Dolor.
Un dolor ardiente y punzante en el pecho, como si un cuchillo me atravesara el cuerpo. Apenas logro contener un grito, ahogándolo en la almohada mientras presiono mi cara contra ella.
Lo cierto es que ni siquiera llego a tocar los labios de Katrin antes de que ella, perdida en el ardor de la pasión, apoye su mano sobre mi pecho, encima de la camiseta. Sus dedos comienzan a acariciarme, deslizándose con suavidad, pero lo que debería ser tierno se convierte en tortura. En el calor del momento, ella lo olvida todo, incluso el hecho de que tengo una quemadura ahí.
Las lágrimas corren por mi rostro por sí solas, y lloro en silencio en la almohada, tratando de no hacer ningún sonido. El dolor es tan intenso que no puedo moverme, ni siquiera apartarme de ella. Mi cuerpo se pone rígido y mi corazón late desbocado, mezclando la agonía física con la conmoción emocional.
—¿Max? —Su voz es queda, pero ya hay alarma en ella. La Rebelde nota que me pongo tenso, oye mi respiración entrecortada.
No respondo. No puedo. Todo lo que hago es quedarme ahí tumbado, con los dientes apretados, esperando a que el dolor se desvanezca.
—¡¿Max, qué te pasa?! —Su voz sube de tono, filtrándose el pánico. Intenta incorporarse, pero yo la presiono para que se vuelva a tumbar—. ¡¿Estás llorando? Max, ¡¿qué está pasando?! —Sus manos buscan mi rostro, pero yo aparto la cara, sin querer que vea mis lágrimas.
—¡Oye, vosotros dos! ¿Habéis decidido follar mientras yo dormía? ¿No podíais esperar al menos a que me fuera? —La voz de Dima corta el aire; debe haberse despertado por mi grito ahogado. Claro, él no entiende lo que pasa y asume que he gritado de placer. Pero la realidad dista mucho de ser tan idílica.
—Cállate. ¿No ves que le duele? —le responde Katrin al instante, con una voz afilada como el acero.
La Rebelde intenta con cuidado salir de debajo de mí, moviéndose lentamente para no causarme más dolor. Sus movimientos son cautelosos, deliberados, pero aun así siento cada cambio enviando nuevas oleadas de agonía a través de mi pecho.
—Max, ¿cómo estás? Lo siento muchísimo, se me olvidó por completo. ¿Qué puedo hacer? ¿Duele menos ahora o sigue igual de mal? —Su voz está cargada de preocupación y culpa.
Me mira con esos ojos grandes, llenos de tanta inquietud que duele; esta vez no físicamente, sino muy dentro.
No me muevo. Mi postura es incómoda y forzada: tumbado boca abajo, con la cara hundida en la almohada, los brazos apoyados en la cama para evitar que el pecho presione demasiado. No es para nada ideal, pero no puedo hacer nada; cada mínimo movimiento me provoca una nueva sacudida de dolor.
Al darme cuenta de que no puedo quedarme así para siempre, levanto mi pierna izquierda y, con la ayuda de Katrin y de Dima, que se apresura a acercarse en cuanto entiende, me giro lentamente sobre la espalda. Cada movimiento es atroz, el dolor es como un cuchillo al rojo vivo atravesándome.
Jadeo, intentando recuperar el aliento, pero el dolor no cede. Las lágrimas siguen rodando por mis mejillas, imparables. Tengo miedo; no por mí, sino por Katrin. Me da miedo cómo debo parecer ahora ante sus ojos. Patético. Débil. Un tipo que no puede soportar el dolor. Pero no puedo evitarlo. Cuando duele así, pierdes el control; sobre tu cuerpo, sobre tus emociones.
Pero lo que más me fastidia no es siquiera eso. Es el hecho de que ella probablemente se eche la culpa. Lo veo en sus ojos. Se sienta a mi lado, acariciándome las mejillas, secándome las lágrimas, intentando calmarme. Su toque es gentil, pero impregnado de miedo, preocupación y culpa.
Al mirar de nuevo sus ojos, veo puro miedo y horror reflejados. Ella está aterrada; no por sí misma, sino por mí. Y eso me parte el corazón.
—Max —su voz tiembla, y ahora las lágrimas también ruedan por sus mejillas. Me mira con tal desesperación que quiero levantarme de un salto en ese mismo instante y abrazarla, decirle que todo está bien. Pero no puedo.
—Max, ¿qué puedo hacer? ¿Llamo a un médico? ¿Traigo la pomada o las pastillas que te dio tu médico ayer? Solo dime qué hacer. —Sus dedos tiemblan, y lo siento mientras rozan mis mejillas, intentando mantener mi atención.
—No es culpa tuya —logro articular con los dientes apretados.
Ahora mismo, lo más importante es asegurarme de que deje de culparse. El dolor se desvanecerá pronto y me sentiré mejor. Pero sus lágrimas, su miedo, eso es peor que cualquier agonía física.
—¡Olvídate de mí y de mis sentimientos! ¿Cómo estás tú? ¿Qué puedo hacer para ayudarte? —Suplica, pero yo no tengo fuerzas para responder.
—Aparta. Toma, esto ayudará —dice Dima, apartando a Katrin con un suave empujón y deslizando una pastilla en mi boca. Levanta ligeramente mi cabeza y guía una pajita entre mis labios para que pueda tragarla.
—¿Qué era eso? ¿Sabes siquiera lo que le acabas de dar? ¿O solo has cogido una pastilla al azar? —Mi chica está alterada, lista para saltarle a Dima si esto empeora las cosas.
—Tranquila. Solo son analgésicos fuertes. Se dormirá y, cuando despierte, el dolor habrá desaparecido —explica Dima, manteniendo la voz calmada.
—¿Y de dónde los has sacado? —pregunta Katrin, con acero en el tono.
—Mi hermano mayor trabaja con medicamentos. Me dio un botiquín de primeros auxilios completo antes de mudarme aquí. Son buenos. —Dima se encoge de hombros, intentando sonar convincente.
No parece tranquilizar del todo a Katrin, pero ella cede; lo hecho, hecho está. Yo ya me he tragado la pastilla.
Puedo sentir que el medicamento hace efecto. El dolor se embota, como la niebla que se disipa bajo el sol de la mañana. Mi cuerpo se vuelve más pesado, mis pensamientos más lentos. Realmente quiero dormir ahora. Mis párpados se cierran y la agonía que era tan aguda e insoportable hace unos momentos ahora se desvanece en la distancia, como si retrocediera ante una cálida ola de calma.
—Max, duerme. Yo me quedaré aquí todo el tiempo, así que no te preocupes. Mañana faltaremos a clase; yo ya me sé todo de todos modos. Si necesitas ayuda para ponerte al día, cuentas conmigo. Solo descansa. —Su voz es tan suave, tan calmante, que apenas logro asentir antes de hundirme en un sueño profundo y sin sueños.
—No te culpes —susurro mientras la conciencia se desvanece.
—No lo haré —miente; aún oigo la culpa en su voz—. Duerme. Todo va a estar bien. —Sus dedos acarician mi pelo, tan suaves que siento cómo me relajo por completo.
Cierro los ojos mientras el dolor finalmente me suelta. Las últimas cosas que oigo son los murmullos quedos de Katrin y los pasos de Dima al alejarse, dándonos espacio.
Sueño con ella. Mi chica. Su apartamento, cálido y acogedor, lleno de su aroma, tan familiar que es como volver a casa después de años de vagar. El aire lleva un toque de vainilla mezclado con su perfume. La luz de la lámpara se derrama suavemente sobre las paredes, proyectando un tenue resplandor que hace que sus ojos brillen aún más. Brillan de felicidad, de ternura, y en ellos veo mi mundo entero.
Cuando sonríe, esa sonrisa, la que siempre me para el corazón, lo olvido todo. Las preocupaciones, los problemas, el mundo fuera de estas paredes.
Y, por alguna razón, hay niños. Nuestros hijos. Una niña pequeña con mis ojos ríe mientras se esconde detrás de las cortinas, mientras un niño con los rasgos de Katrin intenta atraparla, riendo a carcajadas. Sus pies descalzos repiquetean contra el suelo de madera, dejando tenues huellas. Sus voces llenan la habitación de vida y alegría. En el sueño, nada de eso parece extraño o imposible. Es simplemente... correcto. Como si así tuvieran que ser las cosas.
Mi pecho se hincha de calidez. Una ternura se extiende por mí, bordeada por esa punzada agridulce; la que sientes cuando algo es tan hermoso que duele, porque temes que pueda desvanecerse. Esto es felicidad. Simple. Real. La que siempre he querido.
Le sostengo la mano, sus dedos entrelazados con los míos, tan familiares, tan hogar. Ella me mira, y en sus ojos veo amor; puro, incondicional, que no necesita palabras. Por primera vez, todo en el mundo parece estar en su sitio. Esta es la vida con la que he soñado. Con ella. Con nosotros.
Y por un momento, en este sueño, soy verdaderamente feliz.
Siento una felicidad verdadera, sin límites.