Octavia Nuestra llegada al comedor fue recibida con una serie de miradas que nos seguían con intensidad. Por un momento, pensé que encontraría sonrisas pícaras y burlonas debido a los sucesos recientes en mi habitación, pero, en cambio, me encontré con rostros que irradiaban respeto y amor. La atmósfera en el comedor estaba cargada de una solemnidad y un honor que nunca esperé sentir tan profundamente. Cada mirada dirigida hacia nosotros parecía transmitir una historia, una mezcla de experiencias y emociones que se unían en un silencioso reconocimiento de nuestro papel en la manada. Siete hombres se pararon frente a mí, cada uno con una presencia y una postura que hablaba de su fuerza y su compromiso. Reconocí a uno de ellos, una figura que destacaba por su porte y su serenidad. —Tú,

