Piloto

1432 Palabras
Diego El sol apenas asomaba por la ventana cuando abrí los ojos. Últimamente me despertaba antes de que sonara la alarma, con esa sensación extraña en el pecho. No era exactamente ansiedad, pero tampoco tranquilidad. Era como si algo dentro de mí supiera que mi vida estaba a punto de cambiar, aunque tenía razones válidas para pensarlo. Giré la cabeza y la vi ahí, durmiendo a mi lado. Sasha. Su cabello oscuro estaba esparcido sobre la almohada, su respiración era lenta y pausada. Llevé la mano a su vientre, sintiendo el leve abultamiento que indicaba que en unos meses sería padre. Padre. El simple pensamiento me hizo tragar saliva. No porque no quisiera serlo, sino porque la idea de tener una familia propia, de ser responsable de otra vida, me aterraba más de lo que estaba dispuesto a admitir. Pero ya estaba hecho. Había tomado una decisión y debía seguir adelante con ella. Me levanté con cuidado para no despertarla y caminé hasta la cocina. Mientras el café se preparaba, saqué el celular y revisé mi agenda. Trabajo, reuniones, compromisos con la boda… Todo estaba perfectamente organizado, tal como me gustaba. Mi vida estaba definida. Tenía un trabajo estable en la empresa de mi suegro, una prometida que me amaba y un hijo en camino. Se suponía que debía sentirme feliz, completo. Entonces, ¿por qué esa sensación de vacío seguía ahí? Suspiré, pasando una mano por mi rostro. Tal vez era solo estrés. O nervios. Me convencí de que en cuanto tuviera a mi hijo en brazos, todas mis dudas desaparecerían. --- Me encontraba en el ascensor cuando de pronto una notificación me sacó de mis pensamientos. Era un mensaje de mi suegro, Ricardo. "Diego, mañana en la tarde estaré de regreso de mi viaje. Necesito que vengas a la casa, hay algo importante que quiero hablar contigo. Es un asunto que no puede esperar." El día transcurrió con normalidad, pero mi mente seguía atrapada en ese mensaje. Una parte de mí quería ignorarlo, fingir que no me había afectado, pero otra… no podía dejar de pensar qué querría hablar Ricardo esta vez. Ya era mi hora de almuerzo cuando, al salir de la oficina, pasé por una pequeña galería de arte que quedaba a unas cuadras de mi trabajo. No era un lugar que frecuentara, pero algo en los carteles de la vitrina llamó mi atención. Me detuve en seco. "Exposición fotográfica: Momentos en el tiempo – Mara Ferreyra" El aire se atascó en mi garganta. Mara. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda mientras mis ojos recorrían el cartel. Había una foto en blanco y n***o de un atardecer en la playa, y aunque no había ninguna imagen suya, sabía que era ella. Un golpe en el pecho, como si los recuerdos me atacaran todos a la vez. ¿Mara estaba aquí? ¿En la misma ciudad? Mi mirada bajó hasta la fecha de la exposición: esa misma semana. Por un instante, mi mente entró en caos. Mi instinto me decía que entrara, que preguntara por ella. Pero mi razón me gritaba que diera media vuelta y siguiera con mi vida. Tenía una prometida. Un hijo en camino. Pero mis pies no se movieron. —¿Interesado en la exposición? —preguntó una voz femenina a mi lado. Giré la cabeza y vi a una mujer delgada, con lentes y una carpeta en la mano. Parecía trabajar en la galería. —Eh… sí. ¿Mara Ferreyra es la fotógrafa? —Sí —asintió con una sonrisa—. ¿La conoces? Mi garganta se secó. —Hace mucho… La mujer asintió, sin notar la tensión en mi voz. —Es increíble, ¿sabes? Ha viajado por todo el mundo capturando momentos únicos. Esta es su primera gran exhibición en la ciudad, después de tantos años. Tantos años. Mi mandíbula se tensó. ¿Por qué había vuelto justo ahora? —¿Ella vendrá a la inauguración? —pregunté, sin poder evitarlo. —Por supuesto. Es su gran noche. Mi pecho se contrajo. Salí de la galería con la extraña sensación de que mi pasado estaba a punto de alcanzarme… y que no tenía escapatoria. --- La tarde se estiraba lentamente en mi oficina, mientras las horas pasaban sin que pudiera concentrarme realmente. Mi mente vagaba entre la notificación de mi suegro, la exposición de Mara y la constante sensación de que algo se estaba moviendo bajo la superficie de mi vida, algo que no podía identificar, pero que sentía con cada fibra de mi ser. El teléfono vibró sobre mi escritorio, rompiendo mis pensamientos. Era un mensaje de Sasha. Sasha: “Amor, ¿podemos hablar cuando llegues a casa? Necesito contarte algo.” Mi respiración se detuvo por un segundo. Algo en su tono me dejó inquieto. No era común que me escribiera de esta forma, siempre era directa, sin rodeos. Esta vez, había algo distinto. Miré la hora. Estaba por salir, pero el presentimiento de que algo importante estaba por ocurrir me hizo quedarme unos minutos más, reorganizando papeles que en realidad no necesitaban ser tocados. No estaba listo para enfrentar la conversación que venía. Sabía que Sasha y yo estábamos bien, o al menos, eso pensaba. Pero algo en la forma en que lo dijo me hizo sentir que ya no estaba tan seguro de nada. Mi teléfono vibró de nuevo. Esta vez era una llamada. El nombre de Sasha apareció en la pantalla. —Hola, amor —respondí, intentando sonar tranquilo, aunque mi voz traicionaba un leve temblor. —Diego, quiero hablar contigo sobre algo serio —dijo su voz al otro lado de la línea, grave. Mis dedos se apretaron alrededor del teléfono. No era la forma en que me hablaba normalmente. —¿Qué pasa, Sasha? —Mi tono fue más bajo, casi forzado, como si estuviera intentando mantenerme a flote en una conversación que no sabía cómo abordar. —¿Recuerdas lo que hablamos sobre la boda, sobre la fecha, los planes? —Comenzó a decir, pero no necesitaba que me lo repitiera. Sabía lo que se esperaba. Sabía que todo estaba planeado. Los invitados, el vestido, el futuro que se construía con cada detalle… Pero en su voz, había algo que me decía que las cosas ya no eran tan simples. —Sí, claro, lo recuerdo. —Puse un pie sobre la silla, intentando encontrar la manera de aliviar la presión que sentía en el pecho. —No sé cómo decirlo, pero necesito que… entiendas algo importante. —Tomó un respiro largo antes de continuar— Necesito que la adelantemos, Diego. Un silencio pesado se instaló en el aire. El sonido del teléfono, mi respiración acelerada, todo se fusionó en un murmullo lejano. No pude reaccionar de inmediato. Mi mente intentaba procesar las palabras que acababa de escuchar. Adelantar la boda. Por un momento, todo se detuvo. El aire, los sonidos del edificio, el tiempo mismo. Mi mente iba de un lado a otro, saltando entre imágenes de mi futuro: la boda, la familia, la estabilidad. Lo que siempre había querido, solo que no era Sasha a quien imaginaba como mi esposa. Pero algo dentro de mí, algo que no podía ignorar, me decía que esto no era todo lo que había soñado. Ni siquiera podía describir lo que sentía. No era miedo, no era duda… era más bien la sensación de que mi vida, tal y como la conocía, estaba a punto de desmoronarse. —¿Estás segura? —pregunté finalmente, aunque sabía que la respuesta era obvia. —Sí, Diego. Estoy segura. Necesito que lo pienses. Esto no es algo que podamos ignorar. La realidad me golpeó con fuerza, porque desde hace meses no era solo una boda. Ya no era solo un compromiso. Había una vida nueva en juego, una que dependía de nosotros. De mí. —Te necesito, Diego —dijo Sasha, su voz ahora temblorosa—. Y sé que tal vez no era lo que habíamos planeado, pero no quiero que mi bebé nazca fuera del matrimonio. Quiero que pensemos en todo. Juntos. Lo peor de todo era que no podía dejar de pensar en Mara. En cómo la había visto en ese cartel. En cómo mi vida, una vez tan clara, ahora parecía tener más caminos que nunca. Caminos que yo no sabía si debía tomar o si, simplemente, debía seguir lo que ya había elegido. Suspiré, sintiendo el peso de todo lo que había sido y lo que aún estaba por venir. —Estoy en camino a casa. Hablamos luego. —Colgué sin esperar su respuesta.
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