*Leonard Fisher*
Los fuertes gemidos de la chica que tengo de espaldas frente a mí, me indican que ya está lista para ser castigada. Saco mis dedos de su sexo y la penetro con fuerza, sacando toda mi furia y frustraciones en ella. Me molesta que no se trate de mi hermosa Samantha.
La azoto con mucha fuerza logrando que la piel de su trasero se vuelva color rojo y sacando gemidos de placer de su garganta. Sé que la estoy lastimando, pero no me importa, y a ella tampoco, a estas alturas solo siente placer.
-¡Oh dios! – grita.
Vuelvo a dar un azote haciendo que arquee la espalda y gima mas fuerte. Puedo sentir las paredes de su v****a contraerse, así que está cerca del orgasmo.
Para mi propio placer, imagino a Samantha entre mis sabanas. Sus perfectos senos rebotando, las curvas de sus caderas, su hermoso trasero, los gestos de su cara al llegar al clímax, lo sensual que suena mi nombre saliendo de sus labios en medio del orgasmo. Este ultimo pensamiento logra hacer que llegue a mi propio clímax.
-Sam... - gruño en medio del orgasmo.
Salgo de la chica (Que no me he molestado en saber su nombre) y ésta cae cansada en la cama.
-Me llamo Raquel – susurra cansada.
-Te felicito – murmuro frío.
Me levanto de la cama quitándome el condón y haciéndole un nudo para luego desecharlo.
Ha sido un buen polvo, pero nada comparado con hacerle el amor a mi reina. La necesito, no puedo estar más tiempo así. No me importa si ella quería espacio y alejarse de mí, la buscaré, y luego de volverla a hacer mía, ella me dirá a la cara si quiere irse de mi lado.
Salgo del baño con una toalla en la cintura, pero para mi desgracia me encuentro a la pelinegra aun en mi cama. Por los rayos del sol confirmo que ya es de día, estuvo aquí toda la noche y eso empieza a molestarme.
Me acerco a la mesita de noche y busco mi cartera, la chica me mira atentamente. Saco quinientos dólares y los lanzo en la cama, justo frente a ella.
-Listo, ya te puedes ir – digo seco.
Ella me mira con ojos muy abiertos.
-No soy una puta – reclama.
-Si no quieres el dinero no me importa, pero ya deberías irte.
Se levanta de la cama y se va al baño con su ropa en la mano. Yo me visto rápidamente y la miro salir del baño acomodándose el cabello.
-¿Nos volveremos a ver? – pregunta dulcemente.
Me acerco a ella, la tomo de la mandíbula y la acerco a centímetros de mí.
-No – susurro casi en sus labios, haciendo que suspire.
Se suelta de mala gana y sale de la habitación. Se que he sido muy cruel con la pobre chica, pero ella sabía que solo sería cuestión de una noche cuando la encontré en el bar.
Entro a mi despacho y marco el numero de Black en el teléfono.
-Fisher, ¿A que debo tu llamada? – pregunta al otro lado de la línea.
-¿Has sabido algo de Samantha? – cuestiono frío.
Se queda en silencio por unos segundos.
-No, yo estoy haciendo unos trabajos importantes y no he sabido nada de ella.
-Quiero que la busques – ordeno.
Carraspea antes de volver a hablar, está actuando muy extraño.
-No puedo, Fisher. Tengo trabajo de vida o muerte. – murmura.
Corto el teléfono y lo estampo contra la pared de enfrente.
¡Maldita sea!
Ruedo todo lo que está en mi escritorio haciendo que caigan al piso.
La rabia y la impotencia se apoderan de mí, no puedo controlarme, tengo ganas de matar a quien sea.
La puerta de mi despacho se abre y entra el ruso imbécil de Sergey.
-¿¡Qué quieres!? – grito.
-Calma, calma. Vine a ver como estabas ¿Qué ha paso aquí? – pregunta asustado.
Ese imbécil solo ha aumentado las ganas de golpear algo. Me acerco a él con la intención de imprimirle mi puño en su cara de idiota, pero se me ocurre una idea que me hace cambiar de actitud.
-Tengo un trabajo para ti – menciono.
-Lo que tu ordenes – murmura.
-Busca a Samantha. En cualquier rincón del mundo. Usa tus contactos, gasta el dinero que quieras, pero consíguela – gruño.
Se dibuja una sonrisa en el rostro del ruso.
-Por supuesto que puedo hacer eso – dice sonriendo – vendré a las tres de la tarde a darte información.
Le hago un gesto con la mano de despedida y el desaparece detrás de la puerta.
Espero que este Imbécil haga un buen trabajo y la traiga de vuelta.
Se vuelve a abrir la puerta, pero esta vez es mi nueva mucama.
-Buenos días, Leonard. ¿Quieres desayunar? - pregunta dulce.
Es muy bonita, rubia y de mi edad, pero no me atrae en lo más mínimo. Dejé que me titubeara, pero solo eso.
-No, Sara. Gracias – murmuro.
-¡Madre mía! ¿Qué ha pasado aquí? – se lleva las manos a la cabeza.
-Nada, solo ordénalo en cuanto puedas, por favor.
La mujer rubia asiente con la cabeza y se agacha a recoger las cosas.
Las horas pasan muy lentas, pero ya casi a las tres, me encuentro en la sala con un vaso de whisky en la mano. Unos minutos después, llega Sergey con lo que parecen ser buenas noticias.
-Habla ya – ordeno.
-¡Vaya! ¿No me invitas un trago? – pregunta ofendido.
Hago un gesto con la cabeza para indicarle donde están los tragos y él se conduce animado hacia allí.
-Listo, ahora habla – gruño.
-Fue más fácil de lo que creí – afirma.
Se toma su trago y suspira, esta haciendo que pierda la paciencia.
-Samantha está en Nueva York – dice por fin.
Esa frase hace que se me congele la sangre de las venas.
-¿Desde cuándo? – pregunto.
-Desde anoche – contesta – Según mis contactos, llegó con un hombre desde España.
Siento como si me callera un valde de agua fría.
-¿Quién es el maldito? – cuestiono con odio.
Sonríe de lado antes de responderme.
-Tu buen amigo, Black. – explica – Y eso no es todo, Estuvieron en la policía hoy en la mañana y luego él la llevó al departamento de un hombre de apellido Miller.
Esta satisfecho con el dolor que me causa cada una de sus palabras. No puedo creer que Samantha me haya dejado por Black, y no solo eso, que haya ido a ver a ese bastardo de Miller antes de verme a mí.
La furia recorre mis venas, a tal punto, que el vaso que tengo en la mano termina estampillado en la pared.
-Tráela aquí – murmuro con furia. – ya sea que quiera o no.
Mis ojos están llenos de furia y mi corazón late rápido.
-Si se pone necia, seré rudo – murmura rozándose las manos con expresión sádica.
-La tocas y te mueres – Rugí.
-Esta bien, Esta bien – alza las manos en señal de rendición – Solo la dormiré para traerla.
-Y tráeme a Black – musito con furia.
-¡Uuuhh! ¿A ese si puedo golpearlo?
Asiento con la cabeza y el ruso sale de la estancia, muy emocionado, para activar el ascensor.
Una parte de mi se alegra de que pronto la tendré en mis brazos, pero tendrá que darme muchas explicaciones para apaciguar la rabia que me consume. Por suerte también vendrá el maldito de Black, con el que descargaré todo mi odio. Si llegó a tocarle, un solo cabello, me lo va a pagar con su sangre.
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