Me inclino apenas, dejando que mi voz roce su oído. —¿Me dejaste solo? —susurro. El estremecimiento que recorre su cuerpo me da la respuesta que esperaba; mi aliento cálido todavía la afecta. Por un instante, la tentación de arrastrarla a mi oficina y poseerla de nuevo se vuelve insoportable. Pero cuando se gira para mirarme, lo que encuentro en sus ojos no es deseo: es un rencor frío que me corta el aire. —También me quedé sola —responde con voz firme, cargada de un dolor que me atraviesa como un cuchillo. —Como un trapo usado, dejado a un lado… como si no tuviera valor. Sus palabras me golpean más fuerte que cualquier reproche. Es verdad. No debí marcharme sin esperar. No debí dejarla así. —Perdón… —murmuro, intentando acercarme, pero mi voz suena más débil de lo que quisiera. —No q

