Las lágrimas caían sin control. Me aferré a Diego con desesperación mientras intentaba seguir el ritmo de su respiración. —¿Cómo pasó? —preguntó Karla con la voz quebrada. —Dijeron que lo perdieron del radar —respondió María Elena. —¡No! —grité, soltándome de Diego—. ¡Eso no puede ser! ¡Él no puede estar muerto! ¡Deben encontrarlo! Diego apretó la mandíbula y tomó el teléfono de la casa. —Voy a comunicarme con la aerolínea nuevamente. Deben darnos más información. Marcó el último número registrado mientras caminaba de un lado a otro con impaciencia. Su tono de voz cambió, pasó de la tranquilidad a la desesperación. Cuando colgó, nos miró con el rostro sombrío. —Han iniciado una búsqueda exhaustiva… —trató de tragar saliva—. Parece ser que el avión pudo haber caído al mar y… casi ti

