CAPITULO V - APRENDER A PERDONAR (segunda parte)

2755 Palabras
- Yo me voy a dormir – dijo Ramón – que descanse niño – le palmeó el hombro y se retiró, David llevó cosas a la cocina y Raquel se quedó a solas con Valentín. - Estas mal – le dijo ella, el asintió con la cabeza nada mas – se te nota en los ojos que tu alma carga con un dolor muy grande, tenés mucho resentimiento dentro tuyo. - Tuve una vida difícil – dijo para justificarse. - ¿Y quién no? – Le dijo ella – todos tenemos una cruz Valentín, todos hemos sufrido pérdidas y derrotas que nos marcaron para siempre, lo que importa es que hacemos frente a eso. Si nos dejamos cegar por la ira y culpamos a todos por nuestras desgracias o si las superamos, nos fortalecemos y buscamos la manera de ser felices. - Vos sabes todo lo que yo pasé – dijo él empezando a enojarse de nuevo, ella no entendía lo que el sentía. - Si lo sé – dijo decidida – yo vivía aquí, vi como tu mamá se fue apagando hasta morir finalmente y como tu abuelo se murió de tristeza y dolor por ella – él la observó con la mirada cargada de rabia – pero también vi como el señor se desvivía por vos, como te enseñó a montar a caballo, a andar en bici, te enseñó a jugar tenis – Valentín cerró los ojos recordando esos momentos y luchando por no hacerlo – como entre los dos te enseñaron a leer y a escribir correctamente ¿te olvidaste de las noches que tu mamá te columpiaba en el árbol cuando tenías pesadillas? – él lo recordaba, no quería hacerlo pero le era inevitable, las imágenes de su madre riendo con él en su regazo, meciendo la hamaca, la sensación de sentirse querido y seguro. Como su abuelo le mostraba todo lo que él sabía y las veces que le había dicho que era su orgullo, esos habían sido los mejores años de su vida, y luego de sus muertes todo se había vuelto gris y oscuro para él. Nada le importaba, nada le hacía sentir felicidad, solo el odio y el resentimiento ocupaban su corazón. Hasta que la conoció a ella y con esos ojos azules comenzó a derretir un poco el hielo que tenía en su pecho, pero esa sensación de ser feliz, no la había vuelto a experimentar ni en su mejores momentos juntos – no tiene nada de malo llorar a nuestros seres queridos – le dijo notando que él contenía las lágrimas que querían abandonar sus ojos. - Llorar es para los débiles, además ellos me abandonaron, no me quisieron lo suficiente para quedarse conmigo, no quiero llorarlos – dijo con la voz ronca, apretando los dientes para contenerse. - No – dijo ella – solo alguien muy valiente es capaz de reconocer que le duele lo que vivió y se siente triste por ello, lo más fácil es enojarse y culpar al mundo, es más simple reprimir lo que sentimos que reconocerlo. - ¡Vos no sabes nada! – dijo como pudo. - Yo sé más de lo que crees – le dijo y le sujetó la mano, Valentín abrió los ojos y la miró, ella le mostraba una imagen dentro de un relicario que colgaba en su pecho – ella es mi hija menor – le dijo con lágrimas en los ojos – ahora tendría que tener 10 años, se llama Isabel, y murió cuando tenía seis – le dijo y él se sorprendió – una enfermedad con la que nació, no había nada por hacer – se limpió las lágrimas que rodaban por sus mejillas – fue un infierno para mí – dijo sincera – me enojé con todos, con los médicos, con la vida, con Dios, no quería ver ni hablar con nadie, me la pasaba llorando pero de odio, no de tristeza, porque para mí era una injusticia que ella no estuviera conmigo, que me la hubieran quitado – suspiró para intentar cortar el llanto – mi familia se distanció, yo no notaba que todos sufrían, que yo no era la única que había perdido a mi pequeña. David también había perdido a su hija, mis hijos habían perdido a su hermanita y mi padre a su nieta, pero yo era egoísta y solo pensaba en mi dolor y los maltrataba a ellos, para descargarme – se quedó en silencio para calmarse un poco – un día me llamaron del colegio de Daniel para decirme que había tenido un accidente, casi me muero al saberlo. Corrí hasta el hospital y el alma me volvió al cuerpo cuando vi que solo era un golpe pequeño por una caída, pero eso me hizo darme cuenta de lo mal que estaba lidiando con la muerte de mi hija, estaba tan cegada por la rabia que no veía todo lo bueno que aun tenia. Esa noche fui al cementerio y lloré con el corazón en la mano sobre su tumba, por primera vez derramé lágrimas de dolor y tristeza y me sentí liberada y lista para seguir con mi vida. Jamás voy a olvidarla, ni va a dejar de doler su partida, pero tuve que aceptar que se había ido, y que algún día nos íbamos a reencontrar de nuevo, pero mientras tanto tenía que vivir mi vida aquí, junto a mi familia que sigue a mi lado y que me dan una razón para sonreír todos los días. - Yo no sabía – dijo muy apenado – disculpa. - Esta bien – le dijo ella – solo quería que supieras que se puede salir adelante, y que si dejamos que la rabia guíe nuestras vidas nunca vamos a ser felices y todos los que nos quieren van a ser infelices al lado nuestro, yo sé que la muerte de tu madre y de tu abuelo te marcó, supe lo de la internación en el hospital psiquiátrico, lo del reformatorio – el asentía – pero ahora tenés la oportunidad de ser feliz y para que eso suceda tenés que dejar atrás tu pasado Valentín, tenés que perdonarlos y perdonarte a vos, es la única manera. - No sé si pueda perdonarlos – dijo apretando los dientes – y que me perdone – negó con la cabeza – me parece imposible, las cosas que le hice a mi familia. - Si vas a poder – le dijo ella, acariciando su brazo de manera fraternal – solo tenés que buscar en tu corazón y lo vas a hacer. No dejes que la vida se te pase y te quedes solo y amargado pensando en cómo podrían haber sido las cosas si hubieras actuado diferente, podes recuperar a tu familia – el negó – tu hijos siempre van a ser tus hijos – dijo segura – y tu mujer te puede perdonar o no, pero no te quedes sin intentarlo, si ella no puede perdonarte está bien, pero que sea después de que agotaste todos los recursos y le demostraste de todas las maneras posibles lo arrepentido que estas, solo así vas a conseguir tranquilidad para seguir tu vida, pero antes de pedirle perdón a ella, tenés que perdonar vos – se puso de pie – tenés para pensar muchas cosas, y creo que venir aquí fue una gran decisión, llegaste en el momento justo. - Gracias – le dijo sincero, ella sonrió – en eso ultimo tenés razón, era necesario venir al lugar donde comenzó todo. - De nada – respondió – ahora anda a meditar lo que vas a hacer, y hazme el favor de dejar de colocar boca abajo las fotos de la casa. - Voy a intentarlo – dijo él sonriendo levemente. Se fue a la cama, pero no a la suya decidió que esa noche dormiría en la habitación de su abuelo, desde que él había fallecido que no entraba allí, pero necesitaba sentirlo cerca, el lugar estaba como lo recordaba, afortunadamente no habían reemplazado nada, solo las máquinas de hospital habían desaparecido. Después de una breve recorrida se recostó, hecho una bola en el centro de la cama, y en la mesa de noche vio un retrato de ellos tres, sonriendo felices. Recordó ese día, era la primera vez que concretaba un salto con su caballo y su abuelo y su madre lo habían festejado como si hubiera ganado un Derby, todo era perfecto. Abrazó la fotografía contra su pecho y se permitió recordarlos con amor, todos los buenos momentos que habían compartido. Se sintió un idiota al darse cuenta del profundo amor que ambos le tenían, ¿Cómo había sido capaz de odiarlos si ellos lo amaban incondicionalmente? Un error lo comete cualquiera, él había cometido muchísimos y ya fuera Cinthya o Victoria se los habían perdonado sin dudarlo, y Raquel tenía razón, había buscado la salida más fácil, había preferido odiarlos y maldecirlos a sufrir sus pérdidas, y se sentía tan estúpido por ello. No pudo evitar llorar con amargura y tampoco quiso hacerlo, era inútil reprimir todo el dolor que cargaba y su amiga estaba en lo cierto, esas lagrimas ayudaban un poco a que el dolor pasara. Se durmió así, llorando y recordando a dos de las personas más importantes de su vida y todos los momentos felices que vivieron juntos, incluso soñó con ellos y eso lo hizo despertarse con el ánimo mejorado, ya no se sentía tan enojado, un enorme alivio le recorría el cuerpo. Le pidió a Raquel que lo acompañara al cementerio y visitó la tumba de sus familiares, reconciliándose con ellos y consigo mismo, iniciando así un proceso de recuperación para su mente y su alma, sabía que sería un lento camino, pero el primer paso, el más difícil lo había dado y eso le daba fuerzas para continuar avanzando. Por primera vez en mucho tiempo no se sentía a punto de explotar si alguien hacia algo que no le gustaba. - Veo que sirvieron mis palabras – le dijo Raquel un día por la tarde luego de que Valentín regresara con sus hijos de alimentar al ganado – te ves bien – le dijo en referencia a la calidez que emanaba de sus ojos. - Yo sabía que mi perfección no pasaba desapercibida a tus ojos – le dijo divertido, porque estaba con el torso desnudo y sudado, ella no lo había notado pero cuando habló y lo vio, se sonrojó. - Que creído – dijo ella sonriendo, Daniel y Andrés también rieron y siguieron bromeando hasta que vieron una camioneta ingresar por el sendero – ese hombre – se quejó Raquel al reconocerlo. - ¿Quién es? – preguntó Valentín. - Tu vecino – le dijo ella – un hombre desagradable que quiere comprar la estancia. - Pero no está a la venta – dijo él seguro y caminó con su típica altanería hacia el vehículo del cual descendía un hombre un poco excedido en peso, algo calvo y una joven mujer, bonita, pero para nada interesante – Buenas tardes – saludó al hombre y a la mujer que apenas lo vio lo devoró con la mirada, el sólo blanqueó los ojos, de la única mujer que no le desagradaban esas miradas era Victoria, todas las demás le molestaban de sobremanera - ¿necesitan algo? - Buenas tardes – dijo el mayor – estamos buscando al señor Guzmán – dijo sonriendo – me enteré que regresó. - Así es – dijo Valentín – Valentín Guzmán, un gusto. - Le gusta ensuciarse las manos – dijo el hombre que lo había confundido con un peón – Adolfo Velásquez – se presentó – y el gusto es todo mío – dijo sonriendo con satisfacción, ya que al notar la juventud de Valentín pensó que le costaría poco trabajo comprar esas tierras y a muy buen precio - ¿podemos tener unas palabras? – le dijo. - Por supuesto – dijo Valentín fingiendo amabilidad, el hombre ya le desagradaba y los ojos de esa mujer lo incomodaban – pasen - les indicó con la mano y la mujer carraspeó. - Pero que modales los míos – dijo el hombre – sr. Guzmán le presentó a mi hija Celeste – dijo señalando a la mujer – es mi tesoro más preciado – Valentín sonrió falsamente. - Un gusto señorita – le dijo manteniendo la distancia y cuando ella quiso acercarse a saludarlo con un beso, se apartó – estoy sudado – se disculpó y entró a la casa seguido de los dos "invitados" – siéntense cómodos yo me limpio y vuelvo. - Gracias – dijo el hombre y él se perdió corriendo, no quería ser extremista pero se sentía acosado por la mirada de esa mujer. Se dio una rápida ducha y al salir se vistió completamente, lo más cubierto que podía. Al volver a la sala Raquel aguantaba con cara de pocos amigos a aquel señor y a su insoportable hija – disculpen la tardanza – dijo, pero más dirigido a su amiga que a los intrusos. - No hay problema – dijo la tal Celeste que seguía mirándolo de la misma manera, Valentín disimuladamente observó si estaba vestido y al comprobar que si lo estaba se convenció que esa mujer era una desvergonzada, ya no tenía nada que mirar y seguía con esa cara de gata en celo que tanto detestaba. - Le estaba comentando a Raquel que sigo con la intención de comprar tus tierras y todo lo que hay dentro – dijo el hombre, Valentín se acomodó frente a él. - Nada está a la venta – le dijo seguro – esto le perteneció por años a mi familia y no voy a venderlo. - Pero si a usted no le gusta la vida del campo – dijo el hombre – se le nota que es un hombre de ciudad. - Puedo adaptarme – dijo tranquilo – y no está a la venta. - Puedo hacerle una gran oferta – siguió insistiendo el hombre. - Y la respuesta sigue siendo que no – repitió con mucha seguridad – la estancia está muy bien y yo no necesito el dinero. - Todos necesitamos algo – siguió el hombre – yo soy un hombre de muchos contactos, de mucho poder. - Tengo los contactos y el poder que necesito – dijo con media sonrisa en el rostro – no necesito nada – el hombre suspiró y decidió cambiar de estrategia. - ¿Tiene familia? – le preguntó al notar que no había nadie más en la casa. - Si – dijo Valentín con una encantadora sonrisa – tengo esposa y siete hijos – la mujer se desilusionó al escucharlo. - ¿Siete hijos? – Preguntó asombrado el hombre - ¿Dónde están? - En Buenos Aires – le dijo serio, de verdad quería sacárselo de encima, no le agradaba para nada. - Estamos en época de clases – dijo Adolfo, Valentín asintió - ¿Cuántos niños? - Solo uno – dijo con algo de melancolía al pensar en su pequeño hijo que estaba próximo a nacer y que posiblemente no conocería aun. - Son muchas mujeres entonces – afirmó, Valentín sonrió solo por cortesía. - Bueno ya no le quitamos más el tiempo – dijo Adolfo y se puso de pie esperando que Valentín lo invitara a quedarse a cenar, pero eso no iba a pasar, su vecino de cortés tenía poco y nada, al ver que Valentín no decía nada suspiró – si quiere conocer el pueblo Celeste lo puede acompañar encantada – dijo él hombre, su hija asintió sonriendo. - Lo tendré en cuenta – mintió – que tengan una buena noche – dijo mientras caminaba a la puerta de entrada – conduzca con cuidado – los saludó desde la puerta y la cerró antes de que se fueran siquiera – y no regresen – dijo cuando estuvo dentro, Raquel rió. - Él quería que lo invitaras a cenar – dijo ella. - Preferí ahorrarme la indigestión – le respondió. - ¿Y te gusta la vida de campo? – le preguntó algo emocionada. - No está mal – dijo él – mañana voy a montar de nuevo – suspiró – hace más de 20 años que no lo hago, estoy algo nervioso. - Tranquilo que eso es como andar en bici, uno nunca se olvida – le dijo y se fueron a seguir sus tareas, hacer la comida para Raquel y jugar vídeos juegos con dos adolescentes para Valentín.
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