Marinette
Cuando la luz del sol me hizo abrir los ojos, no pude evitar dar un salto de la cama para levantarme atropelladamente. Me quedé sentada sobre la acolchada tela y pestañeé varias veces para aclararme la visión.
Chat Noir estaba sentado en su silla colocándose sus botas que le llegaban a las rodillas y cuando me vio removerme, su mirada verdosa se desplazó hacia mí.
—Pensaba que no ibas a despertar a tiempo—dijo con toda su atención en las botas.
—Harían falta miles de infusiones calientes para que no me despertase—me levanté de la cama y me situé delante de él.
Sus ojos desviaron la atención de sus botas para mirarme a mí, una vez se había calzado. Se enderezó y apoyó una mano en su costado mirándome expectante a mis siguientes palabras.
—¿Te acuerdas de lo que hablamos ayer?—pregunté esbozando una pequeña sonrisa.
Puso los ojos en blanco y se echó hacia atrás apoyándose en el respaldo de la silla.
—j***r, y encima me preguntas que si me acuerdo... Estuviste cansineándome toda la puta noche—espetó—.Lo preocupante hubiese sido que no lo recordase.
—Solo quería asegurarme—dije encogiéndome de hombros. Me mordí el labio inferior y lo miré con inseguridad—¿Has cambiado de opinión?
Me miró con seriedad durante unos instantes. Segundos que se me hicieron eternos después me dijo:
—Parece que he perdido toda a autoridad contigo, bichito...—me dijo, y a pesar de su típico apodo burlón, sus palabras eran serias—es como si ya no me temieses, y me hablas como si nada, exigiéndome gilipolleces de críos.
Ante aquellas palabras no supe que decir. Tenía razón. En los últimos días había hablado con él de una forma tan fluida y normal que no me había parado a pensar que ese era el mismo hombre que me había sacado a la fuerza de mi casa y me había traído a aquel inhóspito lugar. El veneno de la cascabel había sido un factor clave y debía reconocer que me había llevado a decir cosas que ahora no las diría.
Y en cuanto a lo ocurrido anoche, supongo que fueron mis ganas de poder volver a pisar otro suelo que no fuese el de esta habitación, lo que habló por mí. O poder respirar aire puro de nuevo . No pensé en la persona que tenía delante.
—Sí que tengo miedo. Me asustas muchas veces, no puedo negarlo y creo que eres capaz de atacarme si se te cruza por la cabeza—dije encogiéndome de hombros—pero también me salvaste y eso no lo voy a olvidar. Además si me vas a tener aquí encerrada, me gustaría no estar escondida ni temblando de miedo por nada, ni por nadie. Aunque me asustes, no me voy a dejar intimidar y si vamos a tener que estar juntos durante dios sabe cuanto, lo menos que podemos hacer es intentar soportarnos.
Permaneció mirándome durante unos segundos, sorprendido quizás por mi respuesta. Suspiró con fuerza y se alborotó su melena dorada.
—Cámbiate—dijo, mirando el translucido camisón que tenía para dormir—.Te espero fuera y como tardes más de cinco minutos, echo la llave y no sales a ningún sitio.
Dicho aquello caminó hacia la puerta y salió de ella dando un fuerte portazo.
Había ignorado todas mis palabras. ¿Habrá sido una estupidez lo qué he dicho?
...
Cuando Alya me vio aparecer por la puerta toda su cara se iluminó con una sonrisa. Dejó un saco de verdura en una mesa de madera y caminó hacia mí.
—¿A qué se debe esta compañía?—preguntó mirándome primero a mí después a Chat Noir.
—¡He venido a ayu...!
—Está aquí para colaborar un poco,—me interrumpió Chat Noir—y por ser una toca pelotas.
—¿Vas a cocinar?—pregunté ignorándolo por completo y poder excluirlo de la conversación para que se marchase y me dejase en paz de una vez.
—Que no salga de aquí, y que no se fuerce mucho. Si algo va mal me llamas y se va a la habitación—dijo Chat y Alya le prestó especial atención.
Genial... resulta que al final la excluido iba a ser yo.
—Tranquilo, cuidaré bien de ella—garantizó Alya.
—De todas formar pondré a alguien fuera para que esté vigilando—aseguró Chat mirándome amenazante.
—¡No voy a intentar escapar!—exclamé molesta. Comenzaba a odiar que hablasen como si yo no estuviese ahí.
—Ya lo intentaste una vez bichito, así que no digas cosas que no puedas cumplir—espetó molesto, como si mi intento de fuga se hubiese reproducido en su cabeza. Y para ser sincera, no terminó nada bien: Primero sumergida en arenas movedizas,después unos tipos nos secuestran y para colmo me picó un bicho venenoso. Así dan ganas de escaparse a todas horas ¿no?—Os dejo—me lanzó una mirada fría y de advertencia con sus ojos esmeraldas—y no se te ocurra hacer nada raro.
Puse los ojos en blanco y lo fulminé con la mirada.
—No hare nada, de verdad—garanticé, y después le di la espalda posando mis ojos en todos los utensilios que Alya tenia en una gran mesa de madera.
Lo escuché gruñir y despotricar algunas maldiciones en voz baja y finamente escuché el sonido de una puerta cerrarse.
Solé todo el aire contenido como si así pudiese sentir una pizca de libertad en mi cuerpo.
—Por fin...—murmuré aliviada.
—Chica...—me llamó Alya. Estaba apoyada en el extremo de la mesa con una mano sobre su cadera y ora sujetando una zanahoria—¿Cómo has hecho eso?
No comprendí a lo que se refería.
—¿Hacer qué?—pregunté confusa.
—Convencerlo para que te deje salir—dijo ella como si fuese obvio—No sabes como es ese hombre de cabezota, y ya te digo yo que no suele dejar que un prisionero salga de su celda.
—Dijo que solo me iba a dejar salir—me encogí de hombros y cogí una coliflor sin saber muy bien que hacer con ella—creo que me ha dejado porque lo he presionado demasiado, y porque no le dejaba dormir.
Soltó una risotada y sacó un cuchillo del cajón.
—¿Los ha utilizado alguna vez?—preguntó.
— Lo he visto hacer—respondí quitándole el cuchillo de la mano—Es lo mismo ¿no?
Alya me observó con una ceja enarcada, se veía que no estaba muy convencida con mis palabras y en parte la entendía: Ni yo misma sabía si sería capaz de ayudarla, no estaba muy acostumbrada a hacer las cosas por mí misma ya que tenía gente y sirvientes que habían hecho las cosas por mí.
Aunque no pensaba equivocarme. Si conseguía ser de utilidad para ellos, era posible que Chat Noir me tomase como algo más que su prisionera.
—Bueno chica, creo que si vas a empezar a utilizar estas cosas, será mejor que lo hagas con algo fácil—me quitó la coliflor de las manos y me tendió una zanahoria—observa.
Tomó otra y la depositó sobe una tabla de madera. Hizo una ágil pirueta con el cuchillo y en apenas unos segundos la zanahoria estaba partida en finas láminas. Pestañeé varias veces atónica y estupefacta.
Esta bien... me habían puesto el listón muy alto.
—Puedes partir tú toda la verdura y mientras yo arreglo la carne—justo al decir estas palabras, sacó de una caja que había debajo de la mesa, un conejo muerto.
No pude evitar arrugar la nariz. Aquello era asqueroso. Siempre había visto la carne cocinadita en su plato y adornada con alguna que otra ramita de perejil o en algún que otro guiso, pero... ¿Ver al animal muerto? Jamás.
Desvié la mirada y la plasmé en la zanahoria. No quería ver como hacían trocitos a ese pobre conejito. No pude evitar imaginármelo saltando y correteando por el bosque... y ahora estaba a punto de ser cocinado y devorado.
Evité reprimir una arcada y comencé a cortar la verdura con sumo cuidado. Aunque me llevase mucho tiempo, pero quería hacer las cosas bien. Aún me costaba asimilar como Alya era capaz de hacer algo así tan rápido y con tal perfección.
—Intenta trocearlas en tiras finas—me aconsejó.
Asentí varias veces, haciendo los cortes más certeros y precisos, me mordí el labio inferior, completamente concentrada en mi trabajo, hasta que un sonido asqueroso me sacó de mis pensamientos. Mis ojos se posaron en Alya. Estaba despellejando al pobre animal.
Sentí como mi corazón se contraía y un nudo se me formaba en el estómago. De pequeña yo tenía un conejito, de hecho lo amaba. Era monísimo: Blanquito y con los ojos rosas. Me encanaba jugar con su cola peludita y suave, parecía una bola de nieve, de hecho ese fue su nombre. Siempre le estaba dando de comer, y eso no le pasaba desapercibido, el muy glotón estaba enorme y tenía una gran barrigota. Pero yo lo amaba así, tal y como era. Pero claro, todo lo bueno siempre se me acababa. Un día, un niño gordo, vino a jugar a mi casa y le tanto gusto mi conejito, que se abalanzó sobre él. Ya podréis imaginar lo que vino después: Bola de nieve estaba gordo, pero ese niño más y con su peso, reventó a mi conejito, literalmente. El pobre animal empezó a soltar sangre por la boca hasta que murió.
Estuve llorando por una semana y mis padres me compraron otro, pero lo rechace. Me recordaba demasiado a bola de nieve y la imagen de él muerto de una forma como esa solo aumentaba mi trauma.
Tan ensimismada estaba en mis pensamientos que dejé de prestar atención a mis quehaceres, hasta que un terrible pinchazo me llevó a la realidad.
—¡Auch!—exclamé.
Mis ojos se desplazaron de inmediato hacia mi dedo.
Maldición, me había cortado.
—Oh dios mío—dije mientras veía como la sangre comenzaba a salir de mi dedo.—¡Me he cortado, Alya ¿Qué hago?! ¡Me he cortado!
—Madre mía, desde luego que estas hecha una novata en todo esto—dijo Alya, acercándose a mí atropelladamente.
—¡Duele! ¡pica! ¡Me hace daño!—me quejé dando pequeños saltitos en mi sitio, como si así pudiese aliviar mi dolor.
Dolía, aunque quizás el dolor se me aumentaba más bien porque estaba atemorizada por la sangre que salía.
—No grites tanto—murmuró Alya—¿Quieres que te escuche Chat?
Negué con a cabeza instintivamente. Si él aparecía, vería lo incompetente que soy y me mandaría de vuelta a su cuarto.
—Entonces aguanta y haz un esfuerzo. Porque como venga, no dudará en volver a encerrarte—me advirtió.
Asentí varias veces con nerviosismo y me tragué el dolor para mis adentros.
Alya trajo una cubeta de agua y me hizo meter la mano dentro. el escozor se avivó durante unas décimas de segundo, pero el frescor del agua anestesió el dedo por un momento. Después desenrolló un trozo de tela y me relió con cuidado la zona herida.
—Creo que no es muy profundo, seguramente te cicatrice en poco tiempo—explicó Alya atando el trozo de tela con cuidado—. De todas formas si ves que no se te cierra puedes decírselo a Nathaniel, puede que él tenga una solución más rápida.
No respondí, solo me quedé embobada en mi dedo vendado y sumergida en mis propis pensamientos, con un nudo en el estómago que me angustiaba.
—Supongo que no te soy de mucha ayuda en la cocina ¿verdad?—pregunté avergonzada.
Alya me miró, esbozando una media sonrisa. Luego, su mirada se posó sobre la poca verdura que había podido cortar. Se puso en pie y tomó entre sus manos las rodajas de los diferentes ingredientes y las echó en una gran olla con agua hirviendo.
—Yo creo que no lo haces nada mal—dijo—.Solo te falta un poco de práctica—se acercó hacia mí y posó ambas manos en mis hombros—y para eso tendrás que venir más veces para aprender.
Esas palabras consiguieron sacarme una sonrisa. Poder salir de esa habitación era lo que más deseaba en esos momentos y quizás aprender cocina con Alya podría llegar a ser divertido.
—¿Qué te parece si mientras que se cuece la comida vamos a tender la ropa?—propuso mientras me incitaba a levantarme—creo que es más seguro para una novata como tú.
Entrecerré los ojos y me crucé de brazos molesta. Sin embargo, no pude evitar dejar entrever una sonrisa burlona en mi boca.
—¡Vamos a tender esa ropa!
...
Marinette
Salimos a la parte trasera de la cabaña. El aire puro entró en contacto con mi piel y agradecí enormemente que me diesen los rayos del sol. Desde allí se podía ver al resto de individuos que formaban parte de aquella extraña secta. Sin duda vestían de una forma muy extraña, y al parecer se identificaban con algún tipo de animal. Al menos los más fuertes del grupo como ocurría con Chat Noir y al parecer su compañero: Jade Turtle,
—¿Tú tienes algún nombre en clave?—pregunté curiosa mirando a Alya.
—¿Te refieres a algo parecido a Chat Noir?
Asentí con la cabeza.
—Una vez lo tuve—terminó por decir—cuando acompañaba a Chat Noir y a los demás a atracar por la ciudad. Me solían decir Rena Rouge. Porque mi pelo les recordaba al pelaje de un zorro y porque les ingeniaba los planes y estrategias tan astutamente como uno de ellos.
—¿Y por qué ya no te dedicas a eso?—pregunté con curiosidad.
—Eso es un asunto más privado—respondió y está vez noté la neutralidad en su voz.
—Oh, lo entiendo—dije con la boca pequeña. En realidad me había quedado con las ganas de conocer los verdaderos motivos.
—Pero que fuerte...—la escuché gruñir.
Caminó rápidamente hacia un gran tonel del madera y comenzó a escrutar toda la ropa con los ojos. Sacó unas cuentas prendas con desgana mientras maldecía internamente.
—¿Qué pasa?—pregunté acercándome a ella.
—Lila, eso es lo que pasa—dijo de mal humor.
Solo escuchar aquel nombre supuso que un escalofrío recorriese toda mi columna vertebral.
—Siempre hace lo mismo—continuó Alya mientras removía la ropa molesta—.Ella y sus dos arpías me dejan a mi todo el trabajo sucio y encima tienen la cara de echar su ropa con la del resto para que se las lave. ¡Estoy harta!
Esas palabras resultaron ser música para mis oídos. Así de la nada se me ocurrió un plan para vengarme de esas tres brujas y cobrarme lo que me hicieron.
—¿Y quien ha dicho que tengas que lavarla?—inquirí con una sonrisa maliciosa—Ellas solo han dejado ahí su ropa, lo que no han dicho es lo que hay que hacer con ella.
Alya me miró con una ceja enarcada.
Caminé hacia el tonel y agarré uno de los vestidos de Lila.
—Así que... en lugar de lavarlos, podríamos llevarlos al lugar donde pertenecen—dejé caer el vestido sobre un gran charco de barro que se había formado por el agua que sobresalía del barril que se utilizaba para lavar.
—Creo que comienzo a seguirte—dijo Alya, y la vi esbozar una sonrisa mientras cogía el resto de ropa y la tiraba al mismo lugar apestoso.
—Creo que no han terminado de coger toda la esencia que deberían tener—mis ojos se posaron sobre un cubo metálico lleno de basura y residuos de comida.
Evité respirar durante unos segundos y vertí todo el contenido encima de una ropa que ya estaba hecha una porquería.
—Creo que el vestido "especial" de Lila debería tener un hueco especial—Alya agarró la prenda y se dirigió hacia los caballos que estaban atados en los barandales de madera. Se giró hacia mí y con una sonrisa maliciosa dejó caer el vestido sobre la gran montaña de excrementos.
No pude soltar una fuerte carcajada. No podía imaginar la cara de la Bruja número uno cuando viese toda su ropa en ese estado.
Pasamos el resto del día riéndonos una y otra vez, recordando la hazaña que habíamos hecho. De alguna forma nos había servido como forma de desahogarnos y cobrarnos todo lo que esas tres nos habían hecho. Lavar y tender la ropa era más fácil que cocinar y no me había costado nada cogerle el tranquillo. Durante todo ese día había olvidado que estaba secuestrada por el mayor delincuente de París y simplemente me centré en pasar el tiempo con Alya, recordando lo que era estar con una persona que te aprecia y te hace sentir que tienes algún valor en esta vida.
...
Marinette
Alya había conseguido deshacerse del tipo que nos había estado vigilando todo el día, cosa que agradecí enormemente. No me gustaba sentirme espiada por nadie, me daba muy mala sensación de alguna forma me recordaba la situación sumisa en la que me encontraba.
—Me deja mal sabor de boca tener que dejarte—dijo ella.
Estábamos frente a la cabaña central: La de Chat Noir. Y muy pronto volvería a entrar y formar parte de esas cuatro paredes.
—No te preocupes por mí Alya—la tranquilicé—me he divertido mucho ayudándote.
—Me hubiera gustado más hacer otro tipo de cosas a las que tú estas acostumbrada. Ya sabes eso de hacer peinados y tejer pañuelos de punto—dijo.
—Estoy segura de que eso hubiese sido más aburrido. Además eso está desfasado—dije.
—Hablaré con Chat Noir para que te deje salir más veces. Estoy segura que si se da cuenta de la gran ayuda que haces te sacará de esa habitación más veces.
Solté un suspiro pesaroso. No estaba muy segura de eso.
—Él dijo que solo me dejaría salir un día—murmuré bajando la mirada.
—Eso es porque todavía no he hablado con él—dijo muy segura de sí misma—hay que tener fe, mujer.
—Creo que perdí la fe hace mucho tiempo—confesé, y era cierto. Había dejado de creer en eso desde una edad muy temprana.
Sentía las manos cálidas de Alya sobre mis hombros.
—Pues recupérala—dijo con una reconfortable sonrisa.—Nos vemos mañana ¿vale?
Asentí con a cabeza y la vi alejarse.
Ni siquiera me había parado a pensar que ni siquiera se había asegurado de que estaba bien encerrada en el cuarto. Para ser exactos, estaba fuera de la cabaña y tenía todo el campo de visión con las diferentes direcciones que podría tomar para escapar de allí.
Pero no podía hacerlo.
No odía volver a escapar después de estar al cargo de Alya, la metería en problemas y ya sería la segunda vez que hubise aprovechada su caridad para escapar. Además todo aquello esaba rodeado de personas que me conocían al pié de la letra, volverían a cogerme y Chat Noir no me dejaría ver la luz del sol en lo que me queda de vida.
El día en el que piense fugarme no estaba muy lejos, de hecho ya tenía planeada la estrategia que utilizaría, pero ese no era el día.
Giré el pomo de la puerta y me dispuse a entrar en la cabaña, cuando el sonido de un fino piido me sobresaltó. Me giré sobre mí misma y comprobé como junto al tronco del árbol que había junto a la pequeña vivienda, había un polluelo que revoloteaba sin éxito.
Me agaché y con cuidado lo cogí entre mis manos. Debía haberse caído del nido, y si piaba tanto sería porque tiene hambre. Lo metí a la casa y corrí de inmediato a la habitación para fabricar un pequeño nido con las mantas algunos pañuelos.
Recordar a Bola de Nieve me había dado nostalgia y ver a ese pobre animal indefenso frente a todo tipo de peligros había sacado cierto instinto protector en mí.
El polluelo no dejaba de piar así que tomé un trozo de pan duro que me sobró del día anterior y lo desmigajé.
—No te preocupes pequeño, no va a pasar nada malo.
...
Chat Noir
Llegué a la cabaña antes que de costumbre. Dejarla libre durante un día no me daba buena espina y en el poco tiempo que había pasado con ella había llegado a conocerla lo suficiente como para saber que aprovecharía cualquier oportunidad para escapar. Alya me había dicho que estaba ya en la habitación, pero antes me creería que Nino se había puesto rubio antes que verle tranquila en ese cuarto.
Abrí la puerta con brusquedad y para mi sorpresa estaba sentada sobre la cama, aunque por la expresión de su cara vi que estaba ocultándome algo.
Escuché un sonido extraño que provenía de la cama y la desconfianza se intensificó.
—Vaya... Hoy has llegado antes de tiempo—dijo, y noté cierto nerviosismo en su voz.
—Puedo llegar a la hora que quiera sin tener que dar explicaciones a nadie—espeté molesto—Ahora dime qué coño pasa.
—Nada—se encogió de hombros con indiferencia—¿Qué va a pasar?
Los sonidos se seguían escuchando, y ella también lo sabía.
No estaba loco. Aquello sonaba como un pájaro.
Sin decir nada agarré las sábanas y las arranqué de golpe, sobresaltándola.
Debajo en el colchón había sobre un cúmulo de tela el bicho más feo que había visto en mi vida. Era un trozo de pellejo sin plumas y con un pico enorme que no hacía otra cosa que pedir comida.
—¿Se puede saber que es eso?—pregunté de mal humor. Los sonidos que soltaba esa cosa se metían en mi cabeza y me sacaban de quicio.
—Lo he encontrado al pie del árbol y estaba solo—me explicó. La vi desmigajar un trozo de pan y darle migas.
—Pues ahora mismo va a volver. No quiero a ese bicho aquí dentro—sentencié mientras dejaba mi cinturón de armas sobre la silla.
—¿Qué? ¿Estás loco? Moriría si lo dejamos solo—replicó fulminándome con la mirada.
—Qué pena—solté con indiferencia mientras me lavaba la cara con agua para despejarme.
—Es solo un bebé, no te supone ningún cargo. Además voy a ser yo la que le va a dar de comer—dijo mirando al bicho con dulzura.
Hice una mueca.
—¿Pero como te puede gustar eso? Lo raro es que con lo cursi y pija que eres que toques a un bicho asi—espeté.
—¡Yo no soy cursi! ¡Y tampoco pija!—refunfuñó molesta—y para que lo sepas ese polluelo no es feo, solo es un bebé, tienen que crecerle las plumas.
¿Enserio quería cuidar de un pájaro? No servía darle de comer. De pqueño intenté salvar a uno cuando lo vi caerse de un árbol, le di de comer durante todo el día, pero a la mañana siguiente amaneció muerto. Estos bichos son débiles y necesitan a su madre para salir adelante. Al menos esos fue lo que me dijo mi madre.
Pasaba de tener que aguantar al pto pájaro toda la noche y encima para nada.
—Deshazte de ese pájaro ahora y lo haré yo mismo—amenacé fulminándola con la mirada.
—No voy a hacer eso, voy a cuidarlo hasta que aprenda a volar—dijo.
j***r.
—¡El bicho sale echando leches de aquí y punto!—sentencié perdiendo la poca paciencia que me quedaba.
—¡¡Y yo he dicho que no!!—me gritó mirándome furiosa.
La fulminé con la mirada y en ese momento me percate de que tenía la mano ligeramente vendada.
—¿Qué te ha pasado?—pregunté acercándome a ella. Le agarré la mano y la examiné con cuidado.
La noté tensarse ante mi contacto, la miré directamente a los ojos y vi como se enrojecía ligeramente.
—Me corte cuando estaba ayudando a Alya con la cocina—confesó, y vi como le costaba decirlo.
j***r, sabía que iba a pasar algo así.
—¡Pero no pasa nada, de verdad!—añadió rápidamente—casi no me ha dolido.
La miré seriamente y sin decir nada me puse en pie.
Caminé hacia la ventana y me apoyé sobre el marco de esta. Percibí como ella también saltaba de la cama y corría hacia mí.
—¿Me vas a dejar volver a salir otro día?—me preguntó mirándome con esos ojos azules.
La miré con indiferencia y esbocé una sonrisa.
—Cocinas fatal—le dije.
Se mordió el labio inferior.
—Pero porque ha sido la primera vez. Seguro que a la siguiente me sale mejor.
El sonido del pájaro piar, era aún más irritable.
—Está bien, te dejaré salir otra vez, pero con una condición—propuse y ella enarcó una ceja.—Tienes que dejarme tirar ese bicho por la ventana.
—Ni hablar—gruñó.
Me encogí de hombros.
—Tú misma bichito—dije y volví a la misma silla que se había convertido en mi nueva cama. Sí, era un gilipollas por dejarle a ella la cama, pero solo sería provisionalmente.
Por un momento pensé que seguiría insistiendo, pero ella también me ignoró y se sentó en la cama para seguir alimentando al pájaro.
Los sonidos eran tana agudos que era imposible cerrar los ojos. j***r si no cerraba el pico juro por mi vida que tiro al bicho por la ventana.
De repente dejé de escuchar los piidos del pájaro y fueron amortiguados por una voz suave que cantaba.
¿Le estaba cantando al pájaro para que se durmiese?
Una sonrisa ladeada se formó involuntariamente en mi boca. Era ridículo y me daban unas ganas terribles de meterme con ella, pero me contuve. Se salvó porque cantaba condenadamente bien y porque gracias a ella no escuchaba los ruidos del pájaro.
Así, con esa maravillosa voz mis ojos encontraron la paz.
...
Chat Noir
Sentí como algo me golpeaba el brazo con insistencia.
Abrí los ojos de mala gana y lo primero que encontré fue su rostro que me miraba con una mezcla furiosa pero con sus ojos y mejillas llenos de lágrimas.
—¡¡Has sido tú!!—me gritó, y volvió a golpearme.
Menuda forma de despertarme.
—¡No podría dejarlo estar ¿verdad?!—continuó gritando.
Sin decir ni una palabra y sorprendiéndola me puse en pie de golpe y la agarré de ambas muñecas, inmovilizándola por completo.
—¡¿Qué coño te pasa?!—le recriminé. Ahora yo también estaba furioso. Nadie me pegaba y mucho menos ella.
—¡Lo has matado mientras dormía!—me inculpó.
Al principio no sabía muy bien a lo que se refería, hasta que caí en la cuenta de o que habíamos hablado la noche anterior.
El puto pájaro...
—¡¿Por qué lo has hecho?! ¡¿Es qué no tienes reparos en matar a un bebe?!
—¡Yo no he tocado a tu pájaro!—le grité y como no dejaba de forcejear la solté y cayó a la cama. Enseguida se incorporó y volvió a encararme.
—¡Claro que has sido tú! ¡Querías deshacerte de él desde que entraste a la habitación!
—¡Quería quitarlo de en medio por esto mismo! ¡Sabía que se iba a morir! Un pájaro tan pequeño no puede sobrevivir en un entorno que no es el suyo, necesita a su madre, ella es la que tiene que alimentarlo y ayudarlo a volar ¡no tú! Por eso no dejaba de piar, porque se sentía acorralado, encerrado en un lugar que no es el suyo. Un pájaro, necesita libertar para vivir, tiene que estar en la naturaleza—solté, recordando las palabras que una vez me había dicho mi madre, las mismas palabras que me dijo cuando se murió mi pájaro.
Cuando la miré, Marinette estaba pálida con los ojos muy abiertos y enrojecidos. Mirándome estupefacta, paralizada en su sitio.
Se abrazó así misma y agachó la mirada.
—Le ha pasado lo mismo que me está pasando a mí—dijo entonces.
Y era verdad, la situación de ese animal no era muy diferente a la suya
—Le he hecho lo mismo que tú me estás haciendo a mí—dijo, y vi la culpabilidad reflejada en sus ojos.—Ahora... solo me pregunto tiempo me queda para sufrir el mismo destino que ese polluelo, él ha tardado una noche ahora veremos cuanto tiempo tardo yo en permanecer al lado de alguien como tú. Porque sobrevivir en esta habitación es algo imposible.