Poder bajo la piel

1750 Palabras
El reflejo del espejo me devolvió la imagen de una mujer que aprendió a no titubear. Cabello n***o cayendo sobre los hombros, ojos grises que no parpadean ni cuando el mundo arde. Soy una Dravell. Y los Dravell no tiemblan. —Si me permites, cariño, pareces lista para arruinarle la noche a alguien —dijo Samuel desde la puerta, con su habitual ironía y una copa de vino en la mano. Giré apenas para mirarlo. —No pienso arruinar nada —respondí, ajustando uno de mis pendientes de diamantes—. Solo voy a recordarle a todos quién tiene el control. —Tu padre está tenso —añadió él, apoyándose en el marco—. Lo noté desde que dijiste “yo me encargo”. —Siempre se tensa cuando no puede controlarme —le sonreí con calma—. Y esta noche no podrá hacerlo. Samuel me observó de arriba abajo, con esa mezcla de admiración y miedo que solo él sabía disimular mal. —Ese vestido n***o, cielo… es un arma. —Exacto. —Me giré hacia él, sosteniendo su mirada—. Y las armas no siempre disparan balas. —Así que… ¿el socio misterioso es el ruso? —preguntó con un suspiro teatral. —Dante Volkov. —Pronuncié el nombre con cuidado, como si probara un vino caro—. Controla media Europa. Negocios limpios y sucios. Ambicioso. Frío. —Encantador. —Peligroso. —Lo corregí, tomando mi bolso—. Pero no más que yo. Samuel soltó una risa breve, de esas que intentan ocultar nerviosismo. —Querida —dijo mientras me abría la puerta—, cuando tú entras a un lugar, el peligro cambia de lado. Le sonreí. Y tenía razón. El eco de mis tacones resonó por el pasillo de mármol, marcando el compás de mi respiración. Las luces reflejaban mi silueta en los ventanales, multiplicando a esa mujer que aprendió a ser su propio escudo. Desde el piso cuarenta y cinco, la ciudad parecía arder bajo las luces de neón. Nueva York nunca dormía… y yo tampoco podía permitírmelo. Me detuve un instante antes de entrar al ascensor, el móvil vibró en mi mano: “Todo listo. Lo esperan a las nueve”, decía el mensaje de mi padre. Apreté los labios. Los socios de los Dravell no esperaban… se les concedía el privilegio de ser recibidos. Guardé el teléfono y exhalé despacio. —Hora de cazar, cariño —murmuró Samuel, acomodando su corbata. —No, Sam. —Ajusté la mirada en el reflejo metálico del ascensor—. Esta noche, el cazador no soy yo. La puerta se cerró, tragándose el sonido de mis pasos. Solo quedó el silencio… y la promesa de un nombre que pronto aprendería a temer: Artemisa Dravell. El restaurante privado brillaba como una joya tallada en oro. Todo estaba perfectamente calculado: la iluminación cálida, el sonido lejano del jazz, la distancia exacta entre las copas. Nada en un Dravell era casualidad. Todo era estrategia. Mi padre, Gregory Dravell, ocupaba la cabecera. Yo, a su derecha. Lugar simbólico. Lugar de poder. Samuel estaba detrás, discreto pero atento. Sabía que esta noche era una partida de ajedrez… y que cada movimiento podía redefinir imperios. Cuando la puerta se abrió, el aire cambió. No por el viento. Por él. Entró Dante Volkov. Y lo supe al instante. El silencio se estiró como una cuerda tensa. No era solo su presencia. Era la forma en que el mundo parecía inclinarse a su paso. Traje n***o impecable, reloj oscuro, mirada letal. Y esos ojos… negros como tinta recién vertida, tan tranquilos que resultaban peligrosos. No transmitían nada… pero lo veían todo. Mi padre se levantó para recibirlo. —Señor Volkov, bienvenido a Nueva York. —Un placer, señor Dravell. —Su voz era baja, rasposa, con ese acento ruso que arrastraba poder—. He oído mucho sobre usted… y sobre su hija. Sonreí con precisión quirúrgica. —Todo lo que haya oído, multiplíquelo por diez. Él sostuvo mi mirada. No pestañeó. No retrocedió. Y el aire… chispeó. Lo sentí. Una corriente eléctrica invisible recorrió el espacio entre nosotros. Fue un segundo. Pero suficiente para entender que ninguno de los dos conocía la palabra rendición. Mi padre retomó el control del diálogo. Habló de contratos, fusiones, cifras. Pero nada de eso importaba. No para mí. Ni para él. Dante se acomodó en su silla con la seguridad de un rey en su trono, los dedos rozando el borde de la copa, la mirada fija en mí. No disimulaba su interés… ni su desafío. —Debe ser difícil —dijo de pronto— vivir a la sombra de un imperio tan grande. Sonreí apenas. —Solo para quienes no saben brillar por cuenta propia. Sus labios se curvaron apenas, sin mostrar los dientes. Una sonrisa peligrosa. —Entonces supongo que usted… no tiene ese problema. Mi copa tintineó levemente al apoyarla sobre el cristal. Samuel me lanzó una mirada de advertencia, pero yo ya estaba disfrutando el juego. —Brindemos —propuso Dante, levantando su copa, sin dejar de mirarme—. Por las alianzas que cambian el mundo. Levanté la mía. Mis ojos grises se anclaron en los suyos. —Y por los hombres que creen que pueden controlarlo. El sonido del cristal chocando llenó el aire. Breve. Nítido. Pero el eco se quedó suspendido, como una promesa… o una amenaza. Mientras bebíamos, él no apartó la vista. Y yo tampoco. Era un duelo silencioso. Un juego donde la seducción y el poder hablaban el mismo idioma. Lo entendí sin palabras: Dante Volkov no era un socio. Era un enemigo digno. Y si el destino tenía sentido del humor… también sería mi perdición. El tintinear de las copas aún flotaba en el aire cuando el teléfono de mi padre comenzó a vibrar sobre la mesa. Una llamada que, por su gesto, no podía ignorar. —Disculpen un momento —dijo con voz grave, tomando el móvil y levantándose de su asiento. Se alejó unos pasos, cruzando hacia el ventanal. Su silueta se perdió entre el reflejo de las luces de la ciudad. El silencio que quedó fue distinto. Más denso. Más vivo. Dante seguía sentado frente a mí. No dijo nada. Solo me observó. Su mirada era una tormenta contenida. Oscura. Precisa. Capaz de desarmar a cualquiera… excepto a mí. —Su padre confía mucho en usted —dijo por fin, con esa voz baja que parecía arrastrar peligro—. No todos los hombres pondrían a su hija a negociar con alguien como yo. Sonreí despacio, jugando con el borde de mi copa. —Mi padre no me “pone” en ningún sitio. Yo elijo dónde estar. —¿Incluso frente a un hombre del que no sabe nada? —preguntó, inclinándose un poco hacia adelante. —Sé suficiente. —Clavé mis ojos en los suyos—. Que los Volkov no se mueven sin motivo. Que si usted está aquí, es porque quiere algo que solo los Dravell pueden darle. Él sonrió por primera vez. No fue una sonrisa amable. Fue una de esas que anticipan un juego del que nadie sale ileso. —Y usted, señorita Dravell, ¿qué quiere de mí? El aire entre ambos se tensó. No supe si fue la forma en que pronunció mi nombre o la mirada con la que lo acompañó, pero algo dentro de mí respondió antes que mi mente. Un pulso. Una corriente. Una advertencia… o una invitación. —Depende —susurré, sosteniéndole la mirada—. ¿Está dispuesto a pagar el precio? Sus ojos brillaron como una amenaza envuelta en deseo. —Siempre lo estoy, cuando lo que deseo vale la pena. El sonido de los pasos de mi padre acercándose cortó el momento como una navaja. Ambos volvimos a nuestras posiciones, como si nada hubiera pasado. Pero lo había hecho. Cuando Gregory Dravell volvió a sentarse, no notó la corriente invisible que ahora unía la mesa. Dos mundos habían chocado… y algo había despertado. La cena continuó bajo un silencio distinto, más calculado. Cada palabra que se pronunciaba era medida, cada gesto, una jugada. Gregory Dravell retomó la conversación con la soltura de quien domina las cifras, pero yo notaba que la atención de Volkov no estaba del todo en él. Estaba en mí. —La Corporación Dravell tiene operaciones sólidas en Asia y América —dijo mi padre—. Pero queremos abrir camino en Europa del Este, y su nombre, señor Volkov, tiene el peso suficiente para abrir puertas. Dante escuchaba sin moverse demasiado, con los dedos entrelazados sobre la mesa. —Europa del Este es un terreno volátil —respondió al cabo—. Se necesitan socios con carácter… no solo con dinero. Me incliné apenas hacia adelante, sonriendo con una calma que sabía que lo provocaría. —Entonces no tendrá problema en tratar conmigo —dije—. Tengo más carácter que la mayoría de sus aliados. Él giró el rostro hacia mí, con esa serenidad peligrosa que delataba control absoluto. —No lo dudo. Pero el carácter sin estrategia es solo fuego sin dirección. —Y el poder sin visión —repliqué, sin apartar la mirada— no es más que ruido. Mi padre nos observaba, notando el intercambio, pero sin interrumpir. Era consciente de que aquello ya no era una simple conversación de negocios. Era una guerra de presencia. Dante tomó su copa y bebió un sorbo, sin apartar los ojos de mí. —Quizá deberíamos continuar esta conversación en un terreno más apropiado. —La sede Dravell —dije enseguida—. Mañana, a las nueve. Sus labios se curvaron levemente. —Puntualidad… me gusta. —A mi también, señor Volkov. —Levanté mi copa una vez más—. Y los hombres que la respetan. La reunión terminó entre apretones de manos y promesas que no significaban nada en la superficie… pero lo eran todo debajo. Cuando nos levantamos, sentí su mirada sobre mi espalda, tan intensa que casi podía oírla. Me giré apenas antes de salir del salón. —Hasta mañana, señor Volkov. —Hasta mañana, señorita Dravell. —Su voz fue una caricia peligrosa—. No llegue tarde. Le sonreí con la misma frialdad con la que se sonríe antes de entrar en batalla. Sabía que lo que había comenzado esa noche no iba a detenerse en una simple alianza. El juego estaba listo. Y ninguno de los dos pensaba perder.
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