó sobre su cama y después se posicionó sobre mí como un gato dispuesto a devorar a su presa.    —Ahora voy ha hacerte entrar en calor. 
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