—No exageres —gruñe él, aunque sus labios se curvan apenas. —No, no exagero. —Gregory levanta la copa y me guiña un ojo. —Estoy convencido de que tú has logrado lo que muchos creíamos imposible: que este hombre vuelva a tener corazón. Mis dedos juguetean con el borde de mi copa, sin saber qué contestar. La frase me sacude, porque me confirma algo que en el fondo he estado sintiendo: conmigo, Desmond no es exactamente el mismo que con los demás. —Y dime, ¿qué es lo que ves en él? —continúa Gregory, directo como una flecha. —Porque, seamos honestos, no es precisamente el más sencillo de tratar. —Gregory —advierte Desmond, con un tono entre amenaza y fastidio. —Tranquilo, hermano. Solo pregunto. —El rubio levanta las manos en señal de paz. Yo respiro hondo. No sé si debo responder, pero

