Sus labios se curvan apenas. No es una sonrisa, sino esa clase de gesto contenido que anuncia que acaba de conseguir lo que quería. Avanza un paso más, y el espacio entre nosotros se reduce a nada; solo el aire, delgado e insuficiente, nos separa. —Eso quería escuchar —murmura. Su mano asciende despacio por mi cuello, como si estuviera marcando un territorio invisible. Con el pulgar, acaricia la línea de mi mandíbula, y ese contacto despierta una oleada de sensaciones contradictorias: un escalofrío que se cuela bajo mi piel y una calidez que me abrasa desde dentro. Mi respiración se vuelve errática. El calor de su palma contrasta con el frío helado que exhala el aire acondicionado, y esa diferencia me hace temblar. Él me inclina apenas hacia atrás, y yo… cedo. No sé si es por instinto,

