Violento desahogo.

3337 Palabras
Malika. El fin de semana transcurrió de manera bastante agradable para mí, después de acompañar a Franchesca a su trabajo, regresé a casa para entregarme a los brazos de Morfeo. El sábado la pasé estudiando innecesariamente para mi exámen de biología acerca de Las leyes de Mendel, y el domingo salí con mi tía al cine. Los días de la semana fueron relativamente regulares, tuve varias ocupaciones con mis materias, pero nada que se me escapara de las manos, ser una estudiante promedio trae buenas influencias, al menos las suficientes como para que la profesora de informática me echara una mano al colocarme un punto extra. Justo ahora, estoy sentada sobre mi pupitre mientras hago garabatos en la última hoja de mi libreta. Me quito la bufanda del cuello cuando la calefacción hace efecto en mi piel, este año el invierno ha llegado con todo. —Buenos días, chavales —la voz del señor Antxon llega a mis oídos, me levanto por inercia y regreso a mi puesto luego de corresponder a su saludo. Tras cerrar la puerta, lo veo quitarse el abrigo impermeable y colocarlo en el espaldar de su silla. —¿Listos para el exámen? La mayoría de mis compañeros le contestan de manera afirmativa, mientras que otros pocos se limitan a asentir con la cabeza, pertenezco al segundo grupo. —Muy bien, coloquen sus bolsos junto a mi escritorio, no quiero que intenten hacer trampa, eh. Algunos rostros palidecen ante aquella petición, yo simplemente agarro mi mochila y la coloco donde el profesor lo ha pedido. Al regresar a mi puesto, escucho el chillido de las visagras. —Buenos días —saluda mi compañera, Samantha. Tiene la corbata del uniforme mal hecha y el cabello algo despeinado, ni hablar de su labial corrido. —¿Es consciente de que llega tarde, señorita Cardona? —el profesor la mira con un semblante hermético. —No he oído la alarma, profesor. Disculpe el inconveniente, no volverá a ocurrir. El señor Antxon arquea una de sus cejas pobladas y se interpone en el camino cuando Samantha hace el ademán de ir a su puesto. —Y por su aspecto, he de señalar que tampoco ha leído las normativas del instituto —alza la barbilla, haciéndolo lucir imponente—. En ninguna parte del reglamento dice que queda prohibido recibir un "buenos días" sexualizado dentro del cuarto de limpieza, pero estoy seguro de que el director no estará emocionado de oír mi testimonio, el cual relata que la vi llegar temprano junto a su novio, y que casualmente ha entrado seis minutos tarde a mi clase, con el uniforme desarreglado. Samantha abre los ojos como platos mientras balbucea vanos intentos de contradecir el argumento del profesor. Yo cubro mi boca para que mi jadeo de impresión no sea audible. —Se la dejaré pasar, Cardona —pronuncia el profesor, apiadándose de mi compañera que permanece más pálida que una hoja—. Vaya a la oficina del director y me trae un pase, de otra forma no la dejaré entrar a mi clase. Eso es sólo para que no se pierda el exámen, igual la tacharé como inasistente. La rubia aprieta los labios y sale a paso apresurado del aula. El profesor comienza a pasearse por las filas para dejar la hoja de exámen con las preguntas impresas sobre cada pupitre. Hago el ademán de tomar mi lápiz para colocar mi nombre en la esquina de la hoja, pero me percato de que me he olvidado de sacarlo. —Profesor —pronuncio, colocándome de pié—. Buscaré un lápiz en mi mochila, he olvidado sacarlo antes de entregársela. El susodicho se acerca hacia mí. —¿No han pasado ni dos minutos y ya quiere engañarme para copiarse, señorita Dubois? —¿Qué? No —contesto de inmediato—. Le aseguro que se me ha pasado tomarlo. Él se planta frente a mí y examina mi rostro con sus ojos verdosos, intentando encontrar algún gesto que delate mi presunta mentira. —Se supone que debe estar preparada antes de dejar la mochila. Presume de sus alto intelecto, ¿pero no puede hacer uso de su única neurona al recordar que necesita un lápiz para realizar una evaluación? Mi corazón late rápido por la impotencia, nunca he tenído problemas con ningún profesor, ¿cómo es que él quiere crear un inconveniente por un estúpido lápiz? Hago acopio de mi educación y abro la boca para insistir. —Señor Antxon... —Dígame cuál es su mochila y le pasaré el lápiz, señorita Dubois. No me sorprendería que haya querido cuestionar mi enseñanza la semana pasada solamente para joder y que, en realidad, no tenga ningún conocimiento acerca del tema. «¡Gilipollas!» alejo de mi mente el impulso de gritarle a la cara. Cierro los ojos un momento para reunir calma, el que me contradigan sí que colma mi paciencia, así sea por nimiedades. —Es la de color vinotinto de la derecha —le señalo mi mochila y él se dirige hacia ella—. Y permítame hacerle saber, señor Antxon, que está usted cometiendo una falta al acusarme de mentirosa por algo tan insignificante como un lápiz. —¿Está diciendo que estoy actuando de manera poco ética, señorita Dubois? —me lanza una mirada reprobatoria, pero no logra intimidarme, no cuando mi reputación escolar está en juego. —Esas no son las palabras que han salido de mi boca —le hago saber—. Pero sí, profesor, se está equivocando al poner en duda mis palabras cuando le he asegurado que no tengo ninguna intención de copiarme. —¿Me está llamando mentiroso? Observo a mi alrededor, todos simulan estar concentrados en sus exámenes cuando en realidad están muertos por saber cómo acabará esta discusión. —Nuevamente, esas palabras no han salido de mi boca. —A la oficina del director —pronuncia, antipático—. Ahora. Una alarma invisible se enciende en mi cabeza, tanto que puedo imaginar a mis emociones transformadas en muñecos, corriendo de un lado a otro por una alerta rota, algo así como en la película Intensamente. —Pero si yo no le he faltado el respeto... Estoy completamente segura de que no ha sido así. —Obedezca, Dubois. —Pero... —¡He dicho que me acompañe a la oficina del director! ¿Qué parte no ha entendido? —me mira con severidad—. ¿Es que, aparte de sabelotodo, también es sorda? En vez de encogerme, le regreso la mirada, desafiante, ¡no puede joderme de esta manera! Al final, termino acompañándolo a la dichosa oficina, ya que ha amenazado con suspenderme durante tres días hábiles, y eso sí que no. Tras haberle dado mi testimonio al director del plantel, él nos mira a ambos con las manos entrelazadas, en busca de una solución. —No ha sido nada grave, por lo que no la suspenderemos —exhalo con alivio—. Pero tendré que citar a sus representantes, deben estar al tanto de lo que ha ocurrido. Y este es el momento donde pienso que una suspensión habría sido mejor. *** Observo el techo blanquecino de mi habitación con un aburrimiento tremendo, y también con la impotencia aún carcomiéndome las entrañas. Me dejaron contestar las preguntas del exámen, pero restándome dos puntos por tener la supuesta intención de sacar chuletas. Después de la citación, mis padres me han castigado de manera injusta dizque por haber faltado el respeto de un superior. La relación con mis padres no es muy buena que se pueda decir, los dos me exigen demasiado academicamente, alegando que el estudio es la única inversión de sus bolsillos que vale la pena. Ojalá pudieran permitirme explicarles que estoy conforme con ello, pero que un poco de afecto no hace daño a su presupuesto. A pesar de ser hija única, siento que sus ocupaciones son más primordiales para ellos. Alguien toca a mi puerta, de seguro es uno de ellos para reprocharme nuevamente mi falta de hoy en el instituto. Me levanto para abrir, ya que he colocado el pestillo por la razón de que no me interesa oír más de sus reclamos. —¿Qué haces aquí? —inquiero con el ceño fruncido al abrir la puerta y encontrarme a mi tía sosteniendo dos bolsas XXL de doritos y un paquete de seis cervezas —Estoy castigada. —Yo también me alegro de verte —ironiza, abriéndose paso a mi habitación—. Podrás estar castigada, pero no subestimes mi poder de convencimiento. —Ja, sobre todo —pongo los ojos en blanco—. Claro, alabo tu poder de convencimiento, considerando que mi padre se la pasa diciendo que sóis una mala influencia y sospecha que tenemos una relación lésbica e incestuosa. Franchesca se lanza en mi cama después de quitarse su abrigo. —Está bien —me da la razón—, entré por la ventana del baño. ¡Pero no podía posponer nuestra pijamada, recuerda que los viernes hacemos maratón de Keeping of white the Kardashian! Y, no tengo ni la menor intención de desmentir la sospecha de mi hermano, podemos tijerear cuando gustes, sabes que soy mente abierta a todo. —Oh, cierra la boca, Fran —espeto, poniéndole el seguro a la puerta otra vez. —¿Qué te ha pasado exactamente? —cuestiona, abriéndose una lata de cerveza y metiendo el resto en el mini refri. Me siento junto a ella en la orilla de la cama y me meto un puñado de doritos a la boca después de abrir la bolsa. —¡Es ese estúpido de Cameron Antxon! ¡No se cansa de joder! —Mhmm, ¿nuevo archienemigo? Del odio al amor... —¡Es mi maldito profesor de biología! Menudo gilipollas, cabe destacar. Escucho a mi tía chasquear la lengua, robándome la bolsa de doritos para atiborrarse también con la maravillosa creación de frito-lay. —¿Quieres ir a lanzar huevos a su auto? —ofrece. —¡¿Qué?! —exclamo, furibunda— ¡Quiero partirle la cara con mis propias manos! Quiero, quiero... ¡Agh! ¡Maldito cabrón! —Shhh —emite—. No me metí por la ventana para que me delates con tus gritos histéricos. —Lo siento —me disculpo, suspirando consecutivamente—. Sí, verdad. Qué estúpida. Mejor vamos a comenzar con el maratón. —Wow wow wow —me arrebata el mando de las manos—, de eso nada. Nunca te había visto tan molesta, tengo que sacarle provecho a este momento. —Sigo castigada, Fran. No te pongas creativa —le recuerdo, extendiendo mi mano para que me regrese el mando de la televisión —Booohhh —abuchea—. Vamos, tus padres son tan anticuados que ya deben estar en el quinto sueño, hagamos algo divertido que implique saltarnos sus reglas. Dudo un momento, recordando que, de todas formas, Franchesca siempre termina arrastrándome a sus cosas locas. —¿Tengo otra opción? —inquiero. Ella aplaude, emitiendo a la vez un chillido. Luego se levanta para meterse en mi clóset y escogerme un outfit que al rato terminaré rechazando por ser muy atrevido. *** —Entonces, ¿dónde vamos? —inquiero al aterrizar sana y salva sobre el césped del jardín trasero, después de haber saltado por la ventana del baño. Miro hacia arriba un momento... —¿Cómo conseguiste trepar hasta allá arriba? Ella abre los ojos al límite, asustándome un poco. —Si te digo, ¿me prometes que guardarás el secreto? —inquiere con un tono serio. —Ehh, ajá —la veo con un atisbo de confusión. Ella acerca su rostro al mío y me susurra al oído: —El tatuaje me dio habilidades arágnidas. —Ay, sí eres estúpida. No puedo creer que me asustaste —me alejo de ella, fastidiada por su ataque de risa con sonidos de cerdo. Las dos mis dedicamos a caminar bajo la luz de los faroles y el canto de los grillos. Fran tararea una canción que desconozco mientras yo me limito a andar con las manos enguantadas, ocultas también en los bolsillos de mi suéter. —No me has dicho para dónde vamos —comento cuando ya hemos caminado un par de cuadras. —Tampoco te pienso decir —es lo que me responde antes de seguir tarareando su canción y moviendo la cabeza cuando se le olvida alguna parte de la letra. Después de varios minutos, nos detenemos frente a una especie de tasca. Pongo una mueca de disgusto al ver a algunos hombres recostados afuera, y a un vagabundo riendo junto a ellos, como si estuviesen conversando con él. Las paredes están desgastadas y hay mucho ruido dentro. Agh, mi tía y sus sitios de mala muerte. Cuando entramos, esquivamos a unos cuantos borrachos y tomamos asiento en unos taburetes de madera frente a la barra. —¡Tony, amigo! —le exclama al bartender con aspecto de malote. Tiene músculos en los músculos, casi literal. Es alto y exageradamente fornido, tiene algunos tatuajes en el cuello y está rapado. Casi me causa gracia verlo limpiando un vaso por lo grandote que es. —Dame dos cervezas, una ración de papas fracesas, una carterita de tequila y... —Fran se dirige hacia mí—. Malik, ¿tú qué vas a pedir? Menuda perra, ¿de verdad pensaba hartarse ella todo eso? Ruedo los ojos. —Una cerveza estaría bien —contesto. —Que sean tres cervezas, estimado amigo —pronuncia mi tía y el hombre se pierde de nuestra vista para buscar el pedido. Cuando vuelve, el tipo llamado Tony se pone a hablar con nosotras como si fuésemos sus amigas más íntimas. No quiero ser descortez al ignorarlo, pero la verdad es que no me interesa que haya roto con su novio porque lo cambió por una mujer. Mientras bebo de mi cerveza, me mantengo viendo la partida de billár que se echan unos hombres al otro lado del local. —... Y por eso hemos venido, ¿verdad, Malik? —mi tía concluye una explicación a la que he sido ajena durante todo el rato. —Ajá, sí. Lo que dice ella —le doy la razón a lo que sea que haya estado diciendo. —Bien, vengan —Tony nos hace un ademán para que lo sigamos. Yo acompaño a mi tía sin entender nada, pues me da pena preguntar que para dónde vamos cuando supuestamente los estaba escuchando. Lo cierto es que nos adentramos a un pequeño cuarto donde la única iluminación proviene de una lámpara alógena que cuelga del techo, destilando apenas un destello tenue. —Ten —Tony me ofrece unos guantes rojos de boxeo y yo los recibo con extrañeza. —Ahí está el saco, cariño. Destrózalo como si fuese la cara del tal Cameron —Fran señala un enorme saco que cuelga del techo mientras se enciende un cigarrillo. Ante la mención de mi estúpido profesor, una rabia controla cada uno de mis movimientos al colocarme los guantes y caminar hasta el dichoso saco. Recuerdo a Antxon desde la primera clase donde percibí la hipocresía en su saludar. Golpeo, a pesar de haberlo hecho con ganas, el saco ni siquiera se tambalea. Sus estúpidos ojos verdes, golpeo. Que rabia no poder negar que son atractivos. ¡Su maldita falsedad! Vuelvo a golpear. Su condenada manera de contraargumentar mis palabras, ¡golpeo! Me molesta que se aproveche de ser mi superior para callarme la boca. ¡Su cabello! Agh, no sé qué tiene su cabello, pero vuelvo a golpear el saco. Me cae tan mal que quisiera poder transformar sus cualidades en horrorosos defectos. —¡Dale más duro, chica! —me anima el tal Tony, recostado de la pared. —Déjala, créeme que ya está llena de bastante odio —contesta mi tía a su lado. Suelto un grito de impotencia mientras lanzo también un rodillazo que debió haberse visto patético, pero no me importa, se siente bastante bien descargar la ira de esta manera. Al voltear hacia mi tía, visualizo que está pasándole humo al tipo descendiente de Hércules, decido ignorarlos para continuar con lo mío. ¡Maldito Cameron Antxon! Golpeo con todas las fuerzas que logro reunir, ¡odio que su arrogancia me llame la atención! ¡Joder! Odio que mi órgano vital se acelere cuando pienso en mi profesor de biología, y no precisamente por el desagrado que le causa a mi moral. Jodido c*****o. *** Después de tomar otro par de cervezas, Fran y yo regresamos a casa para desvelarnos con el sagrado maratón de nuestro reality favorito. —¿Te sientes mejor? —me pregunta, abriéndose una lata de cerveza. —Sí —le contesté con toda la sinceridad—. Gracias, sóis la mejor —me inclino y le doy un beso en la mejilla. —Lo sé, lo sé —se vanagloria—. Después de todo, yo fui quien te enseñó el reality de las Kardashian, me debes mucho, eh. —¡¿Qué más te puedo deber?! —la golpeo con una almohada—. Eres tan molesta con ese fanatismo que de tanto joder durante nueve meses, conseguiste que mis padres me llamasen como un personaje del programa. —Que mal agradecida, tía —resopla—. Ellos querían llamarte Kimberly, es mi favorita de todas, pero ya el nombre es muy común —le da un trago a la cerveza y luego continúa—. Mhmm, que Malika está re cool, ¿no? No le contesto, me limito a bostezar a propósito para que se dé cuenta de que tengo sueño. —¿Te vas a quedar? —La pregunta ofende —es lo que responde. —Ayudame entonces a tender la cama —le pido, levantándome para sacar todas las almohadas. Franchesca saca los peluches mientras yo sacudo con una funda las migajas que han caído en el colchón. —¿Y eso? —la escucho preguntar. —¿El qué? —me vuelvo hacia ella, ceñuda. La observo colocarse de cuclillas y observar el piso con detalle. Al incorporarse, mira con estupefacción una especie de cadena. —¿De dónde lo has sacado? —¿Qué? Jamás lo había visto. Presta —ella coloca la cadena en mi mano y ambas la observamos monuciosamente. —Joder, que esto ha de costar una pasta —pronuncia. Es una gargantilla de —lo que parece ser— oro blanco, los eslabones son brillosos y delgados, y un dije en forma de serpiente cuelga del centro. —Nunca lo había visto, te lo juro —le digo. Ella chasquea la lengua. —¿Cómo puedes olvidar el detalle de que en tu habitación tienes algo como esto? —me arquea una ceja —Decidme de dónde lo has sacado, sabéis que estoy dispuesta a ser vuestra cómplice para cualquier cosa. Rasco mi cuello, sin perder de vista la cadena tan costosa. ¿Cómo pudo haber llegado a mi habitación? No, ¿cómo pudo haber llegado exactamente a mi colchón? Paso saliva y miro hacia la ventana, ¿será que alguien se ha colado mientras dormitaba y la habrá escondido aquí? Una sensación de paranoia se implanta en mi pecho. —¿Me la regalas? —escucho inquirir a mi tía. —¿Acaso no te das cuesta de lo peligroso que puede llegar a ser esto? ¡Ni siquiera sé cómo llegó aquí! —Pero está en tu cuarto, y vuestra vida social es tan minúscula que solamente pude haberla puesto yo, y las dos sabemos que yo no tengo dinero ni para rentar un piso. Tiene razón... —Estoy cansada, Fran. Si quieres, podemos seguir hablando de esto mañana. —Como quieras. Aún con una sensación desagradable en mi pecho, cierro la ventana de mi habitación y me meto entre las sábanas con Fran abrazada a mi torso, como si la cama no fuese bastante ámplia.
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