Malika.
Silencio. Eso es lo que recibo por parte de Antxon durante un minuto exacto que se me hace perpetuo. Su rostro refleja una ligera extrañeza aún cuando niega con la cabeza.
—No, Dubois. No sé ni de qué me hablas.
Entrecierro los ojos en su dirección, intentando descifrar si me está diciendo la verdad. Al percatarme de que está siendo sincero —puesto que desarrollé la habilidad de percibir su falsedad desde que lo vi por primera vez—, le doy la respuesta que tanto ansía, pero que su orgullo no demuestra lo tanto que en serio necesita de mis conocimientos.
—Sí —ese monosílabo basta para que me señale la puerta, indicando que ya puedo irme.
Cuando salgo al pasillo, expulso una bocanada de aire que ni sabía que estaba conteniendo. El cosquilleo de mi entrepierna no cesa, siento un escalofrío impetuoso esparcirse a lo largo de mi piel, ¿qué es esto?
«Sabes perfectamente lo que es»
—Hey, chica —un profesor que no conozco toca mi hombro al pasar por su lado.
—¿Sí, dígame? —volteo a mirarlo, interesada por el motivo de su interrupción a mi caminata.
—¿Podrías llamarme al profesor Antxon? Está en el aula número ocho.
«Ohh, sé perfectamente dónde está, casi tengo un clímax por su culpa...»
—Claro —asiento, caminando en sentido contrario.
Sin tomarme la molestia de avisar mi llegada, entro para informarle a Cameron que el profesor no-sé-quién lo está llamando, pero quedo estupefacta cuando lo veo sentado sobre el escritorio... No, eso no es lo que me dejó boquiabierta, el motivo fue la revista Playboy que ojeaba cuando pasé, y que ahora ha dejado a un lado para ocultarla inutilmente de mi vista.
—¿Ese...? —dejo la pregunta en el aire.
—Sí —Antxon asiente, adivinando lo que iba a formular—. Sí, y puedo explicártelo —relame sus labios, su rostro ha palidecido tanto como el de Samantha cuando le hizo saber que sabía que estaba follando en el despacho del conserje—. Puedo explicartelo cuando quieras, excepto ahora. No vayáis a armar un escándalo, por favor.
Ladeo la cabeza.
—No pensaba hacerlo —luego suelto una risa nerviosa—. Debo admitir que me sorprende haber descubierto su doble vida, profesor Antxon. Pero no soy una soplona, puede dormir en paz esta noche, sabiendo que puedo guardar el secreto de su indecente identidad.
Él me mira, mostrando una vergüenza genuina por haberlo pillado infraganti. Pero asiento con la cabeza para asegurarle que puede confiar en mí.
«¿Desde cuándo eres condescendiente con el tipo que te desagrada?» No lo sé, pero no soy una chismosa.
—¿A qué volviste? —cambia de tema adrede.
—¿Eh? —inquiero, aún embobada por la situación.
—Viniste otra vez, ¿a qué? —reitera la duda.
—Ahh, si —rasco mi cabeza, tensa—. Es que un profesor me ha mandado a llamarte, te está esperando en el pasillo.
—¿Qué profesor? —inquiere, guardando la revista en su maleta de mano.
—No lo conozco, es uno renchoncho con lentes.
—Ahh, ya —camina hacia la salida—. Ya puedes irte, nos vemos el miércoles.
—Oh no, Cameron, yo me quedo —lo contradigo, tomando asiento en el mismo pupitre de hace unos minutos—. Esperaré a que atiendas al profesor, ve planeando tu mejor explicación, porque de aquí no me pienso mover.
Él se pone rígido para reclamarme algo, pero con solo arquear la ceja le recuerdo que no está en condición de retarme. ¡Me siento gloriosa! Tal parece que el asunto que he descubierto es muy íntimo y personal para él. Ja, ja, qué divino se siente tener un poco de control sobre alguien que es, de alguna manera, superior a ti.
—Ajá —es lo que emite Cameron para luego resoplar y acudir al llamado del profesor desconocido.
***
Han pasado más o menos cuarenta y cinco minutos desde que Antxon salió del aula. Tengo las nalgas adormecidas, pero soy una chica de cumplir lo que digo, y de aquí no pienso moverme.
El chisme está tan bueno que ni siquiera me importa saber que me estoy perdiendo una clase al estar aquí sentada.
Diez minutos más bastan para que un Cameron cruce el umbral con un semblante despreocupado, semblante que desaparece al percatarse de mi presencia.
—¿Qué haces aquí?
Me cruzo de brazos.
—¿Acaso no tienes retentiva? —me toco un costado de la cabeza con el índice, burlista —Me parece que te he dejado muy en claro que te esperaría.
Antxon rasca su nuca con un notorio fastidio plasmado en el rostro.
—Disfrutas de esto, ¿no es así? —me mira con un repudio no tan actuado.
—¿De tener algo con qué sobornarte si continúas jodiéndome la vida? Oh, sí. No tienes idea de cuándo éxtasis me da —le aseguro, acomodándome sobre el asiento y haciendo un ademán con la mano—. ¿Y bien?
Mi profesor camina de un lado a otro, pensativo, tal vez buscando la explicación más adecuada para darme. Pero no creo que hayan muchas ideas para maquillar la crudeza de lo que debe confesarme. Lo vi, ¿no? Sólo quiero que me cuente el por qué vi eso, y por qué tiene tantos secretos.
Lo sabía, sí dicen por ahí que "Ojo de loca no se equivoca" y cuánta razón tiene. Desde el inicio de su primera clase, supe que Cameron Antxon es un hombre con muchos secretos. Y, aunque no tenía ni el más minúsculo interés por descubrir su misterio, mi perspectiva de las cosas ha cambiado ahora que me ha demostrado que no es tan imbécil.
Cameron arrastra un pupitre para sentarse frente a mí, rompiendo por completo el órden reglamentario del aula.
—Soy artista porno —suelta, así sin más—. Trabajo para la página vidporn.hot.
—¿Y es por eso que tienes tanto dinero? —inquiero, fingiendo desinterés al mirar mis uñas, cuando la verdad es que por dentro me muero por saberlo todo.
—Tengo dinero por una herencia que me dejó mi madre hace años, pero la industria porno me genera una fortuna casi igual de grande.
—¿Y por qué estás aquí?
—Ya te lo dije —suspira, mirando hacia cualquier sitio que no sea mi cara.
—Ya no sé qué creerle, señor Antxon. En menos de cinco horas, ya he descubierto muchas de sus mentiras —pongo una mueca de pesar—. Así que, si de verdad necesita de mí, supongo que estaría dispuesto a pagarme un poco más.
Él arquea una ceja, poco crédulo.
—Dijiste que me ayudarías si te daba una respuesta, y ya lo hice. ¿Pretendes hacerme pagar más cuando ya hemos firmado un contrato apalabrado?
Quitando la mirada de mis dedos, me centro en cada facción de su rostro, lo observo sin pena, grabando cada milímetro de su cara en mis retinas. Su mandíbula recta, sus cejas pobladas, sus labios carnosos y rocáseos, sus ojos tan verdes como el olivo, las pestañas espesas que arropan sus esmeraldas... Su barba perfectamente marcada, su largo cabello penumbroso.
Me levanto de mi puesto lentamente, tomándome el atrevimiento de escanear su superficie. No es tan fornido, pero algunos músculos sí se le notan en los brazos; mide aproximadamente un metro ochenta y seis, las venas se marcan en sus pálidos brazos cuando hace un mínimo esfuerzo.
«Si así son las ramas, cómo será el tron...»
Agarro la regla de madera del escritorio y me acerco hacia él, la paso por sus hombros y la sitúo debajo de su barbilla para que me dé la cara, tal y como él me obligó a verlo hace una hora.
—No le estoy cobrando por mi enseñanza, señor Antxon, sino por mi silencio —le hago saber, finalmente.
—Tu astucia me cae mal —resopla, rendido—. Bueno, ¿qué quieres?
—Hablemos primero de lo que quiere usted —alzo la comisura de mis labios.
—Ya te he dejado claro lo que quiero, Malika. Que me compartas tus conocimientos, ¿estás segura de que no estás sorda?
Lo abofeteo con la misma regla, sus labios apretados por la molestia me causan diversión.
Ya mi corazón no se acelera por el odio que todavía siento hacia su personalidad tan pedante, una sensación más incómoda se presenta en mi intimidad. Y necesito calmar lo que tanto aclama mi cuerpo desde que Cameron y yo nos hemos quedado solos en el aula.
—Dijiste que puedo pedir lo que sea, ¿verdad? —finjo inocencia.
—Tampoco lo que sea... —intenta corregir—. Pero sí una cantidad de dinero con los céntimos que desees.
—¿Por qué es tan importante para ti? —cuestiono.
—¿El qué?
—Esto —señalo el salón vacío con la regla—, ¿por qué lo haces?
Él se levanta del pupitre con una mano en la sien, harto de los rodeos que a le causan placer a mi orgullo.
—Soy una falsedad andante, Dubois. Pero si en algo no te he mentido, es en la historia del por qué estoy aquí. Carolina es la única familia que me queda después de la muerte de mi mamá, y estoy aquí porque ella me lo ha pedido de corazón. Nada más.
—Mhmm —emito, caminando hacia su escritorio.
Sabiendo que ya existe una especie de confianza conveniente entre nosotros, abro su maleta de mano y extraigo la revista que ha armado todo este revuelo. Miro su imágen en la portada, lleva todo el cuerpo descubierto con un sombrero vaquero tapando su zona íntima. Detrás de él, dos chicas exageradamente operadas visten pantys con estampados de piel de vaca, y sus senos van descubiertos, dejando a la vista sus pequeños y rosáceos pezones.
A un costado de la portada, se encuentra el nombre de la dichosa página y una que otra información que me resulta irrelevante.
—Danger Xannto, eh —bromeo, regresando la revista a su sitio—. ¿No se te ocurrió un pseudónimo más interesante que hacer de tu apellido un anagrama?
—¿Qué tiene de malo? —es lo único que contesta —Igual, gran parte de mi personalidad se la debo a mi trabajo nocturno.
—Mhmm, bueno... —exhalo, tomando asiento en el pupitre, colocando una pierna sobre la otra para apretar la sensación lujuriosa que me transmitió la imágen del hombre semidesnudo, ¡¿Qué coño me ocurre?!—. No soy de criticar preferencias, señor Antxon, pero he de admitir que me lo imaginaba más creativo.
—¿Imaginas cosas de mí? —inquiere con el egocentrismo abriéndose paso entre la atmósfera.
—Parece que estás mal interpretando mis palabras, como siempre —le reprocho, negando lentamente con la cabeza—.
Tienes argumentos muy eficases a la hora de reprender a un estudiante, pero careces de originalidad a la hora de crearte un apodo con el que podrías ser conocido.
—Ese anagrama me ha traído ingresos suficientes como para hacer millonaria a mi descendencia, y a la descendencia de mis descendientes. ¿Qué has generado tú con esas líricas que utilizas para criticar, Dubois?
«Ja! Justo en la moral»
—Odio tu manera de contraargumentar —rechisto entre dientes, rodando los ojos.
—Pero te excita odiarme —asegura, acercándose—. ¿Crees que no noto cómo aprietas las piernas, Malika? Eres una asocial de mierda que se cree demasiado para entablar relaciones con cualquiera, y ahora que tu profesor de biología se ha acercado a ti más allá de lo estrictamente profesional, tu cuerpo reacciona de manera impetuosa y contradictoria a tus principios.
»Has intentado controlarte conforme pasan los minutos, pero déjame decirte que noté tu insinuación disimulada al querer hacer un nuevo trato con la excusa de venderme tu silencio.
Se pone de cuclillas a mi lado, su aliendo rozando mi oído de manera incitante.
—Sé que no ibas a pedirme dinero, Malika Dubois. No eres la única capaz de leer a las personas.
Al levantarse, hace un extraño y rápido movimiento sobre mi corbata, consiguiendo quitar el nudo.
Maldición. Quería que me desnudara el cuerpo, no los pensamientos. ¡Ahora la condenada taquicardia hace estragos en mi pecho!
—Pídeme cualquier cosa, Dubois —me hala la corbata, haciendo que me incline hacia adelante—. ¿Clases prácticas de sexualidad? ¿Eso quieres?
Como estoy sentada y él de pié, luce imponente desde mi lugar. Y, en este momento, es donde ambos tenemos un inefable control sobre el otro.
¡Quiero abofetearlo por ser tan malditamente ágil! ¡Odio que sus incinuaciones me prendan de esta manera! ¿Es posible odiar una personalidad, pero que la fantasía de estar con su portador te moje las bragas? Sí, es muy probable, y yo estoy siendo la prueba viviente de ello.
Me encanta la forma en que sus argumentos me cierran la boca, me excitan sus ojos lascivos sobre mí. Los labios con los que me acaba la paciencia, son los mismos que ansío probar. Las manos con las que me ha quitado dos puntos en una evaluación son las mismas que quiero sobre mi cuerpo. Esas esmeraldas con las que me desaprueba, son las mismas que esperan a mi respuesta.
Y como también quiero tener placer bajo su dominio, le imploro que apacigüe esta candela que se aviva cada vez más debajo de mi falda. Con tan solo dos palabras, me entrego a su merced:
—Sí, enséñame.